Cuando llega la jornada 38 del campeonato, los más futboleros, aquellos que repasan constantemente los partidos, los goles y las estadísticas de su equipo y del rival, pueden llegar a sentir un vacío interior al ver que, al término de esos últimos 90 minutos, de nada servirá ir al calendario para buscar al siguiente enemigo. Porque no lo habrá. Empieza una travesía por el desierto veraniego lejos del fútbol. Los diarios pasan de crónicas a rumores de traspasos y los partidos de pretemporada resultan de lo más descafeinado y nunca acaban de matar el gusanillo, pese a que se busquen rivales de lo más exótico para que nos resulte atractivo. Pero esta historia, a veces, tiene solución.

En los años pares -y en los impares para los sudamericanos-, contamos con la suerte de que, llegada la última fecha de la temporada no hay un precipicio inevitable tras ella, sino que una pequeña competición de unos pocos partidos se instala en nuestros televisores para llevar esta depresión de la mejor manera posible y de forma progresiva. Mundiales y Eurocopas se intercalan cada dos veranos para disfrute del espectador. Y, como todo en esta vida, estos encuentros entre países, entre naciones y pasiones, tienen un comienzo. Un comienzo que llega desde las islas británicas, desde el mismo lugar en el que se escribieron las primeras reglas de este deporte.

A finales del siglo XIX, un grupo de jóvenes ingleses y escoceses tuvieron la idea, la brillante idea, de retarse sobre un terreno de juego para demostrar a sus vecinos que unos eran mejores que los otros. Puede que solo lo hicieran por diversión, para practicar un poco de deporte o por mero aburrimiento. Aunque solo fuera por alguno de estos motivos, la idea gustó. Y empezó una tradición de enfrentar a combinados de jugadores con algo en común, que todos fueran nacidos dentro de unas mismas fronteras. Lo que se inició como un pasatiempo, se ha consolidado como una de las mayores rivalidades del fútbol internacional. En cada Inglaterra-Escocia se lucha por la victoria en el césped, y también por la historia. Es la cruz de San Jorge contra la de San Andrés. Es el tradicional God save the Queen contra el reivindicativo Flower of Scotland. Es hasta la ginebra contra el whisky.

A falta de críquet, tenemos fútbol

Un año antes de que se fundara la FA Cup en 1871, el torneo más antiguo de la historia del fútbol, era el críquet el deporte que llenaba el tiempo de los británicos en sus horas de ocio desde la primavera hasta el otoño. Durante los meses de invierno la competición sufría un parón y el fútbol se presentaba como una solución para que los jugadores de críquet estuvieran en buenas condiciones al iniciar de nuevo el campeonato. En aquel período, dos jugadores del Wanderers FC, Charles William Alcock y James Kirkpatrick, uno inglés y el otro escocés, reunieron a once futbolistas de Londres con origen escocés para medirse a otros tantos jugadores ingleses. The Oval, un campo de críquet situado en Kennington (Londres) fue el escenario de los cinco partidos que se disputaron entre 1870 y 1872, en unos encuentros no reconocidos por la FIFA porque algunos de los futbolistas escoceses habían nacido en la capital de Inglaterra.

El primer partido, previsto para mediados de febrero, pero disputado finalmente el 5 de marzo de 1870 a causa del mal tiempo, concluyó con empate a 1, siendo el escocés Robert Crawford el primer goleador de la historia de un partido internacional. A finales de ese mismo año, el 19 de noviembre, se celebraría un segundo asalto que daría la primera victoria a Inglaterra con un solitario tanto de Robert Walker. Tras este encuentro, y debido a la repercusión que tuvieron ambos duelos -con más de 500 espectadores en cada uno de ellos-, Alcock recibió críticas desde Escocia al ver que en el combinado nacional escaseaban los jugadores criados en su país. Los otros tres partidos, disputados entre febrero de 1871 y el mismo mes del año siguiente se saldaron con un empate a 1 y dos victorias para los ingleses por 2-1 y 1-0, dejando a Robert Walker como el primer héroe de esta antigua rivalidad al marcar cuatro tantos en tres partidos.

Un partido para la historia

El 30 de noviembre de 1872 llegó la fecha del primer partido oficial para la FIFA. Después de los cinco encuentros disputados en The Oval, fue el Hamilton Crescent de Partick (Escocia), de nuevo un campo de críquet, el lugar donde se celebró el choque entre Escocia e Inglaterra. La expectación de esta rivalidad seguía en modo ascendente y fueron 4.000 las personas que presenciaron el duelo. Ante la falta de entrenadores o seleccionadores en aquellos tiempos, las convocatorias para reunir a once futbolistas de un mismo país eran algo complejas. El equipo escocés estuvo formado en su totalidad por jugadores del Queen’s Park FC de Glasgow. Por parte de sus vecinos sureños fue el mismo Charles W. Alcock, también secretario de la Football Association, el encargado de componer la plantilla, eligiendo a futbolistas de nueve clubes diferentes, con tres representantes de la Universidad de Oxford.

Previsto para las dos de la tarde, la niebla demoró el inicio del encuentro 20 minutos. A un lado, Escocia vestía con su ya habitual camiseta azul marino y un león en el pecho -una camiseta similar a la del Queen’s Park en esa época-. Al otro costado, los ingleses sumaban dos leones más en la camiseta blanca que aún hoy les representa. El 2-2-6 con el que salieron los locales y el 1-1-8 que plantaron en el campo los visitantes, presagiaban un partido de muchos goles y espectáculo. Pero nada más lejos de la realidad, el partido seguía 0-0 cuando el arbitro escocés Willy Keay señaló el final del primer encuentro disputado entre dos países.

ING.ESC.Primer partido

El honor de los Wembley Wizards

El British Home Championship fue un torneo de selecciones británicas disputado entre 1884 y 1984 por los combinados nacionales de Inglaterra, Escocia, Gales, Irlanda -hasta 1950- e Irlanda del Norte -a partir de 1950-. El campeonato se jugaba a partido único en un grupo de todos contra todos. Un formato que daba cabida a más de un campeón por año en caso de que al final del torneo hubiera empate a puntos entre las diferentes selecciones.

En la edición de 1928 Inglaterra recibía a Escocia en el último partido del torneo en Wembley. Los Auld Enemies (“viejos enemigos”), como conocen los escoceses a los ingleses en el mundo del deporte, llegaban al encuentro como últimos de grupo tras perder sus partidos ante Gales e Irlanda y los Scotts contaban con un punto al empatar con Gales, que ya era matemáticamente campeona de ese año. Con el título ya decidido Inglaterra y Escocia se jugaban el honor de quedar por encima del máximo rival. Y lo cierto fue que Escocia no tuvo rival. Liderados por el talentoso Alex James, ese 31 de marzo nacieron los Wembley Wizards en un partido para el recuerdo que acabó con una goleada de 1-5. Más allá del resultado, en esa fecha el estilo escocés de pase corto se impuso de pleno al juego largo empleado por los ingleses, con dos goles del mismo Alex James y otros tres de Alex Jackson. “Podríamos haber metido diez”, resumió James tras el partido dejando clara la superioridad escocesa.

Una invasión a la escocesa

Casi medio siglo después de que Inglaterra saliera vapuleada de ‘su’ Wembley por 1-5 ante los Scotts, el British Home Championship volvió a presenciar un duelo histórico en 1977. Mismo estadio y mismos protagonistas cerraban el torneo, aunque con objetivos muy diferentes esta vez. La victoria local daba el título compartido a Inglaterra y Gales; un empate también concedía el campeonato a Gales, pero en este caso, lo repartía con Escocia; y la victoria visitante dejaba a Escocia como único campeón.

Con el paso de los años, el resultado del partido ha ido quedando en un segundo plano y la historia ha recordado la invasión de campo que protagonizó la Tartan Army -la afición escocesa-, en una época marcada por el auge del hooliganismo, cuando el colegiado húngaro Karoly Palotai señaló el final del partido. El 1-2 que reflejaba el electrónico en el minuto 90 hizo estallar de júbilo a los Scotts. El césped se llenó de escoceses que rompían trozos de césped, se subían a las porterías hasta reventar los largueros y se abrazaban entre ellos tras conseguir el British Home Championship en casa del Auld Enemy.

Football is coming home

30 años después de que Bobby Charlton y compañía se llevaran el primer, y único, Mundial con el que cuenta Inglaterra, las islas británicas volvían a organizar un torneo internacional. La Eurocopa’96 era una gran oportunidad para que los inventores del fútbol sumaran a su palmarés un título continental y, bajo el lema Football is coming home, el azar del sorteo de grupos hizo que unos de los rivales fuera la archienemiga Escocia. En la primera jornada del campeonato los anfitriones se medían a Suiza y a sus vecinos les tocaba pelear con Holanda. Ambos duelos acabaron en tablas y todo seguía por decidir. La segunda jornada era la fecha señalada para el Escocia-Inglaterra, con el emblemático Wembley como escenario de fondo una vez más.

Era el encuentro más esperado del torneo y, quizá por ello, en la primera parte no se disfrutó de un gran juego, con pocas ocasiones de gol y menos destellos de calidad. En el segundo tiempo la suerte sonrió pronto a los de Terry Venables, seleccionador inglés, que se adelantaron en el minuto 53 gracias a un cabezazo del goleador del torneo, Alan Shearer. Los escoceses de Craig Brown no se vinieron abajo ante el tanto inglés y empezaron a alzar el vuelo aproximándose a la meta de David Seaman. En una de esas llegadas Tony Adams derribó a Gordon Durie dentro del área. Penalti a favor de Escocia, que podía dar la campanada en casa del máximo rival, pero el disparo de Gary McAllister fue desviado por Seaman y poco después Paul Gascoigne cerraba el encuentro con uno de los mejores goles de esa Eurocopa. Pese a pasar como primeros de grupo y derrotar a Escocia, Inglaterra cayó en semifinales ante Alemania, la futura campeona.