¿Un viaje de tres días a San Petersburgo? Sin dudarlo. Maleta de mano. Pasaporte. Visado. Chubasquero. Y dos mil rublos. No hace falta ningún otro ajuar cuando uno forma parte del programa Football for Friendship, organizado por Gazprom bajo el paraguas de la FIFA. Llegué a la vieja Leningrado a media tarde, ávido de estampas visuales que justificaran pronto el salto de cuatro horas de vuelo. Ya en el aeropuerto, moderno y lujoso, esperaba un miembro de la organización que, diligente, me acompañó hasta un Ford Mondeo negro que aguardaba en la zona de taxis. El chófer, de unos cincuenta y pocos, me indicó con un rudo gesto el lugar donde depositar mis cosas y me invitó sin demasiados excesos a subir al vehículo. Lo primero que uno constata cuando pisa Rusia es que el habla inglesa no es ordinaria entre la población no millenial. El trayecto hasta el hotel discurrió sin plática pues la predisposición del conductor era con cinco atrás y sin concesiones. Mi prudencia solo se aminoró cuando divisé, flotando encima del Mar Báltico, un coloso de formas remozadas: “That is the stadium?”, quise confirmar, a lo que siguió un gesto mudo de afirmación. Entrando ya en la urbe, seguimos por calles rectilíneas vestidas por bloques de hormigón grisáceo, sin apenas diferencias entre ellas. La huella soviética contrasta a cada avance con letreros de McDonald’s y anuncios de Apple. En seguida estuvimos en el que iba a ser mi alojamiento para las próximas tres noches: un hotel inmenso con más de mil habitaciones, preparado para grandes eventos, como el que nos concernía. En el hall, unas chicas bien distinguidas con emblemas de la FIFA vinieron a mi encuentro para obsequiarme con múltiples pines, banderines, pulseras, libretas y credenciales y explicarme el funcionamiento de todo el tinglado, esta vez sí, con buena verborrea. Después de haberme entrenido en la habitación con los canales de televisión y con el wifi, salí abrigado a la calle sin mapa y sin rumbo. Pronto descubrí que las postales a las que pretendía asistir andaban a más de seis kilómetros de donde me encontraba. Sin demasiado tiempo para arriesgar, me contenté con verificar que las extensiones allí son inescrutables y que las personas andan muy serias por la calle. Tras cenar de buffet y ver la final sub 21, decidí no alargar más el viernes, a sabiendas que por delante tenía dos intensos días y que la mayor parte de periodistas de los otros 63 países invitados al evento llegarían de madrugada.

El sábado comenzó antes de las ocho, aunque había amanecido casi cinco horas antes. Afuera se presentaba frío y viento, pero desayunar huevos revueltos, zumo y pasteles a discreción, alegra el día a cualquiera. Pronto me reuní con el resto de la expedición, periodistas y personal llegados de todo el mundo, a punto para repartirnos en varios autobuses rumbo al Nova Arena, donde se disputarían las finales del Football for Friendship. Desde el lunes anterior, 64 niños de 12 años procedentes de 64 países distintos convivieron en entrenamientos y actividades preparando la que sería, ese día, la guinda del pastel. El funcionamiento de la matinal, muy simple: ocho equipos de ocho jugadores cada uno -equipo amarillo, naranja, lila, azul, rojo, verde y blanco- que disputaron tres eliminatorias: cuartos de final, semifinales y final. Los pequeños no podían ocultar los nervios, ninguno está todavía tan acostumbrado a jugar con árbitro, con gradas y con cámaras filmando. El equipo naranja, en el que, por cierto, jugaba el niño español, ganó el torneo merced de un rubito del Sparta de Praga con un guante en la zurda y de un portero argentino de San Lorenzo que prefirió disfrutar del evento como jugador, saliendo máximo goleador del campeonato. “A pesar de marcar seis goles en tres partidos, quiero seguir siendo arquero cuando regrese a mi club”, aseguraba tranquilo. Más allá del resultado, lo que todos los presentes convenimos en destacar fue la buena sintonía que en los grupos se respiraba. Chicos de países variopintos como India, Singapur, Bolivia, Azerbaiyán, Bulgaria, Ghana, Bélgica, Argelia, Corea del Sur o Libia se mezclaron durante seis días con extremadas diferencias culturales y una emocionante complicidad en torno al balón. “Al fútbol le falta más de esto, de ser amigos entre todos”, sentenciaba el jovencísimo chico iraní. Se le pone a uno la piel de gallina, qué quieren que les diga. Emociona ver la bondad de los pequeños ajenos a los conflictos geopolíticos de sus países. El discurrir de los siguientes acontecimientos estuvo marcado por un colorido dispendio en la puesta en escena, a destacar el confeti dorado para los campeones y tres nobles mascotas, cuya presencia siempre pretende indicar que la cita es grande. Lo que me gustó fue el gesto por el que el capitán del equipo ganador era el encargado de entregar las medallas de consolación a los subcampeones. Todos disfrutaron.

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Seguimos la jornada con el almuerzo, con varios corrillos futboleros y con una sorpresa de última hora: la fortuita noticia de que en unas horas Maradona iba a acudir a aquel lugar para un meeting con los presentes. A pesar de eso, como aquellas iban a ser las únicas horas que iba a tener libres para voltear por la ciudad y como confiaba más bien nada en que apareciera, emprendí mi visita turística exprés aun a riesgo de no conocer al Diego. San Petersburgo es preciosa. El bus me dejó cerca de la espectacular catedral ortodoxa de San Isaac, después anduve maravillado por los edificios señoriales hasta la gran Plaza del Palacio, antigua residencia de los zares, siguiendo por el canal de Griboedova hasta La Iglesia de Salvador sobre la Sangre Derramada -con sus coloridas cúpulas- el emblema turístico por antonomasia; luego por las orillas del Neva con la Fortaleza de Pedro y Pablo a lo lejos, entre selfies, souvenirs, bailes regionales y mercadillos de libros de segunda mano. Tomar el metro a más de 100 metros bajo tierra para poder sortear los canales, era otra de las experiencias que no me podía perder. El recorrido esencial puede hacerse en poco menos de cuatro horas, pero disfrutar bien de una de las mejores ciudades del norte de Europa hubiera merecido un par de días más. En cualquier esquina se puede palpar la cercanía del Mundial, bien por un cartel publicitario, bien por la figura de de Zabivaka (la mascotra de Rusia 2018) o bien por unas obras a medio terminar. Para regresar al hotel quise tomar un taxi y así llegar sobrado al horario de la cena. Fue entonces cuando volví a tropezarme con una de las mayores carencias del país a falta de 348 días para el gran evento: los taxistas no hablan inglés. No logré que me llevaran ni siquiera señalando claramente mi objetivo con mi dedo sobre el mapa. Desistí al tercer intento. Demoré un tiempo más de lo previsto mi llegada debiendo regresar sobre mis pasos para asegurar el tiro con el mismo bus de la ida, suponiendo -acertadamente- que recorrería la misma ruta en sentido inverso. Finalmente, no llegué tan arde al restaurante donde servían la cena al estilo ruso y reparé que, a falta de media hora para el cierre del comedor, el resto de la comitiva todavía no había regresado del ‘encuentro con Maradona’. Cuando empezaba a probar la tarta de mermelada del postre (a todo le ponen mermelada), llegó para sentarse conmigo a la mesa el colega mexicano. Fue él quien me contó que -contra todo pronóstico- no había habido rastro de Maradona tras dos horas de espera. Suspiré aliviado (interiormente).

20170701_17591720170701_181435A la mañana siguiente todos me felicitaron con exclamaciones de envidia por mi decisión de la tarde anterior. “Yo soy argentino, ¡me hubieran matado en el diario si aparece Maradona y no estoy ahí!”, justificaba el periodista de Olé. Un tipo grande. La del domingo fue una jornada extensísima. Nos trasladaron hacia una zona desangelada de las afueras, hasta una suerte de complejo hotelero y de edificios de convenciones. Ahí iba a tener lugar el acto de clausura del Football for Friendship. La ceremonia se celebró en un gran anfiteatro, hubo performances, discursos trabados, conciertos, mucha fantasía lumínica y vídeos emotivos. Incluso pudimos deleitarnos con la presencia de Julio Baptista e Iván Zamorano para entregar unos trofeos; tres minutos sobre el escenario para propinar abrazos a los pequeños y poco más, Gazprom no escatima en gastos. En el mismo complejo de convenciones tuvo lugar un almuerzo multitudinario, más propio de un campamento que de un evento de etiqueta. Pero los eventos de etiqueta tienen estas cosas. Las horas de espera en el hall del edificio nos mostraban caras adultas de cansancio, por un lado, y risas, juegos y patadas a cualquier objeto simulando un balón de los chavales, por el otro. Decía Galeano que “los niños no tienen la finalidad de la victoria, solo quieren divertirse”. Es por eso que no entendí tantos galardones a goleadores, asistentes y mejores jugadores de la gala para los niños. Para entender el éxito del evento no era necesaria tanta parafernalia y solo había que ir a ese hall y observar al niño venezolano, al egipcio, al bielorruso y al armenio jugar con una bola de papel, y ver cómo un equipo de ocho chicos de ocho países distintos había forjado amistad en tan solo seis días. Los premios, dejémoslos mejor para los adultos, que ya tenemos el alma minada de individualismo.

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Salimos cerca de las 17:00 hacia el Estadio Krestovski. El coliseo del Zenit está situado en una lengua de tierra entre los ríos y el Golfo de Finlandia. Su presencia, a lo lejos, es imponente. A los alrededores figuran todo tipo de construcciones ultra modernas y acompasadas arquitectónicamente, el Sibur Arena, donde juega el equipo de baloncesto local y parques verdes que hacen de la zona un lugar antagónico a las construcciones de los tiempos soviéticos. Para acceder al recinto superamos exhaustivas medidas de seguridad: detectores de metales, búsqueda de explosivos, perros y registros explícitos. Esto sí se le da bien a los rusos. A falta de tres horas para la final, se empezaba a hacer evidente el dominio chileno en las gradas. Si Alemania participó en el torneo con un equipo B, los aficionados no iban a ser menos. Además, los espectadores locales también bancaban a La Roja, por razones más o menos obvias. El dominio chileno también tuvo su versión sobre el verde pero un error de Marcelo Díaz y el contraataque letal de Alemania fueron suficientes para llevarse el gato al agua. Ya lo decía Lineker: el fútbol son once contra once y siempre ganan los alemanes. Más allá del juego, impactó ver en persona un estadio tan flamante y portentoso, una ceremonia de clausura tan prescindible y un ambiente tan poco futbolero. A fin de cuentas, la mayor parte de espectadores estábamos ahí por razón de patrocinios o por mera comparsa. Ya se sabe: el fútbol moderno. Salir del estadio fue una odisea, con un atasco monumental. A menos de un año para la gran cita, otro aspecto a destacar es que falta mucho por mejorar en cuanto a los accesos.

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Y fin de trayecto. Una cabezada de dos horas, un microbus hacia el aeropuerto y un cielo celeste de madrugada. Como siempre, durante los tres días, la organización estuvo de diez y nos entregó el desayuno antes del traslado. Atontado por la falta de sueño y apurado por no perder de vista el pasaporte o el billete logré al fin relajarme en una butaca metálica antes de decidir embarcar el último de la fila. En realidad, el último no sería yo, sino un tipo aún más adormilado que llegaba sobre la bocina, calzando una gorra negra y una mochila con dos raquetas de tenis. La vuelta a casa la pasé volando juntó al gran Ronaldo. Otro Fenómeno que solo jugaba para divertirse.