Es domingo, día de partido. En la entrada al campo Manuel Trujillo de la localidad manchega de Almagro cientos de aficionados se organizan en filas para acceder a ver al equipo del pueblo. En el ambiente, aparte de un clima de indecisión por ver lo que hacen hoy los chicos, se respira un aroma a panceta y embutido que llena el estómago de los asistentes. Podríamos decir que aquí la velocidad sí que tiene que ver con el tocino; por lo menos, de forma tangencial. Siempre cerveza en mano, en Almagro la gente sabe que va a sufrir el fútbol. Va a ver cómo su equipo rema a contracorriente para subir peldaños en esa escalera interminable que a veces supone el fútbol modesto de nuestro país. Va a ver ese clásico arraigo teatral, tan característico del municipio, al servicio de la pasión deportiva.  Como bien dice Enrique Ballester en su Infrafútbol: “El hallazgo de una pasión que te mata lentamente”. En Almagro siempre todo ha tenido un aire teatral; incluso los capítulos más gloriosos de la historia de este club, convertidos en una especie de tragicomedia.

Los mejores días del Almagro C.F. fueron, sin duda, en mayo de 2016, afrontando con toda la ilusión del mundo las eliminatorias de playoff de ascenso a Segunda División B. Un aluvión de aficionados abarrotó las gradas supletorias del Manuel Trujillo para recibir al filial del Atlético de Madrid, cuya plantilla estaba nutrida de jugadores que a día de hoy se han hecho un hueco en Primera División como Theo Hernández o Amath Ndiaye. Tras un 0-2 en casa del filial rojiblanco, el equipo manchego cosechó un empate a cero en su propio campo para superar la primera ronda de promoción y desatar la locura entre sus seguidores. Nunca se había llegado tan lejos. Nunca se había llegado a sentir tanto orgullo por su equipo local. El Almagro estaba en vías de convertirse en equipo de la categoría de bronce del fútbol español -cosa que, a posteriori, no sucedería-. No olvidemos que las tragicomedias no siempre acaban de la mejor manera. Pero llegar hasta ese punto no fue, ni mucho menos, fácil. Todo esto queda plasmado a la perfección en la excelsa crónica que realizan los dos periodistas almagreños, Francisco Otero y Álvaro Ramos, en su libro Almagro F.C. El club que llegó a un playoff en bicicleta.

 

“En Almagro pensaban, y piensan, que en bicicleta se puede llegar muy lejos. De momento, a un playoff

 

Todo comenzó en el verano de 2014. El club cerraba una etapa de 17 años en Primera Preferente desde su último ascenso a Tercera División -techo deportivo, hasta la fecha, de la entidad- con un ascenso al fútbol nacional. Casi dos décadas de inestabilidad, de idas y venidas, de saltar al campo sin un rumbo fijo. Sin proyecto. Hasta que en la temporada 2010-11, el club cambió su estructura por completo. Nueva directiva, nuevo proyecto y nuevo entrenador para afrontar un futuro lleno de éxitos. Todo de golpe.

La clara apuesta por la potenciación de la cantera y por un fútbol con el buen trato de balón como la principal directriz del juego del equipo, fue un éxito y la plantilla enamoró a su afición. “El club tiene eso. Está alejado del profesionalismo y es todo muy familiar. Los vínculos personales entre cualquier miembro del club, incluso con los aficionados, va más allá de los resultados deportivos”, afirma Francisco Otero a Panenka.  El primer año del nuevo técnico, el equipo acabó como octavo clasificado, dejando muy buenas sensaciones entre su afición. Sin embargo, el nuevo técnico se marchó del club, dejando su puesto a Darío, el entrenador que en los años posteriores hizo historia. Con la continuidad del proyecto como principal premisa, el equipo siguió la misma línea de resultados y de juego que le habían llevado la temporada anterior a la parte alta de la clasificación. En la temporada 2011-12, el Almagro se quedó a las puertas del ascenso; la temporada siguiente bajó mucho su rendimiento, quedando inmerso en mitad de la tabla y en la 2013-14, ganó el campeonato de liga de Primera Preferente. Misión cumplida, el objetivo de Tercera División era una realidad.

Durante el verano de 2014 todo hacía presagiar una buena actuación del equipo en su nueva andadura en el fútbol nacional. Se consiguieron refuerzos de calidad para formar una plantilla de garantías. Entre ellos, el más destacado fue Rubén Gómez; un jugador de banda que ya había estado en el club una temporada en su debut en el fútbol amateur. A partir de aquí, había gozado de muchas campañas de experiencia en equipos de Tercera División y de Segunda B, sin acabar de explotar en ningún equipo de los que había frecuentado. Era el momento. En Almagro tendría la oportunidad de reencontrarse con su fútbol y volver a sentirse importante. Sin embargo, todo se torció. En apenas cinco jornadas se pasó de un ambiente de ilusión por afrontar de la mejor manera posible la que podía ser una temporada histórica para el club al más profundo desapego. Tensión inaguantable. El fichaje estrella de esa temporada acabó despotricando de uno de los valores fundamentales de la entidad manchega: su humildad. En privado, el extremo se quejó de que muchos jugadores iban a entrenar en bicicleta y ni siquiera se duchaban en el vestuario, lo hacían en sus casas. Toda la razón. Pero como bien comentan los autores del libro que motiva este artículo: “En Almagro pensaban, y piensan, que en bicicleta se puede llegar muy lejos. De momento, a un playoff. Y Rubén, el llamado a ser el jugador más importante de aquel equipo, abandonó el barco tan solo un mes después de haber salido del punto de partida.

El equipo perdió en calidad, pero ganó en humanidad. Pese a la inestabilidad en los resultados y la constante falta de gol, acabó el año en una cómoda duodécima posición. Pero aquí llega el golpe más duro. La tarde del 19 de diciembre de 2014, mientras recorría en coche el trayecto desde el trabajo a su propia casa, Mario López, centrocampista clave en los esquemas de Darío sufrió un accidente de tráfico y falleció en el acto. “Fue el golpe más duro, me atrevería a decir, de la historia del club. Era un chaval del pueblo al que quería todo el mundo y, seguro, estaba llamado a ser el capitán del equipo”, confiesa Otero a Panenka. La localidad calatrava se quedaba huérfana de una sonrisa eterna, de esas que no se borran ni en los momentos más difíciles. Un duro golpe que, sin duda, afectó a la actitud del equipo. Cabizbajo, el Almagro C.F. se libró el descenso por la grave situación económica que sufrían muchos otros equipos de la categoría.

 

“El partido de vuelta contra el Atleti lo escribieron, como el When Saturday comes, entre todos. Almagro entero entró en efervescencia futbolera”

 

La temporada siguiente, todo cambió. El equipo aprendió a convivir con la falta de, además de un compañero excelente, el jugador con más proyección del equipo. Se continuó sufriendo el fútbol y después de mucho esfuerzo, horas de trabajo y bocadillos de panceta, se consiguió llegar a la promoción de ascenso, no sin antes superar una serie de altibajos, como en las mejores obras de teatro. Por delante, si todo iba bien, quedarían tres rondas eliminatorias a doble partido para disputarse el ascenso con equipos que, probablemente, tendrían una necesidad -tanto a nivel de historia como en el aspecto económico- mucho mayor que el conjunto calatravo.

El primer rival sería el Atlético de Madrid B. Como ya se ha comentado, en el plantel del filial colchonero había jugadores que a día de hoy cuentan con alguna temporada de experiencia en la máxima división del fútbol español. En la ida cosecharon un gran 0-2 en la ciudad deportiva Cerro del Espino. El combinado dirigido por Darío estaba un pasito más cerca de la gloria, y en la vuelta, un 0-0 en casa de un Almagro F.C. que mereció mucho más. Sin embargo, el afán de los aficionados del Manuel Trujillo por ver a su equipo ascender pudo con todo.  “El partido de vuelta contra el Atleti lo escribieron, como el When Saturday comes, entre todos. Almagro entero entró en efervescencia futbolera. En los bares, los comercios o la calle, no se hablaba de otra cosa. Las conversaciones en las redes sociales se centraban en el partido y gente que nunca había pisado el Trujillo se preguntaba si los chicos serían capaces de tumbar al Atleti y si estaban capacitados para subir”, reflexionan Francisco Otero y Álvaro Ramos en su libro.

En la siguiente ronda esperaba el Gavà, un conjunto que llegaba como un tiro y que, a la postre, acabaría superando el playoff y dejando atrás la Tercera División para afianzarse en Segunda B. La eliminatoria fue mucho más que fácil para los catalanes con un 3-0 en el campo de La Bòvila, en el que los jugadores del Almagro acusaron la fatiga acumulada tanto de la eliminatoria anterior como del largo viaje que habían tenido que hacer, esta vez en autobús, para jugar el partido. 0-1 en la vuelta en el Manuel Trujillo, dando por cerrado así uno de los capítulos más felices en la historia del Almagro F.C.

No se consiguió el objetivo, por lo menos totalmente, pero se consiguió algo más importante: aprender a reponerse de uno de los palos más grandes que puede darte la vida, demostrar que los resultados fruto de la humildad llegan mucho más allá que la soberbia y, sobre todo, tener la oportunidad de brindarle el esfuerzo a Mario, ese mediocentro de la sonrisa permanente que en cada partido del Almagro F.C. permanece en la cabeza de todos los aficionados del equipo.

A las puertas de comenzar la tercera temporada desde aquella gesta heroica, el Almagro sigue situado en su techo histórico en la parcela deportiva -Tercera División-, dándole continuidad al proyecto que se inició ahora hace ocho temporadas con una apuesta clara de cara al futuro, pero sin dejar de mirar al pasado. El Manuel Trujillo volverá a oler a panceta y las neveras comenzarán a enfriar cerveza por encima de sus posibilidades. El inicio de la temporada está a la vuelta de la esquina y, ¿quién sabe?, a lo mejor este es el año en que esta localidad castellano-manchega arraigada en una importante tradición teatral baje el telón con la satisfacción del trabajo bien hecho, una gran ovación y el premio del ascenso.