Dijo en una ocasión Manuel Jabois que hay dos maneras de ver el deporte: como lo ve la gente o como lo ve Juan Tallón (Ourense, 1975). Escritor y colaborador habitual en publicaciones como El País, Jot Down o El Progreso, solo hace falta asomarse una vez a alguna de sus columnas periodísticas para percatarse de que el balón provoca en él reacciones imprevisibles, poco convencionales. Tanto le tira el juego a Tallón que incluso le ha dedicado un libro, Manual de fútbol (Edhasa, 2014), una pieza más en la obra de un autor en auge que ya ha firmado, entre otros, volúmenes como Fin de poema, Libros peligrosos, Mientras haya bares o Salvaje Oeste


 

Yo veo el fútbol desde la ignorancia y el entusiasmo. Y creo que esas son las dos mejores premisas para seguir un partido, porque te garantizan que no llegarás a saber jamás lo que va a pasar. Como no conoces el juego por dentro, no eres capaz de predecir ciertos movimientos. Y eso provoca que en el minuto uno ya estés desesperado, puesto que crees que tu equipo va a perder el partido y que no habrá nada que hacer al respecto.

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Decir que alguien sabe de futbol está lejos de la realidad. Podemos decir que nadie sabe de fútbol lo suficiente como para tener bajo control a un equipo, por ejemplo en el caso de un entrenador. El fútbol se reserva siempre una zona oscura e indomable que no se puede controlar. Y eso es lo que permite que de vez en cuando un equipo que va penúltimo en la clasificación consiga empatar con el líder.

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Creo que se puede amar a un futbolista y a Borges a la vez perfectamente. No hay que tener prejuicios sobre las aficiones personales. Uno puede ser un gran lector y eso no te incapacita para disfrutar de un partido de fútbol. Yo no sé si es tan incompatible que Borges te vuelva loco y que al mismo tiempo también lo haga Godín, por ejemplo. Lo que sí puedo decir es que yo disfruto de ambos.

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Hay una gran confusión a la hora de utilizar el término ‘fracaso’ en el fútbol. Y es que a veces lo empleamos, creo que de modo incorrecto, cuando tiene lugar un acontecimiento indigno. Si a mí me dicen que mi equipo ha fracasado, yo puedo responder que lo ha hecho con la cabeza alta. ¡Es que no todo el mundo puede ganar! Perder no es indigno. Si lo fuera, todos seríamos perdedores, y a todas horas.

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Es obvio que el fracaso es lo que más se parece a la vida real. Hablo de esas aspiraciones que muchas veces no se cumplen. El material del que están compuestos los días son precisamente esos pequeños fracasos, que al mismo tiempo son compatibles con entusiasmos fugaces. Como en el fútbol, al fin y al cabo.

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Hay un fenómeno en el deporte que me llama mucho la atención, que tiene que ver con esa necesidad que tenemos todos de pertenecer a algo. Cuando alguien se burla de mí porque es seguidor del rival y este acaba de ganar a mi equipo, pienso: ‘¿Pero qué carajada es esa? ¿A caso tú has tenido algo que ver? ¿Formas parte de la plantilla?’. Que el Barcelona, por ejemplo, sea un equipo triunfador, no te convierte a ti como aficionado en una persona triunfadora. Y sin embargo, siempre jugamos con esa afición, intentando humillar a nuestros contrincantes. ¿Somos tontos o qué?

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La prórroga, en el fútbol, es una sublimación del peligro. Es ese avanzar sin poder equivocarse. Eso que en aviación se conoce como el punto a partir del cual no puedes regresar al aeropuerto de salida, porque el combustible ya no te da. En la prórroga todo adquiere visos de ser a vida o muerte. Y claro, produce un fervor muy poco comparable al de otros deportes. En el fútbol, la prórroga es especialmente vertiginosa, porque además suele darse en grandes acontecimientos o en tramos decisivos de competiciones importantes. Es el puto incendio de la casa contigo dentro.

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Antes que ver un partido en el sofá o en el bar, elijo el campo de fútbol, sin duda. Estar en ese ambiente, con 60.000 personas a tu alrededor, con la perspectiva tan amplia que tienes del terreno de juego, que te permite verlo todo aunque no entiendas un pijo… El estadio, el estadio. Olvídate. Y el que te diga otra cosa a lo mejor será porque no ha ido demasiadas veces a un campo de fútbol.

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Soy aficionado del Atlético porque es el equipo del que mi padre me enseñó a ser. Aunque al primer club que vimos en directo fue al Madrid de Amancio, puesto que en una ocasión acudimos a un entrenamiento de pretemporada que el club blanco hizo en una estación de alta montaña de la provincia de Ourense. Pero aquel viaje, por otra parte, fue tan traumático que me desanimó a ser nunca del Real Madrid.