Un país destruido por una interminable guerra de consecuencias abismales para todo el planeta está siendo capaz de mantener una única vía de libertad para quienes aún la sufren a diario. Perseguidos, censurados y amenazados, el mundo del fútbol permanece unido en Siria bajo la esperanza de un mañana que solo se soporta a base de goles.


El fútbol, como el deporte, supone un enfrentamiento. El de futbolistas que, con su estilo, intentan vencer al oponente. El de aficiones que, con sus gargantas, animan por encima del rival. Y aunque lo coloreemos con tonos románticos y lo disfrutemos en cristal de bohemia, es sólo eso, un deporte. Por desgracia, no todas las luchas acaban por encontrarse con una pelota que decida su devenir. Sería imprevisible, azaroso y enormemente peligroso pero, al menos, existiría una opción, algo que anhelan millones de personas que están sufriendo la sinrazón de la guerra. Muriendo, perdiendo lo que más quieren o teniendo que dejarlo todo atrás para pasar a ser aquella palabra que, con sólo escuchar, con sólo citar, colorea de penumbra su futuro: refugiados.

El último informe anual de ACNUR habla de cinco millones y medio de refugiados sirios que han huido de la guerra de su país. El número ha aumentado en un millón y medio sólo en un año. Siria es, con mucho, la nación con mayor número de desplazados. Cinco millones de vidas (el ser humano es tan cruel que pocas veces contaría en estas cifras aquellas que se han perdido por el camino), cinco millones de historias, de sueños y deseos por cumplir en un mundo completamente hostil donde sólo sobrevive el fútbol.

“En un trabajo como el mío, corresponsal de guerra, aprendes a asumir que cuando los medios te contactan, sólo piden que hables de sangre y de muertos”, cita Ethel Bonet, periodista española que conoce cualquier hábitat bélico en los países fronterizos con Siria desde hace muchos años. Por eso, cuando nos coge el teléfono, lo primero que haces es recordarle que (pese a que esta frase es su ‘slogan web’ a modo de declaración de intenciones), vamos a hablar de fútbol, sí, de fútbol, donde no debería haber sangre y mucho menos, muertos, pero donde sí existe un componente que hace que en Siria la pelota sea, hoy en día, clave por mil connotaciones: “Es que es un absoluto milagro que el fútbol sea algo que, todavía, sobreviva en Siria. Y ya no digo la liga o los torneos de fútbol, sino la propia selección nacional. Un país bombardeado durante siete años, un país destruido, totalmente fraccionado y no existe ningún tipo de cohesión hasta que aparece el fútbol. Es el fútbol lo que une a los sirios más allá de enterrar muertos a diario”, destaca Ethel desde un contexto que n se encontró jamás en otras zonas donde ha trabajado y que la sigue impactando por la capacidad de resistencia de sus ciudadanos.

 

“Aquí hay una dictadura de hace más de 30 años y el único lugar donde evitan la represión y donde se pueden reunir y ver a amigos es el fútbol”

 

“Aquí el fútbol ha sido y es una religión. Es importantísimo, tanto como ser musulmán e ir cinco veces a rezar. Es más, es que las protestas que se han llevado a cabo en Siria y en todo el mundo árabe se han basado claramente en el fútbol, pues siguen sus directrices. Las protestas, la forma, el esquema, es el mismo que se sigue en el fútbol y ha sido gracias a ello que sabían cómo defenderse. Aquí hay una dictadura de hace más de 30 años y el único lugar donde evitan la represión y donde se pueden reunir y ver a amigos es el fútbol. Es su lugar de evadirse, de gritar, de desahogarse, de sacar toda la tensión que cada individuo tiene dentro de sí. Es una necesidad plena del ser humano sentir eso y es el fútbol quien se lo otorga”, profundiza.

Más allá de mantenerse milagrosamente en pie, el fútbol sería lo último que podría perderse casi por necesidad mutua de los líderes políticos y del propio pueblo. Frenar la competición, sería eliminar el único resquicio de libertad y, a su vez, de cierta tranquilidad, para un pueblo que sin esa salida, tendría más tiempo y furia aún para seguir reivindicándose: “El régimen ha mantenido la liga pero el problema es que sólo hay dos estadios que se han mantenido ante la guerra, pues el resto está destrozado, derruido y entre miseria. Eso hace que la liga sea muy parcial, puesto que los dos estadios están en la zona dominada por el estado. Incluso la selección nacional, que estuvo cerca de ir al pasado Mundial, entrena en Omán, en una zona aislada, pero con la fe global de mantener el fútbol”, apunta Ethel.

Mientras, recuerda que juntar a miles de personas en un mismo epicentro resulta ya de por sí algo frívolo por el hecho de estar sufriendo una guerra tan drástica, pero es que hay muchas Sirias. “Hay unas cinco Sirias ahora mismo y cada una tiene un comportamiento diferente. Es que hasta existe una campaña de publicidad que patrocina a Siria para visitantes, para turistas, para atraer a gente donde anuncian las playas, por ejemplo, ya que en esas zonas, realmente, no hay conflicto. La gente sale al mercado, a fumar, a tomarse café, a comprar y existe vida. Y luego, claro, está Alepo donde algún niño, cada vez menos, juega al fútbol en lo que queda de sus calles”, explica, mandando un mensaje muy diferente a lo que aquí pensamos del conflicto y del caos que vive el país.

 

Desde el punto de vista del aficionado al fútbol de Siria, ver a sus equipos representa una salida al caos diario

 

Desde el punto de vista del aficionado al fútbol de Siria, ver a sus equipos representa una salida al caos diario pero desde el enfoque de los propios futbolistas, su hobby, porque no da económicamente para mucho más, se ha convertido además en una amenaza constante: “Algunos futbolistas se han pasado al activismo y, después, al yihadismo. El personaje más notorio es Abdel Baset al Sarut, que era el portero del equipo Al Karama (de la ciudad de Homs), empezó a ser la voz de las protestas de 2011 y, cuando la situación se recrudeció y el ejército utilizó sus fuerzas contra la población civil, él giró por completo. Se radicalizó, se volvió rebelde, formó la brigada de los Mártires de Albayada y acabó jurándole lealtad al estado islámico. Un caso clave para entender este proceso del fútbol y su importancia. Porque ser futbolista aquí no es ser millonario, pero sí tienen la imagen para que el estado incluso les haya usado. Si el fútbol no fuera popular, jamás habría aguantado en Siria”, explica detalladamente sobre el caso más sensible que une fútbol social y yihadismo.

“No tenemos que olvidar que el líder del estado islámico, Abu Bakr al-Bagdadi (sobre el que mil veces se ha dicho que ha muerto por estar perseguido por Estados Unidos, que ni oficializa ni desmiente), tenía un apodo tal como el ‘Maradona de Irak’ por su habilidad para jugar al fútbol y por lo que demostró cuando jugaba en la cárcel de aquel país cuando cumplía condena. Es curioso cuando una persona como él, que teóricamente quiere acabar con demostraciones occidentales de ocio como el fútbol y que incluso atacan peñas deportivas y hasta asesinan a algunos futbolistas en plena calle fueran antes también enamorados de la pelota”, analiza Ethel, mostrando la doble visión y el doble rasero de una mentalidad que mantiene en jaque al fútbol en Siria, donde ahora mismo está catalogado como enemigo por el estado islámico.

Esa pelota, esos riesgos y esos goles celebrados en el caos, es lo que, a veces, ofrece una segunda oportunidad en la vida de quienes huyen hacia un futuro. Las armas no ofrecen salida, los misiles no ofrecen salida pero el fútbol, resulta ser en Siria, la única bala con capacidad suficiente para reivindicar libertad y pensar, al menos imaginar, que exista un mañana.


En el programa-podcast 18 de ElEnganche en SpainMedia, estuvieron con nosotros Ethel Bonet (corresponsal española en la zona), Fernando Vélez (futbolista del Lampedusa FC, club de refugiados de Hamburgo) y Samu Sánchez (futbolista español que ayudó en Lesbos).