La primera vez que ves a Galder Reguera (Bilbao, 1975) tienes la sensación de que está cabreado por algo. Pronto sales del malentendido, pero no deja de ser curioso ese primer impacto en alguien cuya literatura te provoca precisamente el efecto contrario: el de la felicidad. Una felicidad contagiosa, inquietante. De las que te empujan a hacer cosas, por más intrascendentes que estas sean. Sacarle punta a un lápiz, tostar un poco de pan, poner una lavadora. En el fondo, Hijos del fútbol (Lince Ediciones) es esto. Una historia (y una manera de contar) que te pone feliz. Simple y llanamente. A ti, lector. A los amigos. A los hijos, nuevos herederos de una pasión que atraviesa familias enteras. Y al fútbol, qué narices, que necesitaba que Galder le escribiera un libro como este.

 


Galder Reguera es hijo de artistas y nieto de un hincha apasionado del Athletic Club, lo que ha determinado su manera de ver el mundo. Cuando tenía seis años los Reyes Magos le trajeron la camiseta rojiblanca de sus sueños. Estudió filosofía en la Universidad de Deusto y durante años fue crítico de arte en varios medios de comunicación. Ha escrito un libro sobre arte conceptual y otro sobre fútbol. Desde 2009 es responsable de actividades de la Fundación Athletic Club. Es padre de dos hijos que se han contagiado de su pasión por el fútbol y a quienes los Reyes Magos también han regalado la camiseta de su equipo.


 

Siempre te ha gustado tener enfrente a autores y libros que hablen sobre fútbol. Ahora publicas el tuyo y das el salto al otro lado.

Esa idea de querer escribir un libro de fútbol la he tenido toda mi vida, pero yo supongo que, como le puede pasar a cualquiera, cuando lees mucho sobre una cosa acabas confirmando que ya se ha dicho casi todo sobre ella. Tenía que encontrar un nicho, un hueco pequeño en el que poder aportar una propia voz. Y en mi caso eso me lo ha dado la experiencia de la paternidad. Hay muchos libros de fútbol en los que los hijos te cuentan como su padre los llevaba al estadio. Y yo ahora me he dado cuenta de que soy ese padre que se lleva al niño al campo. El tema central ya no es que tengas una pasión, sino que esa pasión la estás dejando en herencia.

Y sí, claro, pasar al otro lado, como dices tú, es algo que me gusta.

Estudiaste filosofía. Del mundo de las ideas al de los balonazos. No parece un cambio sencillo.

Es verdad que hubo unos años en los que rebajé un poco la pasión, pero porque no casaba con la imagen que quería dar de mí. Además, la persona de la que heredé yo el fútbol, que es mi abuelo, se murió de repente, y entonces seguir los partidos se volvió un asunto doloroso para mí. Él era el que me pagaba el carnet de socio del Athletic y, cuando se fue, tuve que darme de baja y dejar de ir por un tiempo a San Mamés. Me sentía como expulsado de ese sitio. Era raro. Y acabé distanciándome.

Hasta que te volviste a acercar. 

Cuando terminé la carrera, mis compañeros organizaron un congreso de jóvenes filósofos en Bilbao. Ese año el tema era algo así como Identidad, Fronteras y Poder. No lo recuerdo muy bien. Yo no estuve en el consejo de organización, porque estaba currando, pero sí que me metieron a leer algunas ponencias. No está de más decir que en aquella época era una persona bastante vehemente, muy radical. Entonces, una tarde, en una reunión de los conferenciantes, entre cafés y cigarros, aparecí por la puerta muy cabreado, porque había tenido la sensación de que no podíamos ser jóvenes filósofos y estar hablando todo el puto día de lo mismo. Y dije: “Esto es una mierda. Tenemos 30 ponencias hablando de lo mismo y estamos súper alejados de la sociedad. Tenemos que hablar de lo que a la gente le importa”. Y un amigo me preguntó: “¿Y qué es lo que a la gente le importa, Galder?”. A lo que yo le contesté: “¡Pues el fútbol, cojones!”. [Se ríe]

¿Sigue?

Me retaron a hacer una conferencia sobre fútbol. Y yo les dije que vale, pero que me metieran en el Aula Magna de la facultad, que sino no abría la boca. Y así lo hicieron. Di una charla -muy mala- en la que presenté una tesis -que no es exactamente mía- exponiendo que después de la Segunda Guerra Mundial la identidad nacional se había desplazado a un ámbito más lúdico como el de los deportes. Esa misma charla después la moví un poco y un tipo me contrató para darla en unos encuentros, y luego me dijo que tenía una subvención para hacer un libro. De ahí surge Culturas de Fútbol, que es el primer proyecto literario en el que escribo, pero en el que también participaban otros autores. Con la distancia, cuando miro ese libro, pienso que es errado, porque intenta acercarse de un modo excesivamente intelectual al fútbol. Y no, no. Con el tiempo me he dado cuenta que el acercamiento al fútbol puede tener una parte sociológica, pero que fundamentalmente tiene que ser vital. Porque nosotros somos lo que hemos vivido. Y en este caso más.

¿Cómo surgió la idea de escribir ‘Hijos del fútbol’?

Si algo descubres cuando eres padre es que el tiempo se acelera. Yo he vivido un montón de años con el tiempo parado porque mi vida era mi pareja, mi trabajo y yo. Pero cuando tienes niños eso cambia. Porque entre que tienen uno o dos años, ya son personas completamente diferentes. Crecen muy rápido, y te empieza a entrar el miedo de no ser capaz de conservar todos los momentos que estás viviendo con ellos. Así se origina este libro. De la necesidad de recopilar por escrito todas las historias que el enano [Oihan, 5 años, su hijo mayor] me cuenta. De la necesidad de guardarlas en alguna parte para no perderlas ni olvidarlas. Y así, a través de las historias que le sucedían al chico y que yo apuntaba, comencé a recordar las mías. Juan Villoro reivindica que la palabra recordar, etimológicamente, quiere decir volver a pasar por el corazón. Eso es lo que me pasó a mí.

Ignacio Martínez de Pisón sentencia en el prólogo: “Resulta muy difícil escribir sobre fútbol sin caer en tópicos. Este libro lo consigue”. ¿Huiste de ellos a propósito?

No lo sé. Aunque creo que no. Esto me hace pensar en una conversación que tuve con mi amigo Enrique Ballester. Enrique me decía: “Pero si está todo dicho en Fiebre en las gradas”. Y es verdad, tiene razón. ¿Para qué vamos a ponernos a escribir otro libro sobre fútbol si ya lo ha contado todo Nick Hornby? [Se ríe]

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Yo tenía una cosa muy clara: quería hacer honor a lo que creo que tiene que ser el acercamiento al fenómeno futbolístico, con saltos desde la experiencia personal a reflexiones más en conjunto. Vengo del campo de la filosofía, como ya sabes, y nosotros al principio de la carrera comenzamos a leer a los grandes filósofos como si fueran gente privilegiada que tenía un acceso a las ideas totalmente separado de lo que les sucedía en su día a día. Pero un día cayó en mis manos En la belleza ajena, de Adam Zagajewski, un libro precioso, y quedé impactado. En él había una escena de una conferencia de Roman Ingarden en la que uno de los asistentes le pregunta al fenomenólogo: ‘Pero oiga, ¿y usted ha escrito esto?’, a lo que Ingarden contesta: ‘Bueno, puede ser que lo escribiera algún día que no hubiese tomado demasiado café’. Y eso es lo que pretendía mostrar el autor, que las ideas dependen de si hemos o no hemos tomado café. No es ad hominem, pero a partir de tus vivencias tú puedes llegar a lo que para ti son las grandes ideas. Con el fútbol pasa algo parecido. Hay mucho acercamiento sociológico como intentando explicar este deporte como algo necesario, y luego está el otro extremo que renuncia a ese tono y que trata de contarlo instalado en la experiencia vital. Yo quería tener esos dos puntos muy presentes, y que fueran intercalándose de manera un poco aleatoria. Que estuviese hablando del niño en la cocina, por ejemplo, y luego pasase a hablar del poder simbólico de los clubes. Ese doble juego me interesaba mucho.

El libro ahonda mucho en cómo surgió tu pasión por el fútbol. Pero, ¿y la literaria?

Siempre he pensado que surgió cuando me exiliaron -esa es la palabra- a Irlanda. En el libro hablo de ello. Yo de joven fui un chaval muy problemático. Un cabeza loca. Ya había repetido dos veces segundo de BUP e iba a repetir tercero, y el día que llego a casa y enseño las notas, mi madre me suelta una hostia y me pone la maleta en la puerta de casa. “Lárgate”. Tenía 18 años, más o menos. Me fui con unos colegas y nos pasamos una semana fumados. Al final mis padres consiguieron localizarme. Volví. Y entonces me dijeron que el día siguiente me iba a Irlanda a pasar un año. Y claro, en Irlanda, en la época pre-Internet, en un sitio donde anochece a las cinco de la tarde… Me puse a leer como un loco. Me pasaba las horas leyendo a Kundera y a Dostoyevski. Me llevé buena literatura, porque mis padres siempre han sido buenos lectores, y luego, cuando se me acabaron los libros, pedí que me mandaran más por correo. Fue en esos momentos cuando empecé a pensar que quería escribir.

El punto de no retorno. 

A todos los que queremos escribir nos pasa que lo primero que deseamos abordar son los grandes temas. Recuerdo que en aquellos años mi sueño de vida era que algún día, en la enciclopedia, se hiciese referencia a una línea que uniera las obras de Fiódor Dostoyevski, Albert Camus, Roberto Arlt y Galder Reguera. [Se ríe] Qué pretencioso, ¿no? Y he acabado escribiendo de bagatelas. Pero, ¿por qué? Porque eso es de lo que estoy lleno yo, de chorradas. Qué le vamos a hacer. Es así. La experiencia es darte cuenta que tú tienes que escribir sobre las cosas que te afectan, más allá de que esas cosas no sean grandes temas de la humanidad. En lo pequeño está a veces lo grande.

“Cómo envidio a quienes recuerdan los partidos jugados con su equipo infantil como si fueran veranos”. ¿Está sobrevalorado el fútbol de los niños? 

No. Tanto como eso no. El problema es que yo crecí en el puto infierno; en un pueblo industrial de Vizcaya, en los 80, durante los años de plomo. Me acuerdo que recogíamos las jeringuillas de los yonkis que había tiradas por la calle y se las pinchábamos a los geranios, para ver si se morían con la droga. Así era todo. Y lo de jugar al fútbol ya te lo puedes imaginar. En un campo de arena, lloviendo, con unos balones duros como piedras, y con un entrenador que solamente quería ganar. Y claro, un niño sensible, en aquella época, y en un contexto así… Mi miedo era que mi hijo viviera eso. Si el fútbol fuera como cuando yo era pequeño, probablemente no querría que mi hijo jugara. Pero para mi ha sido un alivio ver que, en general, el panorama ha cambiado. Los entrenadores de mi hijo hacen jugar a todos y no les importa tanto el resultado. Miran por la felicidad de los niños. Es distinto.

Si se sigue jugando, sin embargo, la competitividad acaba llegando.

Pero es que la competitividad no es mala. Todo depende de como la canalizamos. Es mala si es el único que valor que está ahí, porque entonces se enquista y acaba haciendo daño. En mi opinión, esa competitividad ahora está muy matizada. A todos los niveles, incluso en los más altos. No es lo único, ganar. Ya no. Importa también como lo consigues. En el sentido de que a los futbolistas, a parte de competir, se les exige que encarnen unos valores determinados. Eso antes no pasaba. Yo cuando era chaval y marcaba un gol, mis compañeros se descojonaban, los cabrones, y el entrenador decía: “No os relajéis con esta victoria, que hoy ha metido hasta Galder’. Tú eso te imaginas que sucede hoy en día, y a ese tipo le hacen un consejo de guerra. Mínimo. Pero entonces era lo normal.

“A veces todavía sueño con ser jugador de fútbol”.

Esa sensación la ha tenido siempre.

¿Incluso como adulto?

Sí, sí. Todavía pienso en lo bien que hubiera estado ser futbolista. El campo sigue siendo un sitio que me impacta mucho. En este sentido, me sucede algo muy interesante: sigo viendo a los jugadores del Athletic como si fueran personas mayores que yo. A muchos de ellos los conozco, y en las distancias cortas te das cuenta que son chavales. Pero tú los sigues viendo, de alguna manera, como gente adulta. Carlos Gurpegui, por ejemplo, al que aprecio mucho. Yo a Carlos le veo como a mi tío, y es menor que yo. Pero es que cuando lo tengo delante, pienso: ‘¡Si este ha sido el puto capitán del Athletic!’. Lo veo como un referente, cuando en el fondo le saco bastantes años. Es muy curioso.

 

“La experiencia es darte cuenta que tú tienes que escribir sobre las cosas que te afectan, más allá de que esas cosas no sean grandes temas de la humanidad”

 

Eres de los pocos que se atreven a cuestionar esa máxima del ‘Against Modern Football’. ¿Qué nos pasa a los hinchas de este deporte con el pasado? ¿Por qué tendemos a idealizarlo?

A ver, yo entiendo lo del odio contra el fútbol moderno, porque en el fondo es un movimiento que surge contra el capitalismo en el deporte. Es cierto que el marketing lo ha invadido todo. Y que no hace falta que veas el escudo de tu equipo por todas partes, en todo tipo de productos, porque eso acaba siendo una falta de respeto. Antes de esta entrevista le comentaba a Toni Padilla que siempre he sido muy fan de Star Wars, pero que desde que tengo los enanos intento no comprarles nada relacionado con la saga. Porque se están pasando con lo de explotar la marca. ¿Un cepillo de dientes de Darth Vader? ¡Pero si Darth Vader no tiene dientes, joder! Aunque a nivel de juego, desde el punto de vista del aficionado, es innegable que hemos mejorado muchísimo la experiencia de estar en un estadio. Eso es lo que defiendo. Recuerdo haber escuchado cosas en San Mamés que hoy en día, por decirlas, te cierran el campo. O en cualquier otra parte. Acuérdate de esa imagen de Wilfred en el Bernabéu y todo el fondo del estadio cantándole “Vete a recoger algodón”. Hoy, si pasa esto, te sancionan, y estás una semana con el tema en los periódicos. Antes no. Antes no sucedía nada.

Según dices, este libro nace por el temor que tenías de estar haciendo bien legando la pasión futbolera a tus hijos. Después de escribirlo, ¿ese temor se ha movido de sitio? 

Sí, en parte sí. Vuelvo a Villoro. En La cancha de los deseos, hay un momento que dice: “Si el fútbol es el problema, la infancia es la solución”. Es una frase bellísima. Y ahí está la clave de mi libro. Lo importante es que mi hijo siga siendo niño. No le hagamos adulto prematuramente. No le depositemos responsabilidades que no son suyas y que no tiene por qué tenerlas. Si el niño va a jugar queriendo ganar, pero sin el peso de la responsabilidad por ganar, es que vamos bien.

Porque no se desepcionará en exceso. 

Yo vengo del mundo del arte -mis padres se dedican a él, como la mayoría de mis amigos- y hay mucho artista sufriente porque esperaban una cosa de la vida que al final no ha llegado. Están al borde de la depresión continua porque se imaginaban que algún día expondrían su obra en el MoMA, y resulta que esa misma obra no se ha movido del pasillo de su casa. Cuando hablo con ellos siempre les hago la misma pregunta. Cuando tú empezaste, ¿qué soñabas, con estar en el MoMA o con hacer buen arte? Porque si soñabas con estar en el MoMA, a ti no te interesa el arte, te interesa el espectáculo que lo rodea.

Y lo mismo con el fútbol. De repente te encuentras con chicos que quieren ser profesionales porque sueñan con un Porsche y una rubia. No, perdona, a ti no te interesa el juego, tío. Tú estás aquí por lo otro.

¿Cómo llevaría Galder Reguera que su hijo fuera de la Real Sociedad?

[Se detiene 10 segundos para rumiar la respuesta] No me importaría. Aunque habría un momento que perderíamos una parte de relación, supongo. A ver. Yo quiero que mi niño sea del Athletic, que lo es, pero que lo sea porque quiere serlo. No porque yo se lo he impuesto. Ojalá mi hijo sea toda la vida del Athletic, y si no lo es… Bueno, tengo otro. [Se ríe]

La última es obligada. ¿Qué reacción te gustaría que tuviera tu hijo mayor cuando dentro de un tiempo lea este libro?

Que se sienta orgulloso de la imagen que da su padre de él.