A Benito Mussolini nunca fue fácil acertarle el regalo. Criatura compleja, de taras diversas, lo complicado era no acabar siempre arrugándole la nariz. Si se pensaba en un coche de alta gama, mejor replanteárselo, puesto que él, antes muerto en el paredón que sin su Alfa Romeo. Si se preparaba un libro, mejor cambiar de idea, porque aquello iba a recordarle a sus tiempos de maestro y a las putadas que le hacían los alumnos. Si se tenía una hija judía, mejor no presentársela, no se diera el caso que el bicho acabase locamente enamorado de ella. Por no hablar de camisetas de fútbol. Hay que ver, menuda lotería.

 

‘Il Duce’ se frotaba las pestañas cada vez que veía algo que no se pareciese al negro, como si le hubiera salpicado colonia en el ojo

 

Il Duce se frotaba las pestañas cada vez que veía algo que no se pareciese al negro, como si le hubiera salpicado colonia en el ojo. Y, claro, aquello que se vestía en Palermo cuando arrancó su dictadura en Italia era material inflamable de grado mayor. El equipo de fútbol de la capital siciliana se había decantado por su particular uniforme siete años después de fundarse, en 1907. La idea salió de la imaginación de un directivo que sugirió como tonos oficiales el rosa y el negro, lo dulce y lo amargo, una clara metáfora a los inarmónicos resultados que cosechaba el club. Pero Mussolini no podía consentir aquello; era poco menos que un insulto a su chabacana concepción del arte y de la estética. O tal vez simplemente tuviese miedo de que aquel maillot parecido a los chicles de fresa acabase per enternecerle. El asunto es que decidió terciar, si es que puede emplearse término tan blando, para que el Palermo adoptase el rojo y el amarillo, los tintes representativos de la isla y de la propia ciudad. Durante poco más de un lustro, de 1936 a 1942, y hasta que no se tumbó la imposición y no pudo refundarse la entidad, los rosaneros tuvieron que esconder su muda preferida en el último cajón del armario.

El rosa es a los palermitanos lo que el verde al campo o el blanco a los hospitales: una seña de identidad inconfundible. Quizás por eso todavía hoy se debe agradecer que el castigo de ese fascista enfurruñado tuviera fecha de caducidad. Aunque la verdad es que la obsesión de Mussolini por los colores dio para más esperpentos. Cómo olvidar, por ejemplo, cuando obligó a desfilar a la selección italiana cubierta de negro en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 y en el Mundial de Francia de 1938. ¿Una simple cuestión de gusto? Se intuye que no. El dictador trataba de homenajear con ello a sus queridos Camicie Nere, los únicos que jamás lo hacían enfadar.

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