Luis Monti era un hombre amado en Argentina. Sus éxitos con San Lorenzo de Almagro en la década de los años 20 le habían aupado como uno de los primeros ídolos del balón en un país que, con el paso de los años y las décadas, se ha acostumbrado a mitificar a los héroes futbolísticos nacidos dentro de sus fronteras. Tratados como dioses y venerados como auténticos profetas en su tierra, los mejores futbolistas argentinos de cualquier época saben que cuando llegan al álgido punto en el que parecen más un ser mitológico que no un simple muchacho en pantalones cortos que destaca por ser mejor que el resto en esto del fútbol, justo en ese punto, un error, una mala decisión o un fallo en los cálculos puede convertir todo lo anterior en papel mojado y que su imagen celestial se transforme en la del peor de los villanos para el pueblo argentino.

Hasta el verano de 1930 la vida de Monti era eso. La de un semidiós idolatrado por la afición del Ciclón y también por la hinchada de la selección albiceleste. Era uno de los estandartes del primer combinado nacional argentino que jugó un Mundial, el de Uruguay’30, y tuvo en honor de ser el primero en anotar un gol para Argentina en una Copa del Mundo en el encuentro que disputó contra Francia. En las semifinales de la cita mundialista se medían a Estados Unidos y Luis Monti abría el camino hacia la final marcando el primer gol de la goleada por 6-1 a los yankees. Sin saberlo, ese sería su último glorioso servicio para la albiceleste. La final era ante la archienemiga Uruguay, con la que la rivalidad se había acrecentado en los últimos años. Y Luis Monti era uno de los futbolistas más odiados por parte de la afición charrúa, hasta el punto que le amenazaron de muerte a él y a su familia en el caso de que Argentina osara salir campeona de aquella Copa del Mundo. Monti no se la jugó, perdió la final ante la anfitriona Uruguay deambulando sin sentido por el césped, salvó la vida de los suyos y nunca más se volvió a ver a Luis Monti vestido con los colores de Argentina en un Mundial. La afición nunca le perdonó su dejadez en ese encuentro y se le acusó de ser el gran culpable de la derrota, pasando de héroe del pueblo a personaje non grato para el país entero.

Al otro lado del Atlántico, Benito Mussolini seguramente ni había pateado un balón en su vida, pero la Copa del Mundo que empezó su historia en Uruguay le abrió los ojos. Vio que veintidós hombres en calzones, repartidos once contra once, movían a las masas. El juego empezaba a atraer a la muchedumbre, se reunían miles de personas en estadios abarrotados para verles jugar y el deporte rey daba sus primeros pasos hacía la profesionalización por aquella época. Entonces, Il Duce ligó cabos. Él quería dominar el mundo y necesitaba la complicidad de sus paisanos; por su parte, la selección italiana tenía en el horizonte el segundo Mundial de la historia y, si lo ganaba, dominaría el mundo entero, o al menos el balompédico. Y lo de que Italia fuera el centro de la tierra, ni que fuera por ser la mejor en un deporte que cada vez ganaba más adeptos y más interés, parecía una de las propagandas más exitosas para que el imperio que estaba creando el dictador italiano se expandiera más allá de la península con forma de bota. De hecho, años después, el Ministro de Propaganda de Adolf Hitler, Joseph Goebbels, vería esa fórmula, la de acercarse políticamente al fútbol, como una de las claves para el triunfo del país. “Ganar un partido era más importante para la gente que invadir una ciudad del este de Europa”, explicaba el ministro nazi en su diario.

El dictador italiano ya intentó, sin éxito, que la primera Copa del Mundo se disputara en tierras transalpinas, pero la FIFA le otorgó ese honor a Uruguay. En octubre de 1932, en la reunión del máximo organismo del fútbol mundial para decidir la sede del segundo Mundial, Italia volvió a presentarse como candidata a petición expresa de Benito Mussolini. Esta vez sí que se llevaron el premio, dos años después acogerían la cita mundialista en su país. El primer paso estaba hecho, y el segundo, aunque más complicado, también era obligatorio para Il Duce, que dejó claro a Giorgio Vaccaro, presidente del Comité Olímpico italiano, lo que debía hacer la selección en el Mundial: “No sé como se hará, pero Italia debe ganar este campeonato”. Vaccaro, tembloroso y asustado, le respondió: “Haremos todo lo posible”. La contestación no agradó al dictador italiano y la charla finalizó con una sentencia clara de Mussolini: “No me ha comprendido, Italia debe ganar este Mundial. Es una orden”.

No se planteaba otra opción que no fuera ver a su país conquistando la Copa del Mundo, por lo que el fútbol italiano necesitó una enorme evolución para garantizar el éxito en 1934 y complacer así los deseos del dictador. Junto al crecimiento del nivel de la liga doméstica, la selección italiana se ayudó de la ley oriundi, a priori empleada para repatriar a descendientes de emigrantes para luchar en la guerra, y le dio otro sentido aplicándola para fichar a futbolistas de otros países. De Brasil se llevaron a Guarisi y Argentina vio como cuatro de sus futbolistas jugarían para Italia: Guaita, Demaría, Orsi y el protagonista indirecto de la final de Uruguay’30, Luis Monti. El proceso era el siguiente. Primero los fichaba algún equipo italiano, unos años después se les otorgaba la nacionalidad transalpina y el último paso era incorporarlos a la selección nacional. Guaita llegó a la Roma, Demaría se fue al Inter y Orsi fichó por la Juventus. Años después también vestiría de bianconero Luis Monti, que entendía que esa era la única opción que podía tomar después de ser considerado casi un traidor por parte de la nación argentina.

Fue en Italia’34 cuando las vidas de Mussolini y Monti, tan distintas y opuestas ellas, se cruzaron definitivamente. Bajo el temor del “vencer o morir” con el que el dictador italiano había ordenado a la selección nacional salir campeona de la cita, empezó el torneo el 27 de mayo de 1934 para los anfitriones. La selección transalpina llegaba con un equipo reestructurado para la causa y con un seleccionador, Vittorio Pozzo, que haría historia por sus métodos, siendo uno de los ilustres inventores del catenaccio, y por ser, hasta la fecha, el único entrenador capaz de llevar a su país a ganar dos Copas del Mundo.

El Mundial estaba organizado en enfrentamientos directos desde el primer encuentro, un todo o nada en el que solo ganar servía. En octavos de final se emparejó a Italia con Estados Unidos. El estreno de los italianos fue un coser y cantar en el que los americanos cayeron por 7-1. España era el siguiente rival y las cosas empezaron a complicarse para una Italia que si no ganaba por ser superior al contrario, debía hacerlo con otras artes y ayudas venidas desde más allá de sus competencias. El Estadio Giuseppe Berti de Florencia era el escenario de un encuentro recordado por su dureza y por la permisividad del colegiado belga Louis Baert con el juego italiano, pasado de límites, que provocó la lesión de más de medio equipo español. El partido acabó en empate a uno y con los dos mejores futbolistas de aquella selección española —Ricardo Zamora e Isidro Lángara— indispuestos para jugar el duelo de desempate del día siguiente. La actuación arbitral fue, de nuevo, favorable al combinado italiano y un solitario gol de Giuseppe Meazza decantó la eliminatoria a favor de los anfitriones. Italia, con más ayudas que fútbol, se plantaba en semifinales ante una de las favoritas, la Austria de Matthias Sindelar. La historia que vivió días antes España, la sintió igual aquella selección apodada como Wunderteam por su fútbol vistoso y atractivo. Esta vez, el árbitro sueco Ivan Eklind fue el encargado de dirigir el partido y de dar un pequeño empujón a los de Vittorio Pozzo para catapultarles a la final. Otro 1-0 apoyado en la permisividad del colegiado daba vía libre a Italia para plantarse en la primera final de su historia contra Chescoslovaquia.

El día antes de la gran final, Il Duce hizo llegar un mensaje a aquella plantilla. “Buena suerte para mañana, y ya saben mi promesa (vencer o morir)”, les dijo mientras pasaba el dedo pulgar sobre su cuello. Al día siguiente, en el Estadio Nacional del Partido Nacional Fascista, se disputó. Repitió el árbitro de la semifinal seguramente por ser del agrado de los italianos. En esta ocasión, el gol de Italia no llegaba y los checos plantaron cara a una selección que se jugaba la vida. Al descanso, aún sin ningún gol en el marcador, se cuenta que Benito Mussolini le volvió a dejar las cosas claras a Vittorio Pozzo: “Que Dios le ayude si llega a fracasar”. El mensaje seguía siendo el mismo, vencer o morir. Y el asunto se complicó en el minuto 70 cuando Chescoslovaquia se adelantó gracias a un gol de Antonin Puc. Por suerte para la vida de la plantilla italiana, Orsi empató cuando ya casi se cumplía el tiempo reglamentario. Y, ya en el tiempo extra, Schiavio hizo respirar aliviados a sus compañeros poniendo el 2-1 definitivo para que Italia se alzase con su primera Copa del Mundo. Tras ese Mundial, Luis Monti pasó a la historia por ser el único futbolista que ha disputado dos finales de la Copa del Mundo con distintas selecciones, aunque fueron dos historias que hubiera preferido no contar nunca. Una por no ganar, la otra por el pánico de no salir campeón.