Aún recuerdo cuando los aficionados más devotos hacían planes para viajar por media Europa y ver partidos de otros clubes. Era la mejor manera de conocer de primera mano nuevas realidades, relacionarse con gente diversa, pisar gradas inexploradas y constatar cómo se vivía el fútbol en otras ciudades del viejo continente. La programación con antelación del horario de los partidos ayudaba en su empeño. Todos los encuentros se jugaban el mismo día y a la misma hora. No había margen de error. De esta forma los aficionados ávidos de nuevas sensaciones podían desplazarse hasta Marsella, Turín, Berlín o Londres sabiendo que el fin de semana acordado podrían presenciar algún partido. La concreción con antelación del calendario favorecía, junto a la eclosión de las líneas aéreas low cost, la emergencia de este turismo supporter.

Sin embargo, no contaban con la consolidación de un modelo de negocio vinculado al fútbol, el mismo que acabó dinamitando sus intenciones. Los suculentos dividendos que las televisiones aportaron a los clubes dejaron a estos a la merced de las cadenas. Los horarios de los partidos dejaron de ser racionales para convertirse en una vorágine sin sentido. El pay per view acabó con la sacrosanta tradición del fútbol jugado en fin de semana. Rita Pavone y su “¿Por qué? Los domingos por el fútbol me abandonas” ya es prehistoria. Ahora todo depende de a qué hora millones de orientales deciden encender su televisor para gozar desde más de 8.000 kilómetros de distancia de un partido de la Liga Santander, la otrora ‘Liga de las estrellas’. Da igual que no conozcan a casi ningún jugador o que ni siquiera sepan qué ciudades albergan a los clubes. Lo único que importa a los dirigentes del fútbol patrio es el negocio. El fútbol, convertido en la gallina de los huevos de oro, se exprime hasta la extenuación. Ahora tenemos partidos prácticamente cada día de la semana. Da igual que haya fútbol hasta en la sopa, que ocupe gran parte de los noticiarios, que se creen canales y programas de televisión exclusivos y que las cadenas compitan por conseguir los derechos de los torneos a cualquier precio.

Impera, según ellos, la ley de la oferta o la demanda del mercado. Y si la clientela autóctona, hastiada y asqueada, deja de ir a los estadios, de pagar sus abonos o de ver los partidos de su equipo por televisión —previo pago, claro— da lo mismo, porque contamos con un público potencial de millones de telespectadores que pagan complacientes y ni se quejan ni dan problemas. El cliente perfecto. Porque hoy en día el aficionado molesta e incomoda. Y si no puede pagar su entrada, mejor, no hace falta que ocupe su localidad en la grada porque el negocio, el de verdad, está en los derechos televisivos. Por eso tenemos fútbol los lunes por la noche. Porque algunos, una minoría, se lucran y otros no supieron en su momento defender sus derechos de forma categórica. O igual es que no tenían opción de intentarlo porque, para los gestores de unas sociedades anónimas deportivas que habían convertido sus amados clubes en empresas, ellos eran simples usuarios. Además, como es bien sabido, lo que impera en las compañías es que sean rentables. Aunque eso en el fondo tampoco se cumple en el fútbol español dada la deuda acumulada por la gran mayoría de clubes.

Por si los motivos sentimentales no fueran suficientes para rebelarse contra la estúpida norma de jugar los lunes o que los partidos acaben de madrugada, diversos expertos en racionalización horaria apuntan cómo los horarios del fútbol dinamitan la conciliación y pueden provocar problemas de salud, seguridad, laborales, baja productividad, fracaso escolar… Así es como el fútbol deja de ser una pasión vital para convertirse en un espectáculo poco saludable. Así es como los Saturday’s heroes, que evocaba el difunto Micky Fitz, han pasado a mejor vida.