“Sei bella come un gol al 90’!”. Quizá no haya piropo más hermoso que este por parte de un aficionado al fútbol que quiere enamorar a una chica. Un gol de la victoria en el último minuto no es como cualquier otro. Es el que te da la vida cuando solo veías la muerte. El que convierte las penas en alegrías. El gol que torna los lloros de tristeza en lágrimas de emoción por haber conseguido lo que unos momentos antes se predecía imposible. Echas la vista atrás y recuerdas algunos de estos episodios. Siempre te vienen a la cabeza los más míticos. A los que acudes y añoras cuando tu equipo está a un solo tanto del objetivo y el tiempo pasa cada vez más y más deprisa. El balón no entra, la defensa rival se encierra y tú desesperas viendo como los tuyos no encuentran la manera, el hueco y las ideas para introducir la dichosa pelotita entre los tres palos.

Piensas en esa cálida noche de mayo de 1999 en Barcelona. Piensas en los goles de Teddy Sheringham y de Ole Gunnar Solskjær. Los miras y los vuelves a mirar y te sigue emocionando esa gesta. Al término del tiempo reglamentario todo el planeta ya se estaba imaginando a Oliver Kahn, Lothar Matthaus y Stefan Effenberg levantando la ‘orejona’ hasta el cielo del Camp Nou, pero el inglés y el noruego se encargaron de que eso no sucediera, en dos jugadas que ya son parte de las historias más épicas que se hayan visto sobre el césped. Un poco más cerca en el tiempo, también se vienen a la cabeza dos chutes de Andrés Iniesta. Un futbolista poco dado a meter goles, pero que dejó de lado ese ‘problema’ primero en Stamford Bridge y, más tarde, en el Soccer City de Johannesburgo para regalarle al Barcelona una final de la Champions League y a la selección española una estrella que desde 2010 luce en el pecho de su camiseta.

 

El 11 de abril de 1906, en Senigallia, un municipio del este italiano cerca del Adriático, nacía un chico que cambiaría la concepción de los goles en el último suspiro

 

Empiezan a venirte flashes. El ‘Kun’ Agüero y su gol al Queens Park Rangers que valía una Premier League. El de Andrés Palop al Shakhtar Donetsk en la Copa de la UEFA. El de Nayim al Arsenal en la Recopa de Europa. También pensarás en el gol de Sergio Ramos a casi cualquier equipo que le haya complicado la vida al Real Madrid, porque sus gestas empiezan a ser innumerables y se ha convertido en el más digno sucesor, si no le ha superado ya, del hombre que les enseñó a todos ellos que, hasta que el árbitro no dé por concluido el partido, lo inesperado aún puede ocurrir.

El 11 de abril de 1906, en Senigallia, un municipio del este italiano cerca del Adriático, nacía un chico que cambiaría la concepción de los goles en el último suspiro, Renato Cesarini. Haría de ellos una costumbre, regalando momentos de éxtasis futbolístico allá por donde jugó.

Su familia se instaló en Buenos Aires antes de que Renato cumpliera su primer aniversario, y en la capital argentina tuvo sus primeros contactos con el balón. El Borgata Palermo fue el primer club por el que pasó en el fútbol argentino, que aún vivía en la época del amateurismo. Después, debutó en la Primera División con Chacarita Juniors en 1925 y también vistió las camisetas de Alvear y Ferro Carril Oeste antes de volver a sus orígenes. En 1929, habiendo jugado ya con la albiceleste en dos ocasiones, puso rumbo de vuelta a Italia. De Senigallia a Buenos Aires y de ahí a Turín para fichar por la Juventus, junto a Orsi y Luis Monti. En la ‘Vecchia Signora’ llegaron sus primeros éxitos. Cinco Scudettos consecutivos entre 1931 y 1935 que le sirvieron para hacerse un hueco entre los militantes de la selección italiana, en una época en la que cambiarse de combinado nacional no contaba con las restricciones que existen en la actualidad.

Once encuentros con la ‘azzurra’ le bastaron para dejar su sello en forma de goles tardíos. El más mítico, el que le valió para dejar su recuerdo para la posteridad, fue ante la selección de Hungría. En la Copa Internacional disputada entre 1931 y 1932, donde se enfrentaban las selecciones centroeuropeas, Italia y Hungría empataban a dos tantos en el Estadio Filadelfia de Turín cuando el reloj ya marcaba los 90 minutos reglamentarios. Cesarini sabía que ese era su momento, rememorando que tiempo atrás ya había asumido esa responsabilidad poniendo el empate a uno en un partido ante Suiza. Era un centrocampista al que le gustaba esto de marcar goles, aunque no fuera su función habitual en el césped. Ansioso por darle la victoria a los italianos, le robó el balón a un compañero, Raffaele Constantino, con empujón incluido por si no había quedado claro que el protagonismo tenía que ser suyo, y lanzó un zapatazo directo a las mallas que sentenciaba el encuentro a favor de los transalpinos. Fue a partir de ese Italia-Hungría cuando el periodista Eugenio Danese examinó el ‘caso Cesarini’. Ya le había visto marcar goles decisivos en la Juventus y el propio Cesarini admitía haberlo hecho alguna vez en su paso por Chacarita Juniors. De ‘caso’ derivó a ‘zona’. Supuestamente relacionándolo con el bridge, en el que las últimas tiradas de este juego de cartas reciben el nombre de ‘zona’.

Ahí no acabó su legado en el mundo balompédico. Antes de retirarse tuvo tiempo para volver a Argentina, en sus constantes idas y venidas entre los países que le vieron nacer, crecer y formar parte de la historia de sus selecciones. De nuevo en Sudamérica, vivió una segunda etapa en Chacarita y también jugó para River Plate. Con los ‘millonarios’ levantó una Copa Campeonato, una Copa Oro y un título de Primera División antes de colgar las botas en 1937 y empezar una exitosa andadura por los banquillos. En River lideró los inicios de ‘La Máquina’ de los años 40 con dos campeonatos ligueros consecutivos. Después también entrenó a Racing de Avellaneda, Banfield y Boca Juniors, antes de volver a Turín, esta vez como técnico. Tras conquistar un Scudetto y una Coppa Italia en 1960, pasó por Pumas de México, River Plate de nuevo y, por último, la selección argentina antes de retirarse, definitivamente, del mundo del fútbol.

El 24 de marzo de 1969 una embolia se llevó a Renato Cesarini a los 62 años, pero su nombre sigue vinculado con la pelota. Se creó la escuela de fútbol Club Renato Cesarini en la ciudad de Rosario, honrando la importancia que siempre le dio a la cantera y la búsqueda de nuevos talentos; y Roma y la misma Rosario homenajearon al hombre que nos enseñó el camino de las victorias in-extremis poniendo su nombre a una de sus calles.