aviEn la foto aparece medio curvado y con cara de póker. Piernas cruzadas y manos en la rodilla. Sentado en uno de los bancos de la Plaza de España de Sevilla. Y lo más extraño, sin fumar. Le abraza un tipo más joven que él, con la camisa abierta y el pelo negro como el betún. El hombre de rictus serio, casi resignado, es mi abuelo; el otro, mucho más eufórico, un culé que se coló en el plano.

Esta instantánea, realizada en 1986 con motivo de la final de la Copa de Europa que enfrentó al Barcelona y al Steaua de Bucarest, formó parte de un collage junto a otras fotos tomadas en la estación de trenes de San Bernardo y en las gradas del Sánchez Pizjuán. La compilación, coronada con un ‘Endavant Barça‘ hecho con recortes de periódico, estuvo enmarcada y colgada en el recibidor de la casa de l’avi hasta el último día de su vida.

Conviene subrayar que este cuadro nunca estuvo solo. Todas las paredes de su vivienda estaban empapeladas con pósters, imágenes y retratos de temática azulgrana. Visitarle era entrar en un museo majestuoso, absorbente y algo extravagante. Ahí estaban inmortalizadas todo tipo de figuras y escenas. Migueli lanzándose en plancha. Samitier en color sepia. Mark Hughes el día de su presentación. Kubala, Urruti, Rexach, Cruyff… Pero también Rojo, Clos, Roberto, Pepe Bravo o Sánchez. El cartel anunciando el Barça-Juventus de 1986. El banderín de una Supercopa. Un solemne Hans Gamper. Y varios ‘onces’ campeones: el de la Recopa del ’79, el de la Copa del ’83, el de la Liga del ’85…

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De cada pieza solía extraer alguna historia. Que si este jugador pudo ser más, que si esta plantilla debió tener más recorrido, que si Charly era un picha fría… Pero nunca, nunca me habló de lo que ocurrió en Sevilla, por más que el recuerdo estuviera siempre presente al acceder a su hogar. Nunca me contó cómo vivió aquella derrota. Tampoco se atrevió a decirme con quién viajó al estadio sevillista. Aquel collage parecía maldito. Pero debía permanecer a la vista de todos y ser observado en silencio. Como si fuera una condena. O una advertencia.

 

Aquel collage parecía maldito. Pero debía permanecer a la vista de todos y ser observado en silencio. Como si fuera una condena. O una advertencia

 

Supe que el Barça había ganado su primera Copa de Europa en medio de la oscuridad. Tenía ocho años y los monitores que nos acompañaban en aquella excursión nocturna traían consigo un transistor. Me contagié de la emoción y abracé a Adri, el otro futbolero de la clase. Estábamos de campamento en una masía de la Catalunya Central e improvisamos algunos cánticos. Iluminándonos los rostros con una linterna de pila gorda, fabulamos sobre cómo habría sido el gol de Koeman.

Lo pude ver una y mil veces al regresar a casa. Desgasté posteriormente el VHS con las mejores jugadas de la final. Y me creí que aquello era lo lógico, lo normal, lo que debía ser. Contribuyeron a alimentar esta sensación las ligas imposibles logradas en el último suspiro. Sentado delante del televisor, viendo ganar al Barça casi por inercia. “Lo de Atenas es un tropezón“, me convencí, para seguir pensando que las finales de Copa de Europa seguirían cayendo de mi lado, que el ‘Dream Team’ sería para siempre. La espera duró lo que dura toda una edad del pavo. De 1994 a 2006. Literalmente, media vida.

DSC05883Supe más tarde que mi abuelo había renunciado a ir a Wembley. Básicamente porque nunca pudo volver de Sevilla. También salieron a flote algunos detalles de aquel periplo: había ido solo y tardó varios días en regresar de aquel viaje en el que tantos barcelonistas perdieron la fe. La conmoción le hizo poner punto y final a las excursiones al Camp Nou. Siguió pagando su abono pero el fútbol ya solo lo veía y/o lo escuchaba desde el sofá. Las paredes de su casa, amarillentas por el humo de Marlboro, se quedaron en los ochenta. Y yo nunca lo entendí. Como tampoco tuve el cuajo de decírselo. Los nuevos tiempos demandaban un buen póster de Romário, o de Stoichkov… ¡De Koeman rompiendo el guante de Pagliuca, qué digo! Nada.

Pasaron los años y llegaron dos Champions más. Pero mi abuelo, implacable, optó por seguir rodeado de los recuerdos de un Barça incapaz. No llegó a ver la final del 2011 por muy poquito pero dudo que se le hubiera ocurrido jubilar el cuadro del Cholo Sotil para hacerle un hueco a Leo Messi.

Wembley fue la primera vez. Y la primera vez nunca se olvida. Pero ni curó todos los miedos ni extirpó todas las frustraciones. Fue y sigue siendo el refugio más seguro para aquellos que, por edad, crecimos convencidos de que el Barça ya era un club grande y dominador. Pero en su transversalidad generacional, que unió a grandes y pequeños con aquel disparo en el 112′, también habita la miseria de aquella foto en Sevilla. Una imagen con la que, al fin pude entenderlo, mi abuelo quería recordarnos que siempre hay que estar preparados para la derrota. Sobre todo, los días en los que ganas.

A todos los barcelonistas que nunca
pudieron ver a su equipo
levantar una Copa de Europa.