Hace ya más de una década que Alessandro Baricco alertaba en Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación —30 artículos publicados en el periódico La Repubblica— que los bárbaros asaltaban nuestras aldeas sin que nos diésemos cuenta del saqueo. Y lo que es peor, sin que tan siquiera fuéramos capaces de ponerle cara al depredador que lo arrasaba todo. Una de las imágenes que lo alertó sobre este inminente cambio social fue ver al mítico Roberto Baggio relegado al banquillo: el 10 como dorsal de un actor secundario, el artista en la banqueta, la magia de suplente.

Un estadio sin público

Quién sabe si esta idea comenzó a gestarse en La Bombonera, estadio que Baricco seleccionó entre sus cinco lugares favoritos para pensar y tener ideas inteligentes sobre uno mismo y los demás. Lo contó en un artículo titulado así, en Vanity Fair: entró al estadio temprano, antes de que lo invadiesen las hordas de turistas, eligió una butaca y se sentó a pensar. Simplemente a pensar. «Es un estadio bellísimo», escribió. «Como un claustro». Paz, sosiego y silencio inundaban aquel «esqueleto de multitud» —como definió Benedetti al estadio vacío—, tres bienes cada vez más escasos en la sociedad del siglo XXI. No en vano, Galeano preguntó al lector si alguna vez había visto uno en soledad: ese era el mejor momento para entender el fútbol.

La imagen del estadio como esqueleto de hormigón, vacío de almas y bufandas, es equiparable a lo que dejan los bárbaros tras su paso. Aparte del fútbol, entre las aldeas conquistadas, Baricco cita el vino o los libros. El proceso de elaboración del primero, antaño selecto, lento y prolijo, ahora se fabrica en cualquier sitio a ritmo vertiginoso, como en las ingentes cosechas norteamericanas. Tampoco los libros se libran de la barbarie: lo que antes se escribía con calma y leía con reflexión, ahora infla estanterías de supermercados. No prima la voz del que cuenta, sino el oído del que escucha. Entretanto, Google, templo y búnker de los bárbaros, pecera en la que nadan con la seguridad del tiburón, lo ha cambiado todo. Se desprecia la lentitud, a pesar de que el cerebro es un órgano lento. Todo tiene que ser aquí y ahora. Ahora mismo, a ser posible. Movimiento, surfing en la red, experiencias intensas y auténticas, multitasking.

El fútbol, por su parte, antes admirador del dribbling, la gambeta y la floritura, ha mutado en un juego extremadamente táctico, en un monstruo de piernas agarrotadas por el miedo al error propio. Ya no se juega, se trabaja. Prima el pase de seguridad sobre la magia. Los bárbaros han convertido un deporte que nació con la alegría del pueblo en coto de caza privado de multimillonarios.

Un 3 sin poesía

Dijo Baricco en una entrevista para Milenio«Escribo porque es algo que sé hacer, me gusta mucho el gesto de hacerlo, es un placer físico: en la mañana me levanto y me dedico a escribir porque es lo que más amo… después del fútbol».

Empezó a jugar en los 70, sin botas. Al verle con las de montaña, los compañeros pensaron que repartiría buenas patadas a los delanteros rivales así que le dieron el número 3, y ese dorsal selló su destino futbolístico: «Era, en esa época, un número carente de poesía […] Se correspondía más o menos con la idea, imperfecta, que me había hecho de mi mismo». En el fútbol que le tocó jugar, cumplió como un lateral bregador y apenas pisó campo contrario, ni siquiera para celebrar los goles de sus compañeros. Las pocas veces que franqueó la frontera de cal para festejar uno, al volver a su sitio, se dio cuenta de que aquello se parecía mucho a «emborracharse cuando los demás ya están volviendo para casa».

Siempre cumplió de 3, por poca poesía que hubiera en el marcaje al 7, ese dorsal al que tantas veces echó el aliento; tantas, que llegó a comprenderlo mejor que a ningún otro. Entendió sus fingidas ausencias y sus repentinas depresiones mientras que, en realidad, aquellos 7 escurridizos solo esperaban la ocasión perfecta para atacar el borde del área con regates de serpiente. Baricco jugó despreocupado, con «la hermosa sensación de ver, con el rabillo del ojo, por detrás de mí, la silueta lenta y paternal del líbero», sin saber que su fútbol cambiaría para siempre: los extremos fueron sustituidos por interiores, el medio campo dejó de ser una frontera, nunca más un líbero le cubrió las espaldas y su mejor aliada, desde entonces, fue una línea invisible: la del fuera de juego.

El fútbol moderno había llegado para quedarse, «un sistema de juego mucho menos cerrado, en el que la grandeza del individuo es, digamos, redistribuida entre todos, y en el que la intensidad del espectáculo se encuentra diseminada». Los duelos de espadas del viejo fútbol, el darwiniano uno contra uno, mutaba en guerrillas de trincheras, más tácticas y grupales.

«El fútbol moderno parece haberse obstinado en romper esa parcelación de sentido, creando un único acontecimiento en el que todos participan, constantemente», afirma Baricco. Y añade: «Una utopía de mundo en el que todos hacen de todo y en cualquier parte del campo».

El fútbol con el que había crecido, en pocos años, sufrió una mutación bárbara, pero el número 3 con el que había cargado a la espalda no sería el que más poesía perdería.

Un fútbol sin dieces

La imagen de Roberto Baggio en el banquillo, según Baricco, marcó el final de ese otro fútbol. Ver a uno de los mejores dieces de Italia relegado a los segundos tiempos le recordó a un emperador romano que, en el ocaso de su carrera, se veía forzado a entregar su corona a los bárbaros.

«En la tristeza de los números 10 sentados en el banquillo», escribió, «el fútbol refiere una mutación aparentemente suicida». La magia en el banquillo, a primera vista, contradecía uno de los criterios de los bárbaros: la espectacularidad. Subyugar el talento del artista a lo colectivo, para Baricco, es el cuchillo con que los bárbaros despedazan el alma del viejo fútbol. En el nuevo, manda la televisión, el mercado, el omnipresente dinero; pero esos solo son los dientes de los bárbaros. Baricco quiere ver el rostro completo, acercase más a esa espectacularidad inmediata que ha convertido los estadios de fútbol en platós televisivos, y los periódicos, en plataformas de un lenguaje modernizado sin profundidad.

«Los bárbaros, perfectamente, van a golpear la sacralidad de los gestos que agreden, sustituyéndolos con un consumo más laico en apariencia». El ritual, antes sagrado y dominical, ahora se realiza todos los días de la semana y a cualquier hora del día o la noche, provocando que «el rito se haya multiplicado y lo sagrado se haya diluido». La aldea del fútbol «está asediada por los bárbaros», advertía Baricco, «en el sentido que está muy difundida la impresión de que también ahí se ha perdido el verdadero espíritu del asunto, su rasgo más notable, digamos: el alma». Y matiza que no habla de nostalgia, aunque en ocasiones lo parezca; habla de mutación:

«La nostalgia por el fútbol de antaño (nunca está claro, por otra parte, a cuándo se refiere antaño) es una nostalgia por cosas completamente diferentes: el partido sólo los domingos, las camisetas del 1 al 11, sin patrocinadores y siempre iguales, […] jugadores sin representantes y sin azafatas televisivas, entrenadores que dejaban que se manifestara la clase individual, estadios menos vacíos y calendarios menos apretados, Copa de Campeones y no Champions League». 

En su ensayo, Baricco no quiere quedarse en la superficie donde navegan los bárbaros y busca la profundidad, los ojos del monstruo; pero en su reflejo solo puede verse a sí mismo: lo que parece un saqueo por parte de los bárbaros, en realidad, es una mutación que todos estamos sufriendo y nos convierte, sin advertirlo, en peces con branquias, más acostumbrados a la pecera de Google que a respirar en la antigua superficie. De nada sirve construir la muralla más grande del mundo porque la mutación se produce en nuestro interior.

Su fútbol mutó irremediablemente en otro, pero lo importante son las lecciones que se llevó consigo porque solo el que consigue que el pasado florezca en el presente, vence. Baricco mantiene aquella prudencia a la hora de rebasar la línea del mediocampo, y ha ganado la alegría del lateral que ataca con descaro. Pero, sobre todo, mantiene el antiguo gusto por reflexionar en un estadio vacío.