Este número se redactó, se editó y se diseñó a escasos kilómetros de Las Ramblas, con todos los miembros de esta revista sintiendo todavía muy adentro el dolor por las víctimas de Barcelona y Cambrils. También en nuestra revista, que vive y respira en la Ciudad Condal, el susto de aquella tarde llevó al espanto de aquel atardecer, luego a la estupefacción de aquella noche en vela y a las lágrimas de los días posteriores. Pero también al orgullo de ver a nuestros vecinos reaccionar fieles al carácter indomable de esta ciudad, con la cabeza alta, con madurez y, sobre todo, con dignidad. También nuestra redacción levantó la persiana la mañana después de los asesinatos. Fue nuestra humilde manera de decir, y decirnos, que tampoco teníamos miedo. Que este número debía venderse también en algún kiosco de las Ramblas.

Dicen que lo mejor en estos casos es tratar cuanto antes de recuperar la sensación de normalidad, por nuestro bien y para no permitir que venza el terror. Así que queremos pensar que el fútbol captó el mensaje y asumió su rol imprescindible a la hora de salpimentar la rutina. En el fin de semana en el que se suspendieron conciertos, fiestas populares y toda clase de eventos culturales, el fútbol, sin embargo, no paró. El sentido minuto de silencio en Girona, el precioso homenaje del Barcelona con la ciudad que le da nombre estampada en las camisetas de los jugadores y, una semana después, el aplauso emocionado de la grada del RCDE Stadium fueron gestos sencillos y preciosos que nos reconciliaron con este deporte en un verano en el que la burbuja del fútbol no solo no ha explotado, sino que se ha elevado tanto que ya orbita en el espacio exterior, oculta y misteriosa. Y sí, ya sabemos que el fútbol no se suspendió porque hay shows que, simplemente, deben continuar, con lógicas que no entienden de seguridad ni de llantos. Pero dejadnos ser, por lo menos en esta página, cándidos e inocentes. Dejadnos pensar que fue el fútbol el que arrancó la primera sonrisa de satisfacción a muchos catalanes.

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Este número habla de clubes humildes y de sus esperanzas colectivas. De cómo el balón se está reencontrando en los últimos años con una vieja sensación: la sorpresa. No siempre es un cuento de hadas -unas veces, porque el final es una enorme calabaza; otras, porque esa supuesta cenicienta es en realidad una madrastra forrada-, pero aun así, sabiendo que esto va de grises e imperfecciones, esta edición quiere hablar de sueños. Sueños de equipos que prueban el sabor de la primera vez; de técnicos que compensan la carencia de medios con trabajo e ingenio; de jugadores que, a falta de fortuna, tienen hambre; de directivos que creen en el saber y la creatividad como solución a problemas antes insalvables. Una revolución humilde que, en este verano absurdo, acerca el fútbol a sus raíces. A los que sufren, luchan y, a veces, muy de vez en cuando, tal vez, lo consiguen. Los mismos que, en demasiadas ocasiones, mueren en guerras que no son las suyas.