Para Gian Galeazzo Visconti, nacido en Pavía en 1351, la ambición significaba expansión, aunque a veces el fin tuviera que justificar métodos poco cristianos. Que se lo pregunten a su pobre tío Bernabò, de quien se tuvo que ‘deshacer’ para controlar Milán. No sería el último abuso que cometería para cumplir su objetivo: ser el más influyente, el más poderoso de todos los gobernantes del norte de Italia. Pero así es el poder, ¿verdad?, debía decirse Silvio Berlusconi, nacido en Milán en 1936, durante una tarde de 2003 en la que cambiaba de canal con la satisfacción de saber que todas las frecuencias que se iban sucediendo en el plasma le pertenecían. Como también eran suyos esos futbolistas vestidos de rojo y negro que asomaban por la RAI. Aquel año era el definitivo. Volverían a ser campeones de Europa. Sus chicos, sus tropas, se encaminaban con aires expansivos hacia tierras hostiles. Para vencer e impresionar. Y para su gloria individual. Porque ya no era el simple Señor de Milán. Era el Duque. Y el Primer Ministro. Aunque ese día solo pensaba en el fútbol. Iba a apuntar en un papel el equipo que debía alinear Ancelotti ante la Juve. Y no era una propuesta, Carlo. Era una orden.

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Parecía que aquellos años nunca iban a pasar. El Señor de Milán había recogido a su club del suelo y lo había elevado basándose en la excelencia, la profesionalidad y la búsqueda de un fútbol que hiciera feliz a la gente. Calcio de eterna sonrisa. Entonces, ¿por qué esa imagen de gobernante sin escrúpulos? ¿O es que su pueblo no tenía nada que agradecerle? Se interesó por la salud pública y puso orden en la vida social. Burocracia, modernidad. Además, emprendió grandes obras que embellecerían el paisaje, como la Certosa de Pavía, cuya construcción ordenó en 1396, o ese Milan de Sacchi con pinturas de artistas holandeses que se sustentaba gracias a unos bellos pero robustos contrafuertes italianos.

Pero antes que la muerte, lo primero que iguala a los humanos es la desgracia. Y en desgracia cayó Gian Galeazzo por culpa de la peste. La epidemia, traidora, no hizo diferencias. Pero no pudo apartarlo de la eternidad. Aquella vida sería recordada para siempre. Solo habría que alzar la vista para contemplar el Duomo. Todos sabrían que fue él quien lo hizo posible: la Catedral de Milán, tan afilada que uno podría hacerse daño con su réplica en miniatura. Lo intuía el loco que le golpeó con una estatuilla un día de 2009, en plena plaza. Su pueblo vio su sangre y confirmó sus sospechas: Berlusconi era vulnerable. A la crisis económica, como a una epidemia de peste, también le había dado por ser radicalmente democrática. Y poco más tarde dimitió, y el mundo le dio la espalda. Y su querida capital, el Milan, empobrecido, fue saqueado e incendiado. Y aquello era peor que la muerte, pensó Gian Galeazzo desde su tumba en Pavía, porque su ducado se había roto en mil pedazos y ninguno le pertenecía. Y Berlusconi le contestó que sí, pero que lo suyo era mucho peor. Porque es una pena que los equipos de fútbol no sean catedrales que duran mil años.