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Mientras en Europa -en Grecia, cómo no- se inventaba la catapulta, en China aparecía la versión más antigua del fútbol. Aquel juego con más de dos milenios de antigüedad, con sus múltiples variantes y su evolución a través de los tiempos, se llamó ‘cuju’ -Tsu’ Chu, algo así como ‘balón-patada’- y, efectivamente, se jugaba con los pies, estando prohibido el uso de las manos. No era fútbol, pero sí que implicaba a dos equipos que competían para introducir una pelota de cuero y pelo en un hueco rival. A lo largo de sus siglos de esplendor, el ‘cuju’ gozó de una gran popularidad, llegando incluso a motivar la aparición de los clubes deportivos más antiguos de la historia. Un juego que, como el balompié moderno, también tuvo a sus apasionados y a sus estrellas. A locos como Xiang Chu, que murió practicando el ‘cuju’ pese a ser advertido por un médico de que, debido a una hernia, ponía en riesgo su salud. Y a celebridades como Li Guanyan, cuya habilidad es comparada en un poema del siglo IX a la de un mono con la elegancia de un halcón, en un texto que también describe cómo 3.000 mujeres acudían a verlo y cómo las banderas y los estandartes ondeaban y brillaban por él.

 

Esa media sonrisa que se nos escapa cuando leemos en la prensa que una estrella del fútbol europeo pone rumbo a un club chino es la de la incredulidad mezclada con el miedo

 

Esa media sonrisa que se nos escapa cuando leemos en la prensa que una estrella del fútbol europeo pone rumbo a un club chino es la de la incredulidad mezclada con el miedo. Nos hemos repetido tantas veces que la cultura del fútbol nos pertenece, que cualquier intento exterior por comerse una parte del pastel nos suena ridículo. Pero es doloroso. No solo el hecho de constatar que hay tipos ahí fuera que son más ricos que nosotros -al fin y al cabo, la mayoría nunca hemos tenido un duro-, sino también ver cómo la pasión y el amor por el balón no son patrimonio de Occidente, comprobar cómo nuestra superioridad cultural es fruto de una invención, de una fantasía que los amos y señores del relato de la Historia hemos construido sin molestarnos en levantar la vista para ver lo que ocurría más allá de los Urales. Y no, no es verdad que nadie ame al juego más que nosotros, los de aquí y los de ahora. ¿Cómo podíamos creer tal cosa? Quizá porque, al vivir en la época en la que se ha inventado casi todo, nos atribuímos también el mérito de lo preexistente. Pero no llevan la firma de nuestro tiempo creaciones ancestrales como la pasión -acordaos de Xiang Chu- o el dinero y la gloria –acordaos de Li Guanyan-.

Dinero, debe ser cuestión de dinero. Europa ya no tiene el poder suficiente para jugar con las cartas marcadas. Ya no reparte la baraja. De hecho, a veces ya ni siquiera la invitan a participar en la timba. Y ahora que empezamos a sentir de veras que nuestro poder se diluye, ahora que llamar ‘viejo’ a nuestro continente no es solo un recurso literario, ya no nos parece tan buena idea la globalización económica. Porque ahora ya no significa colonización europea. El juego no es tan divertido cuando no lo puedes controlar, ¿verdad? Pero es lo que sucede cuando se crean monstruos. Que al final a uno siempre lo acaban engullendo.