Marc es un hombre formal, trabajador y recto. Ir a Montilivi a ver al Girona es quizá el único placer insano que se regala. Pocas veces pierde los papeles. Vive los partidos de pie, arrinconado, y su principal cualidad es el pesimismo. Pero un día lo nubló la ira y tiró el carnet a la basura. Fue la tarde que más cerca estuvo de ver a su equipo en Primera, después de que un gol del Lugo delante de sus narices lo estropeara todo y de que, ante la mirada atónita de su acompañante, que tragaba saliva, la emprendiera a patadas contra el asiento. El pobre plástico cedió enseguida. Se marchó antes del pitido final, derrotado, pero sin derramar una lágrima. Hoy, años después de aquel episodio catártico, tiene un carnet con un número más elevado, de principiante, pero demuestra su veteranía cuando evita ilusionarse, abrazado a su fiel pesimismo. La capacidad de pensar que lo peor siempre está por venir es una virtud que solo entienden los ciudadanos de Segunda.

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Pablo es un tipo alegre, festivo y hablador. Acudió a San Lázaro por última vez un día que venía el Sevilla. Un partido que, le da la sensación, se jugó hace 200 años. No recuerda el resultado, solo que sintió que algo moría entre él y su club. ¿Y si la culpa la hubiera tenido Primera, que lo malacostumbró y lo apartó de su hábitat natural? Vio al Real Madrid, al Barcelona… Vio al Deportivo. Pero no hay nada que recuerde con más emoción que aquella promoción del Compos contra el Rayo, aquel viaje en autobús, el bocata de tortilla, y aquella ciudad de santos y supersticiones que se convertía a la fe futbolística. Quizá fue él también uno más de los que se apuntaron a la fiesta cuando las cosas iban bien y que se marcharon sin decir nada cuando tocaba recoger y pagar facturas. ¿Quién sabe? Ahora es tarde para comprenderlo: hay cosas que uno solo las entiende mientras es un ciudadano de Segunda.

Joel es un chico correcto, culto y silencioso. Pasa desapercibido y vive sus pasiones en privado. No permitía que nadie viera con él los partidos del Celta, equipo de su alma al que seguía aunque viviera a más de 1.000 kilómetros de Balaídos. Nunca sintió más su celtismo como cuando su equipo estaba en Segunda División, pese a lo duro que resultaba pelearse a muerte en el barro cuando la cabeza aún tarareaba los compases del himno de la Champions. El destino quiso que un ascenso celeste le pillara cerca de casa, en Lleida, así que no dudó en subirse a un autobús y plantarse en el Camp d’Esports. Ganó, invadió el campo y, en el viaje de regreso, la televisión del autocar escupió una película infame que sin embargo a él le pareció sublime. Nunca lo admitió, no habla en esos términos, pero los que le conocen saben que aquel fue el día más feliz de su vida. La última vez que habló de fútbol, el Celta acababa de ganar también cerca de su casa, en el Camp Nou. Aun así, no desprendió el mismo entusiasmo de años antes. Quizá porque uno nunca es tan feliz como cuando cree esquivar la infelicidad total. Un espejismo que solo entienden los ciudadanos de Segunda.

*Fotografías cortesía de los compañeros de Atlántico Diario.