En Apólogos y Milesios, colección de cuentos publicada en 1975, apareció un breve texto que narraba un inverosímil partido de fútbol. Su título: Concierto sobre la hierba. Su autor: Juan García Hortelano. En apenas dos páginas, García Hortelano le puso música al típico lenguaje de cronista para romper con una jerga tan desgastada por el periodismo deportivo. Al mismo tiempo, se cargó todos los clichés de un partido: los futbolistas saltan al campo con flores para el árbitro, los aficionados ondean las banderas de ambas selecciones, e incluso se guarda un minuto de silencio por los sabios fallecidos recientemente. Entre las pancartas que se se agitan en la grada: «Loor a la patria que vio nacer a Homero y Beckenbauer», «¡Ánimo!, ilustres discípulos de Newton e Iribar», «Dante, Dante, Dante», eran algunas de las leyendas que, en letras doradas, pudieron leerse en medio de vivísima emoción.

Tras estos curiosos prolegómenos, el partido continua por cauces surrealistas con respetuosas quejas al árbitro, música clásica en las gradas y diapositivas de cuadros en el luminoso durante el descanso, aderezadas con caviar y champagne mientras por los altavoces se recitan poemas simbolistas y los vendedores de libros se quedan sin existencias. Seguramente, García Hortelano no disfrutó de tantos lujos en los muchos partidos que acudió a ver en directo al Metropolitano o al Calderón. Aunque también se dejó ver por el templo merengue, siempre se mantuvo fiel a su amor por Atlético, y por supuesto, a su aversión al Real Madrid. «Soy del Atlético de Madrid», solía decir, «porque es el equipo que más se acerca a la realidad, a la vida». Y concluía: «Blanco, ni las sábanas».

Además de prologar El fútbol sin ley, de su buen amigo Julián García Candau —que por aquel entonces orquestaba la sección deportiva de El País—, García Hortelano ofició como jefe de ceremonia en la presentación del libro en Madrid. En un principio, el elegido había sido otro de sus buenos colegas, el novelista Juan Benet; pero por motivos de agenda se vio obligado a cancelar la cita. Aquel 2 de diciembre de 1980, charlaron sobre un fútbol cada vez menos subversivo, sin rastro de la clandestinidad de décadas anteriores. Los intelectuales se atrevían a hablar en público, sin rastro de vergüenza, de su pasión por un deporte que adormilaba al pueblo, de esa afición considerada de derechas, casi franquista.

Contaba otro de sus amigos, Javier Marías, que García Hortelano tenía una pregunta infalible para detectar si su interlocutor sabía de fútbol. Preguntaba quién era el mejor extremo izquierdo de la historia y, «si no dice Gento, es que no sabe», concluía. En Salvajes y sentimentales, Marías contó que, en un partido entre la Real y el Madrid en Chamartín, coincidieron, camuflados para que no se les reconociera, Elias Querejeta, García Hortelano, Juan Benet y Javier Pradera. Entre palmaditas en el hombro y sonrisas forzadas, todos comenzaron a poner excusas: «Que si el rico empresario había jugado de joven en la Real, que si Pradera era de San Sebastián, que si Benet vivía al lado del estadio y pasaba por allí… Lo contaba Hortelano, el único que no renegaba de su pasión».

El espectador vergonzante

En el relato ¿Cuáles son los míos?, un hombre de apellido García rememora disparos a puerta en la terraza de un bar mientras las mujeres critican la fealdad de una vecina. «Me alivia recordar las horas inútiles que le he dedicado al fútbol», les dice cuando salen a buscarlo. Pepa le recuerda que él apenas jugó durante los años del colegio y que, además, era muy malo. García vuelve a los años de postguerra: partidos en el polvo, sin apenas jugadores para montar dos equipos, sin camisetas, con botines desgatados. Era un medio izquierdo, marrullero y sucio, por el que nunca se pelearon a la hora de elegir. «Jamás admití la derrota, ni controlé la victoria», dice, y finaliza la perorata admitiendo que, a su edad, se conforma con el empate.

Pepa, tras pedir otra ronda, le recuerda un momento memorable en su carrera futbolísitica:

«Un gol precioso, inolvidable como la algarabía de injurias que te cayó encima por haber marcado en propia puerta. Sobre todo, García, no he podido olvidar aquella expresión de ira, orgullo y desconcierto, mientras gritas: ¡Pero ¿cuáles son los míos?!». 

Aunque nunca escondió su pasión por el fútbol García Hortelano se sintió, en muchas ocasiones, un tanto avergonzado de mostrarla públicamente. No era fácil saber cuáles eran de los suyos. A este tipo de hincha formado en el franquismo y, en consecuencia, de su uso del fútbol como uno más de los valores patrios, lo bautizó, en el prólogo de El fútbol sin ley, como el “espectador vergonzante”. Él fue uno de estos aficionados que vio cómo los tentáculos del poder se enroscaban al balón hasta el punto de influir en los comportamientos mundanos de los ciudadanos, como asistir al estadio.

Tras muchas tardes agazapado en su localidad, la mirada escondida bajo el vuelo del sombrero, el cuello de la gabardina subido; tras muchas tardes ignorando a conocidos que también fingían ignorarle, después de encuentros que ruborizaban, «el espectador vergonzante, al igual que el autodidacta devorador de libros prohibidos, identificó la democracia con la milagrosa posibilidad de confesar en público que el fútbol le gustaba». Aunque dudaba de que hubiese llegado una democracia real para la sociedad española con el fin del franquismo, la liberación en las gradas para todos estos espectadores sí fue algo palpable:

«Por fin, el espectador vergonzante que yo fui podía asistir al partido en compañía de Alberto Machimbarre, o de Javier Pradera, José María Guelbenzu, Elias Querejeta, Paco Brines o Paco Regueiro. Podía, por fin, entusiasmarme (que no se puede mucho, porque nunca gana) cada vez que ganase el Atlético».

Ya no tenía que mirar hacia otro lado cuando alguien citaba la última diablura de Gento sobre la línea de cal ni, mucho menos, hacerse el sordo cuando alguien mentaba a la Cultural Leonesa. Sin embargo, el daño estaba hecho: el franquismo había convertido a muchos en espectadores invisible, en hinchas avergonzados de su condición y, «de estas deformaciones del vicio solitario», reflexionaba, «será difícil que un ex-espectador vergonzante pueda aliviarse». Al mismo tiempo, sabía que no había sucedáneo que pudiese quitarle el mono de fútbol, ni tan siquiera «el fútbol televisado, que se inventaban los jerarcas para las horas bajas del poder político y para los primeros de mayo».

García Hortelano fue uno de los muchos que, durante los años del tedio franquista, no pudo disfrutar plenamente del espectáculo del fútbol por culpa de la política. Pero también fue uno de los pocos que pudo resarcirse después a través de la palabra. En la página en blanco, no necesitaba fingir ni mirar para otro lado o hacerse el despistado cuando escuchaba botar un balón. Cuando empuñaba la pluma podía responder, sin rastro de vergüenza, a la pregunta qué él mismo se hacía: «¿Qué es el fútbol, sino una recurrencia a la eterna fuente de la infancia, a las rodillas raspadas por la tierra, al gozo de ignorar obstáculos?».