A veces sueño con ser Nigeria y estar reviviendo aquel año de 1996. Y que sea verano. Y que en Atlanta haga un calor de mil demonios, o de tres mil, o de cien mil. Y que en la Vila Olímpica haya agua para todos, menos para los rusos, que beben cosas heavys, y que a mí me ofrezcan una botellita fresca para calentar, y otra para la media parte, y otra para dormir, y una más para cuando no haga nada. Y que la primera semana todos me miren raro, como si me paseara por los campos montado en un rinoceronte, con la cara pintada, y que digan a mis espaldas que he venido aquí de pachanga, a ponerme fino, a hacerme el agosto. Y que a los 15 días esos mismos ojos y esas mismas voces hayan cambiado, y que ahora las muy atontadas me besen, me relamen y me coman los pies. Y que Argentina esté muerta en el maletero de mi autocar, como Brasil, o como México, o como Hungría, o como Japón. Y que todos me admiren. Y que todos sueñen con soñar alguna noche, dentro de mucho tiempo, que son como yo.

Todos hemos soñado alguna vez con ser la Nigeria de 1996, aquel combinado nacional entrenado por Jo Bonfrere y liderado por Nwankwo Kanu que hizo saltar la sorpresa futbolística en los Juegos Olímpicos colgándose una de las medallas de oro más canallas y poéticas de todo el siglo XX. En la galería que sigue a continuación (si os fijáis, veréis una i en la esquina de las fotografías que os permitirá conocer mejor el contexto de aquella proeza) nos acercamos de nuevo a ese cuento de hagas hecho realidad. Pasen y gocen. Aquí van varios pedazos de una historia irrepetible en verde y blanco.