Fulham 4-1 Juventus (18-3-2010)
7.1Nota Final
IMPORTANCIA6
EMOCIÓN9
TÁCTICA6.5
ESPECTÁCULO7
Puntuación de los lectores 8 Votos
7.9

Aquello pudo ser un final casi feliz. La clásica despedida agridulce. Futbolistas aplaudiendo, con una media sonrisa, agradecidos de que no todas las derrotas acaben entre abucheos. En aquella noche de marzo de 2010, los sufridos aficionados whites podrían haber catado la agradable sensación de ser casi grandes por un día, un sentimiento en el que se mezclaría el orgullo de haber competido contra toda una Juventus y el confort del regreso a la rutina de los empates intrascendentes y al tedio de la media tabla. El Fulham pudo haber escogido ese camino, el suyo, el comprensible: una alegría moderada, acorde con su carácter pequeño, cálido y tranquilo. Pero eligió adentrarse en lo desconocido, explorar lo que hay al otro lado, comprobar qué es eso de lo que tanto presumen en el vecino Stamford Bridge. El Fulham escogió el camino del éxtasis: remontó y eliminó a la Juve en octavos de la Europa League, en la noche más gloriosa que se recuerda a orillas del río Támesis.

 

ANTECEDENTES

Después de una buena temporada en la que el equipo había acabado séptimo, Craven Cottage se abría a Europa por primera vez en la 2009-10. La Europa League era un mundo de nuevos detalles por descubrir: cientos de extranjeros cantando en una de las esquinas del campo, partidos entre semana a horas extrañas y gélidas, publicidad distinta, protocolos incomprensibles… Y rivales inéditos: los primeros, exóticos -el Vetra lituano, el Amkar Perm ruso-; los segundos, ya en la fase de grupos, clásicos del fútbol continental -el CSKA de Sofía, el Basilea y, sobre todo, la Roma-. Superada esa ronda, superado el siempre complicado Shakhtar Donetsk y superadas ya las propias expectativas en el torneo, el siguiente nivel traía consigo a un campeón de Europa, un aristócrata del Viejo Continente. La Juventus de Turín había quedado apeada de la Liga de Campeones en un grupo en el que se vio superada por el Bayern, a la postre finalista, y por un sorprendente Girondins de Burdeos. Así que los de Alberto Zaccheroni -el técnico que había llegado a mitad de temporada para sustituir a Ciro Ferrara- llegaron a la Europa League con la pereza de los grandes. Se habían cruzado con otro gigante en horas bajas, el Ajax, quince años después de protagonizar juntos la final de la Copa de Europa. Eran otros tiempos, más agradecidos. Pero no es que a la Juventus le diera por bostezar cuando se cruzó el Fulham en su camino. Decidió liquidar el duelo por la vía rápida, con un resultado incontestable en el primer asalto. Pero fue tan lógico el 3-1 de la ida en el Comunale de Turín -el club vivía dentro del impasse entre el excesivo Delle Alpi y el perfecto Juventus Stadium-, que los italianos no supieron ver el riesgo que entrañaba el partido de vuelta.

 

Cuando al inicio del choque en Craven Cottage Trezeguet helaba al Fulham con el 0-1, la lógica era tan aplastante y el guion tan claro que solo quedaba dejar pasar los minutos

 

Cuando al inicio del choque en Craven Cottage Trezeguet helaba al Fulham con el 0-1, la lógica era tan aplastante y el guion tan claro que solo quedaba dejar pasar los minutos y esperar que ese agradable duelo entre blanquinegros se cerrara como una bonita y plácida historia digna de ser olvidada.

LOS PROTAGONISTAS

Aquella Juventus contaba con la pólvora de Trezeguet, el talento natural del brasileño Diego, el oficio del Balón de Oro Cannavaro en la retaguardia, el músculo de Sissoko, además de otros hombres de experiencia contrastada como Grosso, Camoranesi o Salihamidzic. Y en el banquillo, junto a nombres de segunda fila, los últimos coletazos del eterno Del Piero. En la portería, aquella noche, no estaría Buffon, lesionado. Tampoco Manninger, su hipotético suplente. La portería juventina, la defendía Antonio Chimenti, un imponente calvo de aspecto robusto y fuerte, un trotamundos del calcio que vivía uno de sus últimos episodios futbolísticos antes de cumplir los 40. Quizá fue un punto débil crucial, una pequeña grieta en el muro, la ausencia de un Buffon tan capaz de hacer milagros como de evitarlos. Chimenti hizo un buen partido, intachable; pero era humano. La puerta estaba abierta.

Aunque esa Juve fuera un equipo venido a menos, que poco a poco iba cogiendo carrerilla después de regresar del infierno de la Serie B en 2007, seguía pareciendo temible a ojos del Fulham, un conjunto ordenado, rocoso, con argumentos en ataque y algún arranque de genialidad, pero siempre moderado, influido por el carácter conservador y pragmático de su mente creativa, Roy Hodgson, un entrenador con una mala prensa que, de todos modos, aún hoy es imperceptible entre la comunidad asidua a Craven Cottage. El inglés conformó aquella noche un once que, en ningún caso, estaba diseñado para llevar a término un ataque sin cuartel. Ni siquiera parecía invitar a la remontada, con Clint Dempsey, el hombre de más talento de la plantilla, en el banquillo, y sin la comparecencia de dos habituales como el defensa John Paintsil y el centrocampista, capitán, líder y alma Danny Murphy. Así pues, la lista de elegidos empezaba con el veterano y sobrio portero australiano Mark Schwarzer. En defensa, una pareja de centrales que se entendía a la perfección, el noruego Brede Hangeland y el galés Aaron Hughes, doble garantía de solidez; por la izquierda, el inglés Konchesky, un tipo duro con llegada y una buena zurda, y por la derecha, el irlandés Stephen Kelly, muy por encima en aquel momento de lo que marcaría el nivel general de su carrera. En el centro del campo, unos cimientos bien armados con la presencia física del nigeriano Etuhu, fuerte aunque limitado, y del incansable norirlandés Chris Baird, querido como el que más por la afición, al que apodaban, no sin retranca, ‘Bairdinho’: voluntarioso, discreto, incansable, polivalente, pulmón, sin florituras, duro y noble. En las antípodas de la samba brasileña pese a su sobrenombre, pero con cualidades individuales que definían al colectivo, del que uno se podía enamorar solo con verlo correr. El irlandés Damien Duff, el jugador de la plantilla con más experiencia europea debido a su etapa en el Chelsea, ocupaba uno de los flancos, mientras que al otro lado desarrollaba su juego el galés Simon Davies, un futbolista muy británico, de ida y vuelta, buena diestra, con una técnica suficiente para crear aunque no para inventar; buen jugador, al fin y al cabo, y personaje clave para entender esa Europa League que el Fulham cedería en la prórroga de la final ante el Atlético de Madrid, con un gol suyo en el choque decisivo y otro en la semifinal -también con remontada- ante el Hamburgo. Aquella tarde-noche, Hodgson decidió salir con un solo punta. Esperaba el ‘vikingo’ Nevland, con Dempsey, en el banquillo, y la única referencia en ataque se llamaría Bobby Zamora. Hazmerreír del fútbol inglés en ciertos momentos de su carrera, aquel año había dado carpetazo a los chistes. El caricaturizado delantero corpulento y torpe, con escasa puntería, se había destapado como un poderoso hombre de área, técnico y goleador. De golpe, Zamora era alguien imponente también futoblísticamente. Tras él, enganchando al centro del campo con la delantera, un magiar con una pizca de magia, Zoltán Gera, jugador con chispa, quizá el más imprevisible de una plantilla en la que casi todo era blanco y en botella.

ANATOMÍA DE UN MILAGRO

Los que estuvieron allí no saben exactamente cómo explicarlo. Los que lo vieron por televisión, todavía menos. Habíamos dejado el partido con el gol de Trezeguet. Se anticipaba otra tarde europea prescindible. Hasta que la sensación empezó a cambiar, primero de forma imperceptible. Aquel Fulham era un equipo directo, pocos toques y velocidad, balones al área y llegadas por los lados. También era un equipo que no bajaba los brazos. Pero antes de aquel 18 de marzo todavía no se tenían las suficientes pruebas para demostrarlo empíricamente.

Todo empezó a balonazos. Balonazos que parecían a la desesperada, de tiempo añadido. Pero ni siquiera se había llegado al minuto diez. Y en uno de esos balonazos, Bobby Zamora. Poderosísimo, controló con el pecho. Toda una institución italiana cayó a sus pies -concretamente, un descentrado Cannavaro- y definió con un tiro cruzado desde dentro del área. Era el minuto 9. Lo celebró como si creyera en la remontada, el muy iluso. Tan cándidos como él, sus compañeros lo siguieron. Quizá si se hubiera limitado a mirar al suelo y a chocar los cinco con el primero que se le acercara nunca hubiese sido posible la remontada. Pero le salió coger el balón y correr. Y los 23.000 le creyeron. Se había desencadenado una tormenta.

Aunque solo llovía un poco: los minutos posteriores no fueron un ataque constante del Fulham. Los milagros, en el fútbol, normalmente requieren varias pérdidas de papeles de sus protagonistas, que lo pongan todo del revés, que atraviesen el fuego y sin quemarse. Pero aquella remontada se sustentó sobre el pragmatismo de Hodgson. El Fulham necesitaba tres goles, dos para la prórroga, pero se replegaba al ver a la Juve tocar, mordía cuando veía una fisura y salía en tromba al recuperar. Nunca dejó de ser él mismo. Confiar en tu propia inferioridad para derrotar a un grande; tan extraño como eso.

Tampoco hay que olvidar que la Juventus jugó aquel día un partido nefasto. En algunos compases solo parecía que Diego se moviera. A veces se daba la vuelta sobre sí mismo y se encontraba rodeado de cinco rivales, sin compañeros a la vista, devorado por una jauría de lobos. Este texto se basa en la perspectiva del ganador. Critíquenselo a su autor. Aun así, dediquemos un par de palabras, al menos, a resumir lo que debieron sentir los hinchas bianconeri: bochorno, desesperación.

El partido era feo, tosco y algo duro. A la Juventus, incomprensiblemente, le daba por pegar siempre que no tenía el balón y este corría por el césped. Las fuerzas se igualaban, las posesiones duraban poco. Se perfilaba esa clase de encuentro enquistado que solo varía con un gol o una expulsión. Ocurrirían ambas cosas. Zamora se convertiría en media punta durante un par de segundos -algo altamente improbable-, metería un balón interior para Gera, más listo que Cannavaro -algo no demasiado predecible-, que lo derribaría al encarar este la puerta. Una roja muy rigurosa, sobre todo si quien la tiene que digerir es la Juventus. La cara de incredulidad del defensa italiano, escondida tras una sonrisa irónica, es una precisa metáfora que explica cómo la vida puede cambiar en un segundo, incluso cuando todo parece tranquilo.

Balonazos y más balonazos, pero también control. A la Juve, la pelota ya no le duraba nada. Mientras, Craven Cottage se calentaba. Empezaban los cánticos, que ya no cesarían. Visto con la perspectiva de los años, y revisando el vídeo del encuentro conociendo el 4-1 final, el desenlace parece lógico. Cuando ya está conformado el relato, escrito, entregado, publicado, leído y releído, incluso las historias más increíbles acaban parecido absolutamente normales, y pasan por corrientes hechos extraños como que un equipo que había pasado la mayor parte de su historia vagando por debajo de la máxima categoría fuera capaz de empequeñecer al club más grande de Italia. O que a ese club modesto, perdedor y algo tosco, le fuera permitido trenzar una combinación de salón para anotar el 2-1, obra de Gera, y marcharse al descanso convencido de que no había más solución que la victoria.

EPÍLOGO

La historia del fútbol se construye de pequeñas historias que conforman el libro de cada entidad. Como aquel Fulham nunca fue campeón, está condenado a ir cayendo en el olvido fuera de las fronteras de su barrio. Pero es suficiente que la leyenda la mantengan viva sus hinchas, los que fueron testigos de aquella segunda parte, de lo que hasta aquel momento fueron los minutos de más éxtasis en la dilatada trayectoria del club más antiguo de Londres. Hacer historia no siempre requiere salir en los libros.

Lo primero que pasó en el segundo tiempo fue un penalti cometido por Diego por unas manos que bloquearon un centro de Duff. Si en el vestuario Zaccheroni había tratado de sacudir el espíritu de sus chicos era evidente que no se había salido con la suya: caminaban hacia la eliminación con la cabeza baja, todo lo contrario que su extasiado verdugo, que empataba la eliminatoria (3-1). Los minutos pasaban. Menos balonazos, más combinaciones, pero el hueco se resistía a aparecer. Hasta que entró Clint Dempsey. El texano es un futbolista con muchas virtudes: visión, buena técnica, el don de estar en el lugar indicado en el momento idóneo… Y gol. Cualidades que confluirían en una sola acción, la definitiva. Los minutos caían, empezaban a pesar. Las ideas se emborronaban y el oficio y el instinto de supervivencia de la Juve amenazaban con hipnotizar a los cottagers y acabarlos por dormir. Por si acaso, cada recuperación de los de blanco era jaleada como medio gol por la grada -la remontada también sería suya-.

 

No hay nadie hoy en Craven Cottage que, en su sano juicio, y aun aguantando el frío de la media tabla de la Championship, cambie por nada en el mundo lo que sintió con aquel gol de Dempsey

 

Mientras, Dempsey merodeaba por la frontal, de un lado a otro, como si paseara por una cuerda floja; pero tranquilo, como si ya tuviera el truco final diseñado en su cabeza. Solo le tenía que llegar un esférico. El 23 -qué número tan yanqui- recibió el balón en el minuto 82, en una de esas acciones en las que el tiempo se para. En fútbol, un disparo suele ser una acción demasiado rápida para que la podamos percibir en su totalidad: primero celebramos, después preguntamos. Pero Clint le permitió a sus hinchas disfrutar de una preciosa parábola a cámara lenta. De degustar lo que iba a ser el gol más maravilloso de sus vidas. La vaselina salió de sus botas de forma instintiva. Había recibido de espaldas a la portería, en la esquina superior izquierda del área grande de Chimenti, así que el único espacio que pudo ver y calcular solo estaba en su imaginación. El golpeo fue suave y el balón burló a la gravedad. A Craven Cottage le dio tiempo de levantarse y cerrar los puños. Hasta de aclarar la garganta para gritar el gol definitivo.

*

Ferguson, un apellido muy futbolero, es también el personaje principal de la última novela del estadounidense Paul Auster, 4 3 2 1. En ella, conocemos distintas historias protagonizadas por el mismo individuo, universos paralelos en los que la resolución de hechos concretos del pasado desembocan en futuros diferentes. Pero, aunque distinto, Ferguson es Ferguson. ¿Y si desde aquel partido ante la Juventus, la historia del Fulham también se hubiese desdoblado? Nunca sabremos lo que habría ocurrido si aquella noche en Craven Cottage se hubiese impuesto la lógica. Si la Juventus se hubiese repuesto del susto para imponerse en los penaltis o si simplemente hubiera liquidado la papeleta con un 0-2 incontestable. Quizá aquel Fulham derrotado que nunca hubiera dado tanto que hablar en Europa y en Inglaterra hubiese envejecido mejor. Quizá Roy Hodgson no se hubiese marchado en busca de retos de mayor altura. Quizá hoy el Fulham seguiría en la Premier League, tras años de empates intrascendentes, tempranas eliminaciones coperas y sufrimientos para mantener la categoría. Quizá. Pero aquella tarde escogieron el camino de lo desconocido, del éxtasis, se permitieron desafiar al destino que a uno se le otorga al nacer. Y no hay nadie hoy en Craven Cottage que, en su sano juicio, y aun aguantando el frío de la media tabla de la Championship, cambie por nada en el mundo lo que sintió con aquel gol de Dempsey. Desde ese día, es cierto, el Fulham sigue siendo el Fulham. Aunque distinto.