Louis Nicollin era el paradigma de presidente que no deja indiferente a nadie. Volcánico, faltón, provocador… El personaje da como para hacer una lista de calificativos más larga que sus 40 años al frente del Montpellier. La analogía más sencilla conduciría a colocarlo en la misma sección que la de colegas como Jesús Gil o Silvio Berlusconi, pero atravesando la capa exterior de su extravagancia, ‘Loulou’ escondía a un tipo tranquilo y afable, mucho más coherente y racional de lo que su proyección pública aparentaba. En el fondo, el presidente del club galo no era más que un devoto amante del balón que disfrutó de cada día de sus más de cuatro décadas cerca del césped como si fuese el último.


 

Hace 40 años el mundo del fútbol no tenía nada que ver con lo que es ahora. ¡Sobre todo los sueldos que tenía que pagar! Antes todo era más familiar e iba más despacio. De todos modos, no soy uno de esos tipos nostálgicos. Este deporte, en esencia, sigue siendo el mismo juego extraordinario en el que no siempre gana el mejor.

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Con los jugadores siempre me he llevado bien. Digamos que antes era más un compañero suyo que un jefe, porque teníamos la misma edad. ¡Ahora más bien me he convertido en el abuelo! Yo siempre he adorado a mis futbolistas, aunque a veces discutamos un poco. Cuando sacrificas todo tu tiempo por un club de fútbol es porque realmente te hace feliz.

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No me molestan los modelos de club como el del PSG porque hacen que se venda la imagen de la Ligue 1 por todo el mundo. Además, de vez en cuando, hasta les derrotamos como cuando ganamos la liga en 2012. Aquel año tuvimos mucha suerte.

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Mi mejor recuerdo como presidente no es precisamente esa liga, sino el primer partido europeo que disputamos en Da Luz contra el Benfica en 1988. Luego están los títulos o escuchar el himno de la Liga de Campeones en la Mosson, pero aquella imagen es la que guardo con más cariño.

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Con Cantona compartíamos un carácter fuerte y es cierto que algunas veces nos enganchábamos, pero se trata de un tipo con un talento excelso y que llegó a hacer cantar la Marsellesa a los ingleses. ¿Cómo no vas a querer a alguien así?

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Si tuviera que quedarme con un solo jugador elegiría a Fleury Di Nallo, mi ídolo de juventud que tras ganarlo todo con el Olympique Lyonnais vino a jugar al Montpellier cuando estábamos en el sexto nivel del fútbol francés. Entre los entrenadores, sería injusto no escoger a Rémy Girard, el hombre que nos hizo campeones de Francia.

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No me gusta nada Guardiola. Entre él y Mourinho escogería al portugués con los ojos cerrados. El fútbol necesita a gente explosiva y con carácter.

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Todo lo que he hecho y dicho ha sido para defender a mi equipo, no para hacerme famoso. Soy como soy y estoy orgulloso de serlo, sin que suene a pretencioso. Es cierto que a veces, mirándolo con perspectiva, me he pasado de la raya, pero no me arrepiento de nada. Y cuando he tenido que pedir perdón, lo he hecho.

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De chaval ya era un enamorado del fútbol, sobre todo del Olympique Lyonnais. Y, entre los equipos extranjeros, idolatraba al Real Madrid. Recuerdo como si fuera ayer sus duelos contra el Stade de Reims en Copa de Europa. Di Stéfano, Puskas, Gento, Kopa… eran extraordinarios. De hecho, he comprado camisetas originales de la época de todos esos jugadores. En mi museo personal tengo más de 25.000 objetos deportivos.

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Lo de mi colección de camisetas se explica por mi pasión extrema por el deporte. La política, la cultura o cualquier otra actividad no me interesan en absoluto. Soy un enamorado del deporte, así que mi museo personal me genera un gran orgullo. Tener una camiseta me produce una sensación única. Las camisetas francesas me las dan, pero las extranjeras y las antiguas las compro en subastas: he llegado a hacer locuras. Por ejemplo, por tener una camiseta de Lev Yashin estaría dispuesto a casi todo porque es el único Balón de Oro que me falta.


Esta entrevista está extraída del interior del #Panenka38, un número sobre los presidentes de fútbol que todavía puedes conseguir aquí: