Cuando le dije a las personas de mi entorno que iba a participar en un campeonato de fútbol organizado por Jägermeister, la reacción fue unánimemente cuestionada: “¿cómo un torneo de fútbol puede estar patrocinado por una marca de bebida alcohólica?”. Sin embargo, el licor que ha cambiado la forma de concebir las salidas nocturnas también alteró hace más de 40 años los puristas y, a priori, inquebrantables principios futbolísticos. ¿El motivo? Ayudar al equipo de la región donde nació a superar la grave crisis económica en la que estaba sumido.

Consiguió su objetivo. También hizo historia.

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En 1973, el Eintracht Braunschweig se convirtió en el primer equipo profesional en llevar un sponsor en su camiseta. Varios aficionados del conjunto alemán habían sido condenados por amaño, ensuciando así la imagen del club y provocando su deterioro financiero. Fue entonces cuando el dueño de Jägermeister decidió invertir unos 100.000 marcos anuales (28.000€) para solucionar la situación, una noticia que no fue bien acogida por la siempre estricta Federación Alemana de Fútbol. El hecho de que el escudo del Braunschweig fuera sustituido por la cabeza del ciervo con la cruz entre sus cuernos trajo consigo una enorme controversia. Y como no hay publicidad más barata y efectiva que una sonora polémica, el Braunschweig consiguió solventar su problema y Jägermeister amortizar su inversión y unir para siempre deporte con publicidad.

Como conmemoración de la pionera hazaña, por pasar un gran día y porque pocos organizan eventos lúdicos tan atractivos como la marca del venado -no hay que olvidar que comenzó como una bebida dirigida a cazadores-, el pasado sábado 23 de septiembre se celebró en los campos de fútbol de Nuestra Señora de la Torre (Vallecas), la segunda edición del Jägermeister Deer Match. Los 56 mejores y más peculiares especímenes que se pueden encontrar entre promotores, gente del mundo de la noche, periodistas o empleados de Jägermeister, nos dimos cita en un torneo de fútbol 7 donde debíamos enfrentarnos en partidos eliminatorios para conocer qué gremio era el mejor convalidando cultura, deporte y ocio.

#jagerdeermatch Madrid 2017 149Tras la primera toma de contacto en los vestuarios, el Shalke 56, conformado por periodistas, saltaba al campo ataviado con una indumentaria setentera de color naranja que, a nuestro pesar, se asemejaba más a la tercera equipación del Valencia que a la de la Holanda de Cruyff, lo cual restaba intimidación en la siempre vital primera impresión. Por otro lado, la principal característica de las camisetas era la presencia del 56 como dorsal de todos los competidores. 56 jugadores con el 56 a la espalda, debido al número de ingredientes que conforman el licor germánico. Esto obligaba a los participantes a tener que aprenderse inevitablemente el nombre de cada miembro de su grupo, algo que, sin duda alguna, el Shalke 56 hizo mejor que nadie para lograr entenderse en el campo en un tiempo récord.

La equidad numeraria, la capacidad para relacionarse de cualquier respetado reportero y el tiempo de calentamiento previo al partido inaugural resultaron fundamentales para que nuestro equipo confraternizara y lograra la victoria final. Un conjunto sobrio con jugadores de características variadas que, tras superar todas las rondas, se alzó con el título ante la frustración de los rivales, que achacaban la derrota a nuestra organización y a que dispusiéramos de portero voluntario. El hecho de tener un cancerbero fijo disipaba la mayor de todas las preocupaciones de un equipo conformado por gente que no se conoce. Esto nos otorgó gran ventaja con respecto a todos nuestros rivales, que tenían que sortear qué jugador de campo debía ponerse, con las limitaciones técnicas que ello conlleva.

Solventado el gran problema, tocaba lidiar con su hermano pequeño: la defensa. El dilema residía en que todos éramos jugadores de centro del campo en adelante, y esa máxima que cerciora que “la mejor defensa es un buen ataque” adquiere todo su valor en un torneo de aficionados donde los partícipes tienden a quedarse descolgados y en el que, además, no existía el fuera de juego.

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Una vez resueltos los roles y tras una hora de ejercicios y tiros a puerta bajo el sol abrasador que confirma que en Madrid solo existen dos estaciones, verano e invierno, tuvo lugar el sorteo de encuentros. El viento -nunca usado más metafóricamente, puesto que estábamos a más de treinta grados- parecía no soplar a nuestro favor cuando el azar decidió que nos enfrentáramos en primera ronda al equipo formado por gente de la noche. Un conjunto imponente gracias a la indumentaria negra que ensalzaba su curtido físico y cuyo rocoso juego chocaba con la idea de toque de los míos.

“La final anticipada”, como algunos osados se atrevieron a apodar nuestro partido, prometía un duelo apasionante de dos estilos antitéticos. Ya desde el saque inicial, los de oscuro salieron a presionar en tromba, como si estuvieran dirigidos por Zeman. Por suerte, la contundencia atrás y la efectividad en ataque ayudaron a que venciéramos por 7-1, exprimiendo nuestra labrada filosofía resumida en que el balón debía correr más que nuestros jugadores, y el contrincante más que ambos.

Con un resultado tan abultado, el Shalke 56 empezaba a estar en boca de todos. También en la de nuestros siguientes oponentes. En el derbi musical, los artistas habían logrado vencer en penaltis a los promotores de festivales. Un exigente empate a cinco, tras ir todo el partido por detrás en el marcador, cuyo desgaste acabaría acusando contra nosotros. Con un aplastante 12-1, nos plantábamos en la final y provocábamos que hasta los siempre divertidos tatuajes de los músicos indies perdieran su vitalidad.

#jagerdeermatch Madrid 2017 230Tras semejante victoria, tanto organización como espectadores no dudaron en proclamarnos favoritísimos para alzarnos con la copa. Un sentimiento, el favoritismo, que ha debilitado a más equipos que las lesiones o las sanciones. Después de varias bromas previas a la salida al campo, en las que se nos ofreció todo tipo de merchandising a cambio de que nos dejáramos ganar y donde alguno de mi equipo aprovechó para intentar negociar acuerdos publicitarios para sus medios -por pedir, que no quede-, los dos contendientes saltamos al césped arropados por el himno de la Champions League y, tras los pertinentes rituales entre los que se encuentran el saludo al público, al árbitro y choque de manos entre protagonistas, dio comienzo el partido.

Los chicos de Jäger tenían claro que las finales no se juegan, se ganan, por lo que se limitaron durante todo el partido a esperar encerrados al borde de su área, anular nuestro ataque e intentar pescarnos en alguna contra. La verdad es que fue una estrategia tan exagerada que solo les faltaba levantar las manos para que eso pareciera un equipo de balonmano. Por suerte, era fútbol, y ahí la paciencia no se penaliza con ‘ataque pasivo’, así que progresando muy lentamente, con más constancia que belleza, conseguimos ir conectando pases y llegar cada vez con más peligro.

La falta de alicientes del duelo contrastaba con las distintas actividades que se estaban desarrollando fuera de él. Los gritos que emanaban de la zona de futbolín, pasatiempo que alternaba con la competición de tiro a puerta, revelaban que no solo periodistas y empleados de Jägermeister nos batíamos en duelo. En medio de la vorágine, el resto de los presentes disfrutaba de la maravillosa música en directo.

No cabe duda de que hasta el más aburrido de los encuentros se ameniza si de fondo acompaña buena y variada música. En este sentido pudimos deleitarnos con dos representantes del programa Jägermusic: Los bilbaínos Vulk que no defraudaron con en el directo, y el vigués Kaixo que tiñó el ambiente con sus rimas inconformistas y su trap más trangresor. Otros, como Andrea Vandall y Miqui Brightside, fueron los encargados de ponerle a la tarde el toque electrónico y bailable. El broche lo puso el Al Dobson Jr., el productor y disc jockey inglés nos dejó verdaderos momentos para el recuerdo.

Mientras tanto, unos entregados comentaristas ponían el toque entusiasta a una final en la que uno proponía y otro anulaba. Dos conceptos tan opuestos entre sí que hicieron imposible la presencia de jugadas destacables. Por suerte, el balompié fue justo y el Shalke 56 logró un sufrido triunfo por 5-2 para levantar el trofeo y pasearlo de ahora en adelante por las distintas redacciones, como si de la Copa del Mundo de Sudáfrica se tratara.

De este modo, concluyó una velada en la que los periodistas, ese gremio tan lastrado por los que juegan a ejercer la profesión en detrimento de los que lo llevamos en la sangre, logramos hacernos con el triunfo, nos divertimos, brindamos con un refrescante -a -18 revitalizantes grados- chupito helado Jägermeister, tomamos algún que otro cóctel Jägermeister –aunque menos de los que nos hubieran gustado- y entablamos una relación entre todos los presentes que, seguramente, crezca en el futuro: Al final, como el maestro cazador (Jägermeister en alemán), solo jugamos para divertirnos.

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