¿Por qué donde todos tropiezan la hegemonía del Real Madrid permanece? ¿Por qué la grandeza del club blanco sigue siendo un misterio?


Texto extraído del #Panenka59, todavía disponible aquí

 

El madridista se lleva la mayor sorpresa de su vida cuando despierta al uso de razón y descubre a su alrededor personas que no son del Real Madrid. De esa delicada epifanía tarda mucho en reponerse, si llega a hacerlo, porque él ama a sus semejantes y desea lo mejor para ellos. Pero terminará asumiendo la herejía con un encogimiento de hombros y acaso un vago ademán filantrópico con el que quiere expresar su comprensión de la debilidad humana. No es que se sienta superior a los demás; es que ha tenido la fortuna de pertenecer al mejor club del mundo, lo cual significa que el resto de equipos son peores que el suyo.

Como del palmarés no cabe discutir, porque las matemáticas no se dejan opinar, queda graduar los decibelios del sentimiento. ¿Es el Madrid una pasión? Quien compare ciertas tardes gélidas del Bernabéu con el sudor y la fiebre en las gradas de otras aficiones menos habituadas a la victoria se inclinará por dudarlo. Hay días, muchos días, en que el Madrid gana por inercia funcionarial como el deber absurdo de un personaje kafkiano. Gana porque esa camiseta lleva ganando toda la vida y no va a dejar de hacerlo justo ahora. Gana porque sabe que debe ganar y punto. Y hay aficionados a los que eso no les basta, como hay españoles que ya no recuerdan la época en que la achicoria suplía al café y las alpargatas de lavandera estaban muy lejos de presagiar los Jimmy Choo de ejecutiva. A los entrañables tribuneros de la pipa y de la queja les recordamos: también su Madrid pasó 30 años sin ganar una Champions. Y el jubiloso hecho de que ahora las gane con renovada facilidad -acorde con el linaje que fundó su gloria- no debería borrar la memoria latente de la frustración, del capricho de la suerte, de los labios de cobra del triunfo.

A menudo el periodismo deportivo se comporta respecto del Real Madrid como si descontara su pujanza financiera de los presupuestos generales del Estado. Como una renta fija o un patrón oro, y no como lo que es: un variable capital económico-deportivo que a la postre depende del oscuro deseo de acumular títulos de unos señores vestidos de blanco. Lo cierto es que la prosperidad del equipo de Chamartín ya era legendaria cuando Madrid aún era un poblachón manchego poblado por subsecretarios. ¿Por qué Berlín, que es la metrópoli más poderosa de la Unión Europea, carece de un club a la altura de su poder político? ¿Por qué ni siquiera los petrodólares han inscrito a París en el olimpo del fútbol como figura en el del urbanismo? ¿Por qué Benfica e Inter, que rivalizaron con el Real por la tiranía de Europa, no resistieron la carrera armamentística y hoy apenas conocen etapas de acotado y efímero dominio? Y la pregunta sumarísima: ¿Por qué donde todos tropiezan, pues humano es tropezar y hundirse en la miseria de vez en cuando, la hegemonía del Madrid permanece? ¿Por qué (se preguntaría Heidegger) siempre-está-ahí?

Hay clubes mejor organizados. Maquinarias atenidas a criterios científicos de rendimiento y modelos de impoluta meritocracia gestora. El último Borussia Dortmund, por ejemplo. Hay equipos diseñados para ganar, presupuestados para ganar… que sin embargo no ganan. Al preguntarse por qué, muchos ensayan confusas vaguedades en torno al casticismo o la mística. La única verdad es que el Madrid gozó de una rara aleación de genio futbolístico y visión empresarial con Di Stéfano en el césped y Bernabéu en el palco. Pero ese fue el origen. Lo difícil es mantenerse.

 

El Madrid gana contra la estética y contra la ética. En época de idolatría estilística, la anarquía vikinga roba estandartes e impugna credos

 

Yo sospecho que el éxito madridista se debe a su absoluta modernidad. Nunca hizo concesiones a lo identitario: ni a la raza, ni al barrio, ni a la nacionalidad, ni a la ideología. Don Santiago, que era un castizo en la vida, no se permitió serlo en el trabajo y abrió el club al astro extranjero allí donde descollara, a la proyección internacional sin ataduras localistas -el madridismo nunca fue un madrileñismo-, a la universalidad que trasciende lo españolazo, al éxito caníbal de la competitividad sin injerencias sentimentales, a la transversalidad ideológica pese a los gastados tópicos de los escribas del resentimiento. Por aquí deberían empezar a buscar los interesados de veras en el misterio blanco.

El Madrid gana contra el deterioro del tiempo. Se sirve para ello de reencarnaciones insensatas: un día Florentino Pérez pretendió ser Santiago Bernabéu y le salió un remedo aceptable en números redondos. Otro día Sergio Ramos decidió proseguir la estela numantina de Juanito, y no solo pisó sus huellas sino que ha añadido otras nuevas al surco épico de la remontada de postrimería. Ser y tiempo: un equipo existencialista arrojado a este mundo para meterles Copas de Europa en el pico a los cucos de los relojes, a ver si se callan de una vez.

Pero el Madrid, además, gana contra la estética y contra la ética. En época de idolatría estilística, cuando el fútbol ha de jugarse no tanto para buscar puerta como para dibujar coreografías sexualmente ambiguas, la anarquía vikinga roba estandartes e impugna credos con un grito de guerra y otro gol insospechado, que a lo mejor es el fruto de una improvisación individual y la disciplina táctica de un patio de colegio. A los madridistas nos sobra, y alzamos la jarra cada vez que se profiere la sonora blasfemia del contraataque en cualquier templo del tiquitaca. Que otros cosan a sus hombres a un corsé: los nuestros visten a medida, y por eso el entrenador del Madrid no ha de ser un sargento hegeliano sino el mejor sastre que quede en Panamá.

Tampoco es el Real Madrid una cofradía de bienhechores. Educa a no pocos niños pobres por el mundo a través de su Fundación, pero su juego no es un discurso sobre la concordia ni el anhelo de paz de una miss universo. Esto va de meter más goles que el otro, y cada cual luego apadrina a quien quiera en la intimidad. Dicen que hay padres que llevan a sus hijos al Santiago Bernabéu, pero no conviene prestar crédito a la maledicencia.

Yo no digo que ser el mejor sea fácil. Yo digo que la grandeza del Madrid es un misterio de la existencia, y que merece ser tratada como tal.