Hubo un tiempo en el que el Balón de Oro no entendía de duopolios, se presentaba tan exótico como la Copa Mitropa y no se iba a recoger en jet privado. En ese tiempo, el galardón nos invitaba con frecuencia a mirar hacia la Europa del Este, algo que para los nostálgicos es siempre una debilidad. Hablamos de un tiempo -hace hoy 55 años- en el que un futbolista con cara de vendedor de lavadoras, que había desarrollado toda su carrera en Checoslovaquia y que cobraba lo mismo que cualquier otro obrero, podía ser considerado el mejor. Y no, no hablamos de Antonin Panenka, esta vez no. Al bigotudo no le hizo falta recibir un balón dorado para ser eterno (y nunca dejará de ser nuestro checo predilecto). Hablamos de Masopust, un Balón de Oro olvidado, silenciado por la URSS. Los comunistas veían con recelo que el primer Balón de Oro tras el Telón de Acero no fuera soviético.

 

Masopust fue un Balón de Oro olvidado, silenciado por la URSS. Al contrario que Lev Yashin, ganador un año después

 

Josef Masopust nació en 1931 en la desaparecida localidad de Strimice, al noroeste de Checoslovaquia, donde los checos eran minoría con respecto a una población alemana con la que Hitler justificaría la invasión de Bohemia y Moravia unos años después. Josef se crió en un país ocupado en el que había que declararse expresamente alemán para poder tener una vida digna, cosa que jamás quiso hacer su padre, un minero de ideología comunista. A pesar de Hitler, los Masopust siguieron considerándose checoslovacos. Así, pasó una humilde infancia en Most, población cercana a su pueblo natal -a la que tuvieron que trasladarse cuando los nazis devastaron Strimice en busca de carbón-, y ahí estudió en uno de los pocos colegios en los que también se enseñaba un poco en checo, además de en alemán. Su fútbol se tuvo que forjar en la calle, mezclado sin problemas con niños checos y alemanes, porque durante la guerra los checos no podían jugar en ningún club oficial, reservados solo para alemanes. Cuando la II Guerra Mundial terminó, se acabaron muchas de las miserias y restricciones para las familias checas y fue entonces cuando el fútbol pasó a ser algo serio para él. A los 17 años, por fin pudo fichar por el equipo de la ciudad donde vivía, el Baník Most y, poco después, tras realizar el servicio militar, llegó el Dukla de Praga, donde estuvo nada menos que 16 años.
El Dukla fue el grande del país durante los 50 y los 60 y Masopust levantó ocho campeonatos nacionales vistiendo su camiseta. Pero aquel era un club antipático para los checos ya que era el equipo del ejército y se le acusaba de quedarse con los mejores jugadores del país a la fuerza: el servicio militar era obligatorio y el club reclutaba a todos los que destacaran futbolísticamente en la mili, para luego retenerlos en sus filas. Aunque él siempre aseguró que permaneció en el Dukla porque quiso, la realidad es que poco podían hacer los buenos jugadores si querían salir. Eso explica que el mítico futbolista nunca fuera un verdadero ídolo para sus paisanos contemporáneos, sobre todo para los seguidores del Slavia y del Sparta, que le odiaban. Un odio que se diluyó cuando la Copa de Europa se jugó en Chequia por primera vez: entonces el país apoyó al Dukla que disputaba aquel torneo enfrentándose a grandes como el Benfica o el Madrid.

 

Tenía un eslalon parecido al de Iniesta, escondiendo el balón y cambiándolo de pierna para flotar entre los rivales

 

Los que vieron jugar a Masopust cuentan que fue un centrocampista creativo, inteligente, muy dotado técnicamente, driblador y con un cambio de ritmo imparable. En una época en la que se atacaba con cuatro y se defendía con otros cuatro, el rol del mediocentro era realmente complicado y Masopust supo destacar en esa exigencia. El checo era un box-to-box que organizaba el juego, que distribuía en corto y en largo con las dos piernas (como le enseñó obsesivamente su padre), que robaba y que, sobre todo, lideraba al equipo. Tenía un eslalon parecido al de Iniesta, escondiendo el balón y cambiándolo de pierna para flotar entre los rivales, a una velocidad impropia de su apariencia. Los que le conocieron cuentan que era una persona de una modestia cautivadora, extremadamente humilde y con un talante de caballerosidad con el que se ganó los respetos de todos, tal como el mismo Pelé llegó a destacar: “Josef es un ejemplo de juego limpio para todo el mundo del deporte”. Aquella fue una afirmación que el astro brasileño pronunció durante el Mundial’62, cuando Josef pidió a sus compañeros que no entraran con contundencia a Pelé, durante el partido que les enfrentó en la liguilla, porque se había lesionado.

Disputó el Mundial de 1958 y fue semifinalista en la Eurocopa del 60. Pero, el de 1962, fue precisamente el año grande de Josef Masopust. A los 31 años alcanzó el apogeo en el Mundial de Chile, brillando en las victorias sobre la España de Helenio Herrera, -y de Di Stefano, Puskas, Gento y Luis Suárez-, sobre Hungría en cuartos y sobre Yugoslavia en semifinales. El checo aupó a su selección hasta la final, en la que se enfrentaron a la todopoderosa Brasil de Pelé -que no la pudo disputar por lesión- y de Garrincha. Masopust abrió el marcador de aquel encuentro, poniendo la sorpresa en el luminoso en el 15′. A pesar de que Amarildo, Zito y Vava le dieron la vuelta con el 3 a 1 definitivo, el gran protagonista de aquel torneo fue el futbolista checoslovaco, desconocido para el gran público. Una falta de reconocimiento lógica para un futbolista del Este: jugaba en una liga menor como la checoslovaca y no podía hacerlo en Occidente por las restricciones que imponían las repúblicas comunistas.

 

“Mucha gente de mi país ni se enteró de mi Balón de Oro. La idea del comunismo era que el colectivo era más fuerte que el individuo”

 

Ese año 1962 France Football le otorgó el Balón de Oro, por delante del mismísmo Eusébio, merced de un año memorable, ganando el enésimo título de liga y su primera America Challenge Cup (un día tenemos que escribir sobre esta competición) y con el punto álgido en el subcampeonato del Mundial. Aquel Balón de Oro pasó prácticamente desapercibido en su propio país, según sus declaraciones a AS en 2001: “Vino Urbini, subdirector de L’Equipe, a dármelo, en abril, en el prolegómeno de un partido contra el Benfica. La prensa recogió un recuadrito ese día, eso fue todo. Mucha gente ni se enteró. La idea del comunismo era que el colectivo era más fuerte que el individuo, y que premios así eran propios del Occidente capitalista. Pero el año siguiente lo ganó el ruso Yashin, portero de la URSS, y su figura gozó de una enorme exaltación en todos los países del entorno, incluido el mío, que festejaron su Balón de Oro como una gran cosa, como un orgullo del fútbol de la órbita comunista. Entonces me dijeron, ya en confianza, que no habían celebrado el mío ‘porque no conviene incomodar a los rusos’. Entendí que si Yashin lo hubiera ganado antes que yo, las cosas hubieran sido distintas”.En 1963, se organizó un partido conmemorativo por el centenario del fútbol: se cumplían 100 años desde que el deporte rey dispuso sus propias reglas para diferenciarse del rugby. Ese partido enfrentó a Inglaterra contra una selección de estrellas mundiales a la que no quiso asistir Pelé, pero sí Masopust. De pie están Puskas, Djalma Santos, Pluskal, Yashin, Popluhár, Schnellinger, Jim Baxter, Masopust, Eyzaguirre y Šoškić. Y agachados, Raymond Kopa, Denis Law, Di Stefano, Eusébio, Gento y Uwe Seeler. Casi nada.

Hasta 1968 el régimen comunista había prohibido a Masopust salir a jugar al extranjero, pero para entonces había alcanzado el rango de mayor del ejército y, como recompensa por sus servicios, pudo disputar sus dos últimas temporadas en Bélgica, dándole la oportunidad de ganar, por fin, un poco de dinero. Con 37 años fichó por el Crossing Molenbeek de la segunda belga, como jugador-entrenador, y pronto los ascendió a la máxima categoría. Se retiró con 38 y luego fue entrenador del Dukla, del Brno (al que hizo campeón) y seleccionador nacional.

En 2003 fue reconocido como el mejor futbolista checo del siglo XX por su propio país y, en 2011, su club, el Dukla, le construyó una estatua a las puertas del estadio, algo que recibió con la humildad de siempre: “Yo solo soy uno más de los muchos que han vestido esta camiseta”Josef murió en 2015, en su modesto piso de las afueras de Praga -donde en algún estante reposaba el pequeño trofeo dorado-, siendo recordado para siempre como el gran caballero del fútbol. No fue Antonin pero, siendo justos, nuestra revista también podría haberse llamado Masopust.