Este texto está escrito por Miguel Llorente, socio-fundador de AktuaLiderazgo.

25 de marzo, 8:16 de la mañana, me encuentro en el Templo de Sensoji en Asakusa, el templo más grande de Tokio y uno de los más antiguos del país.

Las calles están prácticamente vacías, algún trabajador en bicicleta y un silencio acogedor hace que me vaya fijando en todo lo que me rodea hasta llegar a mi destino. En medio de edificios y cruces, aparece la majestuosa puerta de los truenos o también llamada Kaminarimon, es la primera parte del templo y me decido a entrar. Ya hay visitantes que acuden a la misma hora que yo, pero el número yo creo que no supera los quince y eso hace que todo se pueda disfrutar de otra manera. Me fijo en la arquitectura, en los jardines, en las tiendas aún cerradas, pero lo que más me llama la atención es la manera de actuar de algunos visitantes. Después de caminar y recorrer la parte principal, decido pararme y observar detenidamente los movimientos estratégicos y cíclicos de algunos de ellos.

Repartidos por el complejo, hay pequeños templos de similares formas y tamaños, siempre de menor altura que una persona, con figuras de Buda o con incienso recién encendido por las tempranas horas. Observo a un hombre que como si de un recorrido mental o mantra se tratara va acudiendo a cada uno de estos puntos realizando siempre la misma acción, pies juntos, manos en forma de oración, dos reverencias y una vez ha terminado, con cierta prisa, se dirige hacia el siguiente. El mismo ritual lo repiten una anciana, una pareja de recién casados y un joven, al que observaré desde su llegada hasta su marcha. El joven, además de juntar los pies, colocar sus manos para la oración y hacer dos reverencias, al terminar se dirige a la figura de Buda y una vez ha repetido todos los pasos, comienza a acariciarle lentamente la cabeza, los brazos y las rodillas, con suma delicadeza y pausa. Mientras le miro, puedo sentir que para el joven ese momento posiblemente sea uno de los más importantes del día, y en ese instante pienso…¿Quién soy yo para juzgar una manera de hacer las cosas que repite un pueblo sin diferenciar edades o género? ¿Acaso no es la cultura de un país el bien más preciado que tiene?¿Qué pasaría si tuviéramos que formar parte de esta cultura y, desde nuestra ignorancia y ego occidental, intentáramos cambiarla?

Me resulta inevitable comparar la conducta de los ciudadanos de Tokyo durante esa mañana, con las conductas de cualquiera de los equipos que podamos conocer. Los equipos comparten costumbres, rutinas, roles, identidad y pertenencia. Tanto una cultura como un equipo son ecosistemas formados por personas que sienten, piensan y se emocionan habitualmente por las mismas cosas y que requieren y se merecen un respeto a la hora de decidir formar parte de ellos.

El papel del entrenador en el caso de un equipo o el del visitante en el caso de un país lo considero de vital importancia para el desarrollo de ambos y sostengo que hay dos maneras de posicionarse. La primera es una manera ególatra, altiva y fanfarrona…”Yo sé más que vosotros”, ”hacedme caso a mi que yo sé de qué va esto”, sin tener en cuenta lo que había hasta su llegada y pensando que los integrantes de este grupo humano son simples instrumentos para alcanzar sus propios objetivos, pasando por alto costumbres, religiones, idiomas, procedencias y en definitiva maneras de hacer de un conjunto que muy posiblemente ya funcionaba antes de la llegada del nuevo entrenador. La segunda opción es una opción más observadora, humilde y de acompañamiento: “Vengo a aportar mi granito de arena, desde mi experiencia”, ”yo aprenderé de vosotros y si queréis vosotros de mí”, pasando a ser uno más del equipo y sabiendo aprovechar lo positivo de las dos partes. Un entrenador que ofrece ayuda si la necesitan, que evita caer en el “síndrome del experto” y que ante todo respeta y valora lo que había antes de su llegada.

El exceso de ego se alimenta de la ignorancia, de creer que sólo hay una manera de hacer las cosas y que además es la única correcta.

Yo, de momento, me quedo en el Templo.