Curiosa manía moderna, la de mezclar fútbol y política. Afortunadamente, son cosas del deporte de hoy. Como un peinado de Neymar o una celebración de Griezmann. Modas pasajeras. ¿Te imaginas que esto hubiera pasado hace 40 años? Qué absurdo hubiese sido. Hombres hechos y derechos, con bigote y pelos en las piernas -así eran los futbolistas de los 70, claro-, dejándose llevar por veleidades políticas, con gesto preocupado ante las páginas de un periódico, pensando en usar su popularidad para mandar un mensaje, sin miedo a traicionar su único y sagrado cometido de dar patadas a un balón para entretener al respetable.

 

Mira qué bonito y blanco ha sido el Mundial de Rusia. Y qué pinta tiene el que viviremos en Catar. Luces, fiesta, espectáculo y emoción. Sin sangre. Tan ideal como si se jugara en 1978

 

Imagínatelo. Qué se yo… Que un día de diciembre de 1976, en los meses convulsos posteriores a la muerte del dictador Franco, Iribar y Kortabarria, capitanes del Athletic y de la Real Sociedad, respectivamente, se las hubieran apañado para hacerse con una Ikurriña, llevarla hasta el estadio de Atotxa y saltar al césped antes de un derbi vasco portando un símbolo que todavía no había sido legalizado en España. Imposible. Tanto como que un año antes, pongamos que el día de los Santos Inocentes de 1975, la directiva del FC Barcelona que comandaba Agustí Montal introdujera de forma tan discreta como ilegal un millar de banderas catalanas en las gradas del Camp Nou para que ondearan durante un Barcelona-Real Madrid, desatando así una reivindicación catalanista clandestina protagonizada por miles de personas. Impensable; qué desorden, qué manera hubiese sido esa de desviar la atención de un gran espectáculo deportivo, de manipular a una pobre gente que solo quería disfrutar del encuentro y desconectar un par de horas. Absurdo. Tan poco probable como que el Real Madrid tuviese en sus filas a un lateral izquierdo alemán cuyas tendencias políticas corrían por esa misma banda. Que hasta se dijera por ahí, con más o menos precisión, que el tal Breitner era maoísta. Acabáramos, esa sí que es buena: jugadores dando que hablar por sus tendencias políticas. Para, para, que me da la risa.

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Qué egoístas, los que hoy en día exigen a los futbolistas que levanten un poco más la voz ante las injusticias, que les preguntan a los cracks si no tienen algo que decir de los sucesivos terremotos políticos que nos sacuden sin parar. ¿Acaso lo harías tú si estuvieras en su lugar, con tanto que perder? Menudo escándalo se hubiese montado si en la Chile de hace 45 años, un futbolista -¿Caszely, por ejemplo?-, consciente de la fuerza de su imagen y de su popularidad, se hubiese atrevido a negar el saludo a Pinochet. Nada de eso, la política para los políticos. Si hablas demasiado, luego no te quejes si te pitan. No haber salido del redil.

Disfrutemos del fútbol como el gran espectáculo que es. Qué mejor manera de alejarnos de todo lo que nos rodea y de olvidarnos de que existe el mundo. No caigamos en las manías modernas que nos llevan a politizarlo todo. Mira qué bonito y blanco ha sido el Mundial de Rusia. Y qué pinta tiene el que viviremos en Catar. Luces, fiesta, espectáculo y emoción. Sin sangre. Tan ideal como si se jugara en 1978.