Y llega un día en el que somos los peores, un desastre, algo despreciable. El Mundial se acaba y nos sacudimos con algo de vergüenza, como si lleváramos encima aún los restos de una extraña cogorza. Pero nuestra memoria, selectiva, se habrá encargado de traicionarnos cuando empiece la siguiente Copa del Mundo. Cuatro años y asoma otro torneo. Y de nuevo esa enorme representación a pequeña escala de la vida, el teatro de las emociones resumido en unas cuantas sedes y en decenas de partidos que dejan mucho que desear. Es solo un mes, pero en esos 30 días se nos presenta un ganador, muchos perdedores y un puñado de sonrientes mediocres que se conforman con lo que tienen. Normal, que lo llamen Mundial, si funciona con las leyes que rigen el mundo; muchas más lágrimas que sonrisas y, aun así, la ilusión se renueva de forma natural, madura en cuatro años y brota al principio de un verano en el que la mayoría volverá a comprobar lo que significa ser los peores.

En las últimas semanas hemos leído noticias de hinchas egipcios que se hipotecan durante años para poder ver un solo partido en el regreso de su selección al Mundial; historias uruguayas de tiendas de televisores que prometen abonar al comprador el total del precio del aparato si a la Celeste le da por ganar su tercera Copa del Mundo; encuestas rusas en las que solo un 4% creen que pueden ver a su país campeón pero en las que la gran mayoría de ciudadanos están ilusionados ante el inminente inicio del torneo. Etc. Ilusionarse, hipotecarse o lanzarse al consumismo feliz cuando uno tiene escasas posibilidades de éxito es tan humano que enternece. Es como creer en ese gallo que no podía perder, según aseguraba el coronel de la novela de Gabriel García Márquez. Pero suponte que pierda, le cuestionaba su mujer. Todavía faltan cuarenta y cinco días para empezar a pensar en eso –dijo el coronel.

Lo sabemos. Sabemos que Rusia blanqueará sus contradicciones rublo a rublo. Denunciamos que los estadios están construidos con sangre y explotación. Que en un contexto geopolítico como el actual, el Mundial es un arma propagandística más. Sabemos, en definitiva, que la FIFA mercadea con nuestros sentimientos. ¿Y qué hacer al respecto? Si mirásemos para otro lado y nos ausentáramos de participar en la función que se representa cada cuatro años, de algún modo nos estaríamos rindiendo. Y aquí nadie se rinde. Porque nos robaron el fútbol, pero aún no nos han desposeído de nuestras ilusiones, aunque sean tan absurdas, aunque solo haya una posibilidad de éxito entre 32, aunque lo más probable sea que volvamos a ese lugar amargo en el que fuimos los peores. Que nos llamen locos, porque estamos cuerdos. Y mientras tanto qué comemos, preguntó, y agarró al coronel por el cuello de franela. Lo sacudió con energía. Dime qué comemos. El coronel necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder: Mierda.