En la Eurocopa de 2004, Grecia le ganó dos veces a Portugal. La opinión pública europea, si es que existe tal cosa, aplaudió con entusiasmo tras el primer triunfo, el del modesto sobre el anfitrión y favorito, en el duelo inaugural. Qué simpática y agradable Grecia, qué bonita manera de empezar el campeonato, qué bien nos lo íbamos a pasar. Pero cuando tres semanas después los helenos volvieron a derrotar a los portugueses, esta vez en la final, a mucha de esa gente el plan ya no le parecía tan divertido. ¿Sonrisas o muecas de desaprobación? He ahí la diferencia entre ser un simpático animador o una amenaza al poder. El antifútbol, el antifútbol, exclamaba el coro, apuntando a documentos repletos de estadísticas de posesión y tiros a puerta, como si señalaran al mismo Hades. ‘Anti’, por cierto, es un prefijo que viene del griego ἀντι. Incluso para descalificarlos tenemos que pedirle ayuda a los griegos.

2004, qué año. Si el deporte sirve para insuflar optimismo a los pueblos, el siglo XXI había empezado feliz para el griego, que ignoró a los críticos y celebró, claro, el milagro de la Eurocopa portuguesa, escasas semanas antes de que el mundo posara sus ojos en Atenas para vivir unos Juegos Olímpicos que volvían a casa 108 años después de su primera edición moderna, 28 siglos más tarde de aquellas competiciones de origen ancestral y mitológico en honor a Zeus. Y Europa, que no había respirado olimpismo desde Barcelona, celebraba a Grecia y a la ingeniosa y simpática mediterránea como algo suyo, una madre común.

Contradiciendo a los charlatanes que han proliferado entre tanta desgracia ajena, hay que tener claro que ‘crisis’ es una palabra desagradable. Los griegos lo saben: crisis, κρίσις, es también un término que ellos mismos nos prestaron. Un concepto tras el que se han escondido miles de historias de fracaso personal y colectivo y que ha servido para justificar medidas económicas desalmadas. Crisis es el título de un capítulo de la historia contemporánea que todavía no se ha cerrado, en el que valores que parecían sustentados en columnas irrompibles han empezado a tambalearse. El país heleno, al que se aplaudía desde el norte a principios de siglo, como en aquel partido inaugural, es el mismo que en los años recientes, cuando de su dolor ha podido surgir una amenaza, se ha visto humillado y rebajado, como tras aquella final, aquella fiesta a la que no estaba invitado el establishment. Y la preocupante violencia y el caos eclipsan en el imaginario mundial, también en los terrenos de juego, a sus bondades culturales; pues en la Europa oficial y conservadora se prefirió observar la aparición controlada de viejos monstruos antes que ver desatadas nuevas esperanzas ingobernables. Pero Grecia sigue siendo Grecia. Y δημοκρατία, ‘democracia’, naturalmente, sigue siendo una palabra griega. Eso sí, el tipo que les dio la alegría de sus vidas se llama Otto Rehhagel y es un (anti)entrenador alemán. Sucedió en 2004, aunque parece que fue hace 28 siglos. Pero Grecia, claro, sigue siendo Grecia.