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Durante años, la Real Sociedad vivió una sucesión de fenómenos extraños. Los títulos se le caían de las manos, siempre, inexplicablemente, como en una vieja maldición. ¿Iban a quedar las palabras de Julián Comet grabadas en el destino por los siglos de los siglos? Comet era un francés afincado en San Sebastián que había sido el precursor del ciclismo local. Un entusiasta que se sintió despechado al ver como ‘su’ velódromo, ideado para la práctica del Club Ciclista de la ciudad, se convertía en un escenario a medida de la nueva y pujante fiebre del fútbol que encarnaba esa flamante Sociedad. “Jamás serán campeones”. Esa fue, cuentan, su frase. Y durante años, la sentencia de Comet sobrevoló la ciudad cada vez que la Real acariciaba una Copa. Las oportunidades, tan caras de conseguir, se malgastaban una detrás de otra. En la final de 1913 los realistas jugaron hasta tres encuentros en casa del Barcelona para decidir el campeón. En el primero, empezaron ganando y acabaron empatando al límite del tiempo (2-2); en el segundo, mucho ruido y pocas nueces (0-0) y una prórroga inviable por falta de luz; en el tercero, otra vez en el Camp de la Indústria, la Real se adelantó con un penalti que encendió los ánimos de los locales, que acabarían remontando (2-1). La pesadilla se repitió en 1928. Esta vez más cerca de casa, en El Sardinero. Pero, de nuevo, el Barcelona. Otra vez, con tres partidos. En el primero, se adelantaron los catalanes y empató la Real (1-1), mientras Alberti imaginaba en la grada versos para el meta azulgrana Platko; en el segundo, con prórroga, 1-1; en el tercero, victoria culé (3-1) y otra Copa que se esfumaba. Y en 1951, en Chamartín, otra vez una final. Otra vez el Barcelona. Y otra derrota (3-0).

 

“Jamás serán campeones”. Esa fue, cuentan, su frase. Y durante años, la sentencia de Comet sobrevoló la ciudad cada vez que la Real acariciaba una Copa

 

Las maldiciones solo existen mientras se cumplen. Una vez se acaban, se convierten en viejas anécdotas agrupadas por la casualidad. También en el fútbol. Pero que no sean inmortales, no significa que no existan. Vaya si existen. Son como la propia vida, o blancas o negras, solo las mata su propia negación. La Real lo consiguió, gracias quizá a que su historia es la de una reafirmación constante. De unos valores propios, transmitidos de padres a hijos, del colectivo al individuo, de la cocina a la mesa, de la cantera al primer equipo. En el imaginario blanquiazul, puede que no gusten las pistas de atletismo, pero no representa un problema enfrentarse a una dura ascensión. Un esfuerzo hecho cultura que quizá beba de ese espíritu ciclista del que se había impregnado también el fútbol de la ciudad, que cosechó su primer título, la Copa de 1909, bajo el nombre de Ciclista FC. En 1981, el año en el que la maldición de Comet acababa con un gol de Zamora que daba en Gijón la primera Liga a la Real, se ponía en marcha la Clásica de San Sebastián, prestigiosa carrera de un día que año a año trae a algunos de los mejores ciclistas a la capital guipuzcoana. Donostia, una ciudad en la que, cosas de la vida, hoy la bici esprinta y el fútbol ve acercarse su turno, con una ilusión creciente, impaciente, incierta. Y en algún lugar, sonríe el espectro de Comet.