Andrés Albalate López lleva años trabajando como profesor en un instituto público, normal y corriente. Y como en todos los institutos normales y corrientes, en su clase siempre ha habido ese típico grupo de alumnos, frecuentemente ocupando la retaguardia del aula, que no atendían en sus clases. Cada vez que él comenzaba a explicar las sorprendentes aventuras que habían vivido los míticos héroes griegos en tantas y tantas guerras, se levantaba un zumbido al que le seguían las risas y que irremediablemente desembocaba en la temida desconexión. Por más agon que Andrés Albalate le ponía a la lección, no lograba conectar con esos alumnos. Por más entusiasmo que le imprimía a su discurso, no conseguía engancharles al tema. Y eso, cuando un profesor ejerce la docencia por vocación, duele.

Ni las batallas a muerte de Aquiles, ni el reinado de Agamenón, ni la fuerza de Héctor, el domador de caballos, ni siquiera los increíbles viajes de Ulises. Nada motivaba a ese grupo de alumnos. Andrés Albalate comenzó a darle vueltas a la cabeza para encontrar una forma de atraerlos, de hacerles amenas sus clases, de no convertir sus lecciones en simples datos a memorizar. Resumiendo: una manera de que se vieran reflejados en esas historias. Y un día, tras muchas vueltas, cuando menos lo esperaba, la frase de Homero que quizás mejor resumía el alma de la Antigua Grecia —“El hierro, por sí solo, atrae al hombre”—, le vio a la cabeza. Y una pregunta le sobresaltó: ¿Qué es lo que mueve el alma en nuestros tiempos líquidos? ¿Qué historias sobrecogerían a los alumnos del siglo XXI? La respuesta llegó botando a su mente: las que se jugaban con un balón.

De hecho, pensó, el fútbol siempre había mantenido una estrecha relación con la guerra. Solo había que atender a la manera de hablar de sus alumnos: Tras un medido pase de la muerte, decían, el killer había fusilado al portero con un disparo que se había colado por la escuadra como un obús. Hojeando un periódico, podía leerse que en tal partido se había bombardeado el área rival. Que los interiores entraban como puñales por la banda mientras los defensas se atrincheraban en su campo. Que se habían roto cinturas o se habían quebrado rivales a pesar de los férreos marcajes de la línea defensiva. Que los arietes encañonaban si los defensas bajaban la guardia, o, en caso contrario, disparaban a quemarropa. El lenguaje del fútbol era, sin duda, bélico. ¿Por qué no comparar las batallas campales con las deportivas?

de_aquiles_a_zidane_7919_6FZGGOxu.jpg“Se me ocurrió analizar distintos episodios futbolísticos a la luz de una serie de textos clásicos”, explicó.  Y así lo hizo. Aquellas clases en las que mezcló partidos épicos y guerras clásicas, héroes mitológicos y futbolistas, triunfaron entre sus alumnos. Gracias a un balón, se había obrado un pequeño milagro en un instituto público, normal y corriente: incluso ese pequeño reducto de alumnos rebeldes escuchaba atentamente, desde las antípodas del aula, las historias de hierro y cuero de Andrés Albalate. Tiempo después, decidió adaptarlas para conformar el libro De Aquiles a Zidane. Ensayos sobe fútbol y literatura clásica.

La recopilación se abre con la final de Copa de 2011 entre el Barça y Real Madrid, aquella que pasó a la historia no por su fútbol sino por el dedo de Mourinho en el ojo de Tito Vilanova y el consiguiente bofetón del entonces entrenador culé. A Andrés Albalate, aquel partido, le recordó a una escena clásica. Pero con un significado totalmente opuesto: Príamo y Aquiles habían tenido la elegancia deportiva de suspender la guerra para que el rey troyano pudiese enterrar a su hijo, Héctor, al que el propio Aquiles había dado muerte. Ni rastro de esa deportividad entre merengues y culés cuando, en le entrega de trofeos, los blancos no saludaron al campeón. Con aquel gesto, los jugadores comandados por Mourinho (y también sus rivales) se hubieran desprendido del deportista para volver a su condición de humanos, de igual manera que Aquiles y Príamo enfundaron sus espadas para mostrar la parte más humana de su alma de guerreros. Aunque solamente fuese hasta la próxima batalla.

Un Piacenza Calcio contra Livorno que se cerró con gol de Lucarelli, Andrés Albalate lo convierte en fábula a través de la historia de Ulises y Calipso. Un clásico de los cincuenta entre Nacional y Peñarol, con Obdulio Varela exigiendo al árbitro que expulsase a sus compañeros si jugaban sucio, lo explica a través de la mítica batalla entre Héctor y Ajax. El cabezazo de Zidane a Materrazzi en la final del Mundial. Aquel dramático partido de Copa de 2008 en el que Rubén de la Red cayó fulminado al césped. Las amenazas de secuestro a George Weah. El inolvidable Mundial de Sudáfrica que ganó la selección española. Todos estos partidos y jugadores encuentran un eco en antiguas historias clásicas.

Y con ellas, Andrés Albalate enganchó a sus alumnos utilizando el fútbol como habían hecho los griegos con el mítico caballo de Troya: tras años de infructuosos asedios sin lograr premio, camuflados en el vientre del caballo, lograron al fin traspasar las infranqueables murallas de la ciudad. Gracias al balón, Andrés Albalate enseñó a sus alumnos cómo los héroes antiguos manejaban el hierro con la misma pasión que los futbolistas el balón. Gracias a los héroes modernos del cuero, les descubrió quiénes eran sus antepasados. Porque, al fin y al cabo, en las historias de aquellos guerreros viven las mismas pasiones que, en nuestra época, afloran en el césped de un estadio. Ya lo había dicho Eduardo Galeano: el fútbol, a sol y a sombra, refleja nítidamente la sociedad donde lo juegan los hombres, además de sus miedos y sus pasiones.

“De este modo”, escribió Andrés Albalate en De Aquiles a Zidane, “el fútbol y la literatura, cuando se viven con auténtica pasión, cuando se experimentan con el máximo grado de entusiasmo, comprometen nuestra subjetividad en términos de identidad y libertad, esas dos pasiones antagónicas que toda persona alberga en su seno”. Incluso esos alumnos sentados al fondo del aula a los que nada parece interesar.