Guerra y fútbol son dos conceptos que no suelen ir cogidos de la mano. Históricamente, cuando un pueblo se ha visto afectado por un conflicto bélico, la decisión de guardar la pelota es la más lógica y recurrente. El destrozo de estadios, la militarización de los futbolistas y, sobre todo, la vida de los contendientes, son razones de peso para que el deporte se tome un respiro involuntario hasta que las aguas vuelvan a su cauce. Pasó con la Segunda Guerra Mundial, obligando a la FIFA a suprimir los Mundiales de 1942 y 1946 y, del mismo modo, también ocurrió en España cuando estalló la Guerra Civil el 18 de julio de 1936. Empezaban tres largos años de agonía para los españoles.

Con la Liga detenida por completo, a medida que las tropas sublevadas iban ganando terreno a los republicanos, se disputaron diversos torneos regionales por la península. Las dos Españas divididas no se enfrentaron en el césped en esos años. Mientras los golpistas reunieron a una selección de futbolistas para organizar dos encuentros ante Portugal, con sendas derrotas en Vigo y Lisboa, en territorio republicano se disputaba la Liga Mediterránea, compuesta por clubes de la Federació Catalana de Futbol y de la Federación de Fútbol de Levante, aunque solo contó con una edición al quedar Catalunya aislada del resto de zonas republicanas en 1938, una situación por la que ya había pasado el País Vasco un año antes. Con una Álava sublevada y una Guipúzcoa que contaba las horas para verse dentro de territorio rebelde, solo Vizcaya se mantenía firme ante los ataques del general Emilio Mola, dirigente de las operaciones militares rebeldes en el norte, donde la mayor parte de la población seguía apoyando a la República. Fue entonces, en abril de 1937, cuando el primer lehendakari José Antonio Aguirre, uno de los responsables de la creación del Estatuto de Autonomía Vasco de 1936 y referente dentro del Partido Nacionalista Vasco (PNV), tomó diversas medidas para la resistencia de la poca Euskadi republicana que quedaba en pie y para salvaguardar la vida de sus paisanos. En una decisión conjunta con el Gobierno de la República, más de 30.000 niños fueron evacuados desde diferentes puntos del mapa español hacia Francia, Bélgica, Reino Unido o la Unión Soviética entre otros países.

La otra idea de José Antonio Aguirre iba relacionada con el fútbol. Gran amante como era de este deporte —había sido jugador del Athletic— congregó a los mejores futbolistas vascos para formar una selección competitiva en una gira europea durante la Guerra Civil. Buscaba recaudar fondos de cualquier manera, las tropas enemigas eran cada vez más próximas y Bilbao necesitaba recursos para resistir a los ataques venideros y también con el propósito de propagar en favor de la República lejos de las fronteras españolas. Bajo la dirección de Pedro Vallana, entrenador del histórico Arenas de Getxo, una formación de grandes futbolistas mayoritariamente venidos del Athletic y de otros clubes como Barcelona, Real Madrid, Arenas de Getxo o Atlético de Madrid, empezaban una gira por diversos países del continente europeo. En la portería contaban con Gregorio Blasco y Rafael Egusquiza; Serafín Aedo, Pedro Areso y Pablo Barcos conformaban la zaga vasca; para la medular Leonardo Cilaurren, José Muguerza, Pedro Regueiro, Roberto Echevarría, Ángel Zubieta y Tomás Aguirre eran los elegidos; y las posiciones de ataque estaban reservadas para José Iraragorri, Emilio Alonso, Isidro Lángara, Luis Regueiro, Chirri II, José Manuel Urquiola y Guillermo Gorostiza.

En marzo de 1937 iniciaron una peregrinación que les llevaría a jugar por una decena de países. La primera parada fue Francia y el comienzo no pudo ser más prometedor. A finales de abril disputaron su primer encuentro ante el Racing de París, que se saldó con un contundente 0-3 gracias a los goles de Isidro Lángara, por aquel entonces jugador del Real Oviedo. El siguiente duelo también acabó con una aplastante victoria, esta vez por 1-5 ante el Olympique de Marsella. El paso de aquella selección por territorio francés finalizó con otros dos partidos ante el mismo Racing de París, con una victoria y un empate. Durante sus primeros días fuera de sus casas, la selección vasca vio desde la lejanía el bombardeo a Gernika, cuando la Legión Cóndor nazi y la Aviación Legionaria de la Italia fascista sembraron el pánico entre la población republicana.

Tras su periplo por Francia, llegaría una breve estancia en Checoslovaquia, donde sumó sus dos primeras derrotas —3-1 ante el combinado nacional y 2-1 contra una selección de futbolistas de Praga—, y en Polonia, saliendo victorioso frente a la selección de Silesia. La siguiente parada fue la Unión Soviética, donde una recepción por todo lo alto esperaba a aquella escuadra, símbolo del republicanismo que apoyaba por aquel entonces el país soviético. Aclamados como héroes, en tierras rusas permanecieron durante un largo periodo y disputaron nueve encuentros en los que abarrotaban estadios. Lokomotiv, Dinamo de Moscú —en dos ocasiones—, Dinamo de Leningrado, Dinamo de Kiev, Dinamo Tbilisi, selección de Georgia, Spartak de Moscú y Dinamo de Minsk fueron los rivales del equipo dirigido por Pedro Vallana, que dejó un balance de siete victorias, un empate, una derrota y una visita muy especial a los ‘niños de Rusia’, aquellos pequeños vascos que, como muchos otros, partieron hacia tierras lejanas al inicio de la guerra. Mientras pasaban los encuentros, el interés por enfrentarse a la selección vasca seguía creciendo alrededor del mundo, pero las buenas noticias no eran las únicas que llegaban a la expedición. Durante su paso por Rusia, el 19 de junio de 1937 recibieron la noticia de que Bilbao había sido tomada. Ni el ‘Cinturón de Hierro’ ni los defensores republicanos pudieron frenar al bando sublevado. Después de un breve periodo por Noruega y Dinamarca, donde también se les recibió con agasajos y ofreciéndoles todas las comodidades, México les convenció para cruzar el charco y Euskadi aceptó, aunque Gorostiza y Echevarría se quedaron por el camino para volver a casa. América esperaba.

A finales de 1937 la selección del País Vasco llegaba de nuevo a Francia para partir hacia el Nuevo Mundo. Llegaron a México tras hacer escala en Nueva York, La Habana y Veracruz. Orizaba, Guadalajara y la selección azteca fueron algunos de los rivales de Euskadi en su estancia en el país, donde ganaron los diez encuentros que jugaron. Como en su paso por diversos países del Viejo Continente, a los chicos de Pedro Vallana les llovieron las ofertas. Los mejores clubes argentinos de aquella época —Boca Juniors, River Plate, San Lorenzo, Racing de Avellaneda e Independiente— no querían perder la oportunidad de medirse a aquel conjunto que causaba sensación allá por donde pisaba y los vascos no pudieron resistirse a seguir con la causa que les había llevado a dar vueltas por el mundo en busca de recaudar fondos para los suyos. Esta vez, a diferencia de lo vivido anteriormente, no hubo recepciones, homenajes ni fiestas en Argentina, sino que se les negó el permiso para jugar porque la España sublevada se ganó la oficialidad de la FIFA y se encargó de ensuciar la imagen de aquella selección vasca, hasta el punto de jugarse la inhabilitación por parte del máximo organismo del fútbol si seguían adelante con su gira. Sin poder jugar en tierras argentinas, México esperaba de nuevo, pero antes hicieron un alto en el camino para disputar encuentros en Chile y Cuba, llegando a jugar en campos de béisbol.

En su vuelta a México, donde su fútbol dejó muy buena imagen y con el reconocimiento de la hinchada azteca, se les planteó una oferta que no podían rechazar. Gracias a la inestimable ayuda de Ángel Urraza, un empresario vasco que había llegado años atrás a México, se convenció a la Federación Mexicana de Fútbol para que ese equipo jugase la Liga Mayor de 1938/39. En un fútbol que aún no había dado el salto al profesionalismo, se encontraron con dos equipos que en el campo serían rivales, pero con los que compartían orígenes, el Club España y el Club de Fútbol Asturias, dos de los mejores clubes mexicanos por aquel entonces. Inscrita como Club Deportivo Euzkadi —con ‘z’, como le gustaba a Sabino Arana—, la selección vasca partía como la gran favorita para llevarse un campeonato compuesto por siete equipos de México DF en el que ya había clubes de renombre como el América, el Atlante o el Necaxa.

Después de un gran inicio, con sendas goleadas por 7-1 a Atlante y Marte, la primera derrota llegó ante el Necaxa en el tercer encuentro. Durante el transcurso del campeonato, Asturias y Euzkadi se jugaron el título hasta la última jornada, en la que una derrota de los vascos por 7-2 contra el España les apartó de la lucha por el primer puesto. Con siete victorias, un empate y cuatro derrotas, el Euzkadi se quedó a tan solo dos puntos del conjunto de origen asturiano en su única temporada en el fútbol mexicano. Al finalizar la Liga Mayor, el Club Deportivo Euzkadi se disolvió dejando para el recuerdo una travesía que les llevó a jugar un sinfín de partidos para luchar por su tierra, hundida y resquebrajada por culpa de la Guerra Civil española. Pocos de ellos, con la guerra ya concluida, creyeron que era el momento de volver a su hogar, pero muchos se vieron seducidos por la idea de permanecer en esas tierras que les había dado un nombre lejos de sus casas. Los hermanos Regueiro se alejaron del césped para iniciar una nueva vida de negocios en México; Isidro Lángara, la figura de aquella selección vasca, se fue a San Lorenzo de Almagro con Zubieta, Iraragorri y Emilio Alonso; River Plate firmó a Blasco, Cilaurren, Aedo y Areso; y otros acabaron en las filas del Asturias y el España. Concluyendo así la historia de un grupo de futbolistas que, con un balón de por medio, solo quería la libertad y el bienestar de su pueblo.