Once años y siete meses, 4.230 días o 101.520 horas. El tiempo es el mejor reflejo de la libertad y su ausencia, supone el mayor golpe a los derechos fundamentales de todo ser humano. Colombia convivió más de medio siglo en un sendero de acoso, sangre y muerte desde una selva que cobijaba el terror. Un insensible aliado que fue superado por una radio, sus voces relatando fútbol y la indescriptible imaginación de sus goles. Esta es la historia de un grupo de cautivos y de cómo su amor al fútbol les hizo sobrevivir porque “no existe lugar donde se griten los goles con más fuerza que en la selva”.


 

“El 1 de noviembre de 1998 estaba trabajando en la ciudad de Mitú. Hacia las 4:45 de la mañana, 2.000 integrantes de esta agrupación terrorista de las FARC, incursionaron lanzando cilindros bomba y armamento pesado como bazucas, morteros, granadas o ametralladoras. Fueron asesinados 17 compañeros míos, varios civiles fueron sacados de sus viviendas y fusilados allí en la vía pública y a 61 de nosotros, nos secuestraron”. Es Luis Mendieta, teniente coronel del ejército colombiano. Su cara, aún mustia al retroceder en el tiempo y con una mirada ciertamente profunda, habla sin necesidad de palabras. A semanas de cumplir 40 años, su vida giró eternamente aquella madrugada de ‘La Toma de Mitú’ en la que arrancaba un secuestro que, en días, era cautiverio y, en semanas, era la peor de sus pesadillas.

“Nos atan con cordeles, de las manos y del cuello. Nos llevan en fila, unos detrás de otros. Nos embarcan en lanchas y nos llevan río arriba. Fueron unos días y, a las dos semanas de no tener ropa nueva, de llover, de arrastrarte por la selva, llegamos a un lugar más grande, donde dormíamos en el suelo intentando tapar tu cuerpo con unos plásticos”, recuerda, intentando ser detallista y marcando claramente cada paso como un proceso que iba complicándose con el paso de los días. “A los dos meses, nos llevaron a lo que ellos llaman la Zona de Distensión, que es la zona que el presidente Pastrana le había cedido a las FARC. Allí, nos construyeron unas jaulas de concentración similares a las de los campos de concentración nazi. Con ese sistema, utilizando maderas, alambre, mallas y bajo el sistema de encierro, nos dejaron años”, realza la voz. Luis, que demuestra agallas al casi ni pestañear con la descripción, sí muestra con el paso de los minutos una herida profunda, que lejos de marcarse en su piel, como tantas otras muestras que adornan su cuerpo, se detecta en su corazón. Y es que allí, destaca, “ya no sólo era intentar imponerte al drama del encierro, sino a todo tipo de ametrallamientos, misiles, bombas… porque sabían que el ejército intentaba rescatarnos, aunque aún no sabemos ni cómo sobrevivimos”.

 

“Tras mucho años sin visitas, llegó un representante del Defensor del Pueblo que nos trajo unas radios. Eran cuadradas. Y desde ese momento, nuestra ‘panela’ nos hacía compañía y ya no estábamos solos”

 

Lo que el exterior no es capaz de analizar y tomar en cuenta en este tipo de pesadillas, es que los cautivos están privados de la libertad en toda su extensión: “Sufríamos vejaciones, golpes, palizas, desprecios, situaciones infrahumanas como tener que orinarte encima cientos de veces, pero además, nos quitaron el derecho a los colores, al movimiento, al ritmo, a la música, a las conversaciones… a la vida más allá de lo que imaginas que representa en tu día a día antes de llegar a la selva”. Una sensación que, al menos, empezó a girar favorablemente cuando, un día, apareció entre ellos un objeto que iba a convertirse en su esperanza y al que llamaron la ‘panela’: “Durante años, no tuvimos visita de nadie pero, en un momento, llegó un representante del Defensor del Pueblo (mediadores en muchos de estos cautiverios para liberaciones o negociaciones) que nos trajo unas radios. Eran cuadradas. Y desde ese momento, nuestra ‘panela’ nos hacía compañía y ya no estábamos solos. No nos dejaban todo el día y a veces, cuando sabían que podían interceptarnos, nos obligaban a apagarlas. Eso sí, entre los cautivos empezamos a crear auténticos medallistas en lanzamiento, puesto que necesitábamos elevar al máximo los cables de nuestra antena con un mecanismo que, bajo una toma de tierra, nos permitiera sintonizar diferentes emisoras allá en la selva”, explica con una sonrisa que demuestra que, desde aquél día, habían logrado una pequeña victoria.

Y si podían escuchar noticias o música, podían reconectar con la vida y, desde luego, con ‘su’ fútbol. Entre los cautivos, por aquél entonces 38 en aquella Zona de Distensión, se crearon diferentes rituales futboleros y, un día, Enrique iba a empezar a formar parte de ello. Una situación tan negativamente extrema como agradablemente impactante en un contexto único: “De repente, alguien dijo: ‘Vamos al estadio’. Nos miramos varios pensando qué idiotez estaba intentando decirnos. No era tontería. El estadio era una reunión donde se conectaba la ‘panela’ (radio), formábamos un círculo entre todos para poder escuchar los partidos de nuestro equipo. La ‘canchita’ era un espacio de selva mínimamente acondicionado respecto al resto del campamento. Era mirar el partido a través del oído. Cerrábamos los ojos y nos imaginábamos el césped desde allí sentados, como si estuviéramos en nuestra butaca del estadio. Y en el momento de los goles, era lo máximo. Todos gritando. Aparte de la emoción de que nuestro equipo lograra un gol, representaba nuestro desahogo de gritar en la selva y sacar toda esa energía negativa que teníamos en nuestro organismo”, sonríe como si aún estuviera gritando interiormente los goles que llegaban desde la urbe que tanto añoraban.

“La realidad es que uno de esos goles lo grité con todo lo que tenía dentro y noté que otros compañeros de cautiverio también se dejaban todo por festejarlo. Eran de mi mismo equipo, eran de Millonarios. Allí empezó una amistad eterna”, apunta, recordando que Enrique Murillo (capitán de policía) y Alan Jara (gobernador del Meta y alcalde de Villavicencio), se iban a convertir desde entonces en inseparables. Un trío que creció a base de lamentos, sinceridad, crueldad y…por supuesto, fútbol. Pronto, aquellas tardes de radio convirtieron al relator (el gran Paché Andrade), en su más querido amigo pues, además de narrar las jugadas de Millonarios de Bogotá en las tardes plácidas de goleadas y en las noches amargas de derrota, siempre encontraron en él una voz que les mandaba fuerzas: “Antes de cada partido rezaba a Dios por ellos, pedía en antena que alguien les ayudara, que nadie más le privara de la libertad y prometí que jamás dejaría de hacerlo mientras uno de los cautivos que existían en toda Colombia, siguiera en aquella pesadilla”, nos cuenta en El Enganche el propio Paché (una voz radiofónica simplemente brutal).

“Allí no se ve el cielo, no se ve el sol, no hay estrellas y aunque parezca increíble, la selva es muy ruidosa. Siempre está la incertidumbre de si se vive el minuto siguiente, la hora siguiente, el día siguiente. ¿Estaré vivo mañana?”, se cuestiona Mendieta, mientras nos recalca que aquella vieja radio les otorgó “esperanza” pues (relanza la voz) “imaginad que estamos allí sentados, en silencio, escuchando el partido y, de repente, marca gol tu equipo. Es un éxtasis… No hay otra parte del mundo donde se canten mejor los goles que en la selva”, asegura intentando mantener la compostura.

El fútbol había traído fe, convicción, credibilidad y fuerzas adicionales para intentar sobrellevar su calvario pero, además, ciertas gotas de diversión entre los cautivos: “Empezamos a apostar porque allí cada uno de nosotros tenía sus colores y, al menos, salían 10 equipos favoritos diferentes entre todos. Y como no había dinero, apostábamos aquellas pequeñas cosas que nos molestaban de cada día. Lavar las ollas, limpiar algún baño, acomodar las jaulas, incluso alguna vez pilas, que eran el bien más preciado entre nosotros y que muy pocas veces nos daban los guardias. Un día grande, de clásico bogotano, había el grupo que animaba a Santa Fe y el grupo que éramos hinchas de Millonarios. Aposté con el sargento Arbey Delgado la lavada de 50 ollas a quién ganaba y…¡le gané!”, apunta con orgullo. Aunque también recuerda que había partidos que se convirtieron en una historia interminable: “Una noche, señalan un penalti en un Millonarios contra Cúcuta donde había mucho en juego. Apenas faltaban minutos para el final y, de repente, un avión pasó por nuestras cabezas y se fue la señal. Los guardias no querían dar ninguna pista de nuestro paradero y se apagaba todo. Cuando nos dejaron oír de nuevo, habíamos perdido el partido”, lamenta.

 

“El fútbol era algo para conversar y salir de la monotonía. Nos permitía alejarnos del cautiverio, discutir, enojarnos o sonreír”

 

Muchos partidos y goles pasaron durante tantas noches y, al cabo de 11 años y 7 meses, Luis Mendieta, como Enrique Murillo, iba a salir de la selva. No con un pacto tranquilo, sino con un rescate militar que pudo costarles la vida por enésima vez: “Una mañana, vi comportarse muy raro a un perro de uno de los guardias. Estaba inquieto. Me fijé en él un rato y, de repente, se puso a ladrar efusivamente. Unos segundos después, empezaron a escucharse disparos y bombardeos. Yo había ideado varios lugares donde intentar la huida o poder escondernos si se daban esas situaciones, y así lo hicimos. Pese a tener cadenas al cuello, nos escondimos entre los arbustos o en el agua, casi ahogándonos y logramos sobrevivir”, explica con increíble detalle, sin dudar y decidido, como si de nuevo estuviera atravesando esa última batalla en una lucha que había llegado a su fin.

“Si ustedes los periodistas están durante la semana analizando el fútbol, pues nosotros allí teníamos el mismo tema para poder alegrarnos. Era algo para conversar y salir de la monotonía. Nos permitía alejarnos del cautiverio, discutir, enojarnos o sonreír entre nosotros”, explica sobre la importancia, vital, clave, única, de una radio que les devolvía a la vida a través del fútbol. “Aquellos momentos eran únicos. Nunca el fútbol puede haber llenado tanto a nadie como lo hacía con nosotros. Por eso, cuando hoy me preguntan por mi equipo y ahora que puedo ir a disfrutarlos cada partido al estadio, ironizamos entre nosotros y nos decimos… Vámonos ‘pa’ la selva otra vez…”.

* Luis Mendieta, Alan Jara y Enrique Murillo, siguen desempeñando diferentes puestos del ejército, policía o política de Colombia y representan el ejemplo más potente de la resistencia del pueblo colombiano a las FARC, que fue desintegrada pocas semanas después de mantener la conversación que da forma a este reportaje.


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