“Prendido a tu botella vacía. Esa que antes, siempre tuvo gusto a nada. Apretando los dedos, agarrándome, dándole mi vida a ese paravaavalanchas”. Sería complicado imaginarse cómo sería Andrés Calamaro sin canciones con estas letras cargadas de simbolismo, derrotismo, angustia, bohemia y depresión. Sería complicado imaginarse a Calamaro sin su Estadio Azteca. Este tema, que ya ha alcanzado el calificativo de “himno” por los aficionados a su música, es un ejemplo de vida incomparable para todos los que alguna vez rascamos –como él mismo- el fondo de la botella y pudimos sobreponernos gracias a la ayuda de los acordes proyectados por su ahumada voz. Bajo la férrea barrera de sus inmortales gafas de sol aguarda una forma de entender la vida muy diferente a la que cualquiera puede imaginar. Una perspectiva algo obtusa de la realidad. Dejando de lado la corrección política que tantas veces nos ata a los prejuicios. A él ya no le queda nada por probar ni por hacer, sus 56 años de locura desenfrenada dan fe de ello. Con su personalidad indómita, forjada a golpes, ha vivido durante muchos años en una burbuja decadente en la que –como su amigo Diego Armando Maradona- demuestra que del eclecticismo extremo -lleno de imperfecciones-, a veces, brotan cosas extraordinarias.

 

“Es una canción que dice mucho más de lo que parece. Habla del exilio, de la muerte, del fútbol, de los hinchas, de la droga, del corazón que tenemos y que no tenemos”

 

En numerosas ocasiones le han catalogado como una especie de Dylan porteño, pero él va más allá. Es la magia de la literatura clásica, llena de escenarios traumáticos, llevada a la música. Es borgiano en cuanto a lo idealista de su obra, bukowskiano por lo caducos que pueden llegar a ser sus juicios y, como Kerouac, está inmerso en un constante camino lleno de excesos en el que el  rock ’n’ roll es el leitmotiv de su forma de entender la vida. Todo esto queda sintetizado en Estadio Azteca. Una oda al recuerdo del fútbol de un tiempo pasado, a muchos kilómetros de distancia, que evoca con el sabor amargo de la melancolía, las sensaciones y sentimientos causantes de todo aquello que nos marca -en un sentido u otro- a lo largo de la vida, desde la infancia hasta la madurez.  Su amigo Marcelo Scornik –autor de la letra de la canción- le cedió el tema para que hiciera de él, una bohemia obra de arte. “Siempre ha estado iluminada. Estadio Azteca fue un momento de inspiración muy especial de Marcelo Scornik, y también de la música. Es una canción que dice mucho más de lo que parece. La letra es misteriosa, no se puede explicar. Cuenta la historia personal de Marcelo pero, a través de él, la de toda la Argentina. Habla del exilio, de la muerte, del fútbol, de los hinchas, de la droga, del corazón que tenemos y que no tenemos”, explicó Calamaro en una entrevista a Página 12.

El propio Scornik, precisamente, ante ese aire melancólico que desprende su canción, confesó lo que sentía en el momento de su composición: “¡Se había terminado la botella! De allí en adelante todo fue una vorágine de recuerdos sanctos y non sanctos, de infancia de golosinas y de cancha de fútbol. Canchas que conocí al llegar a México con toda la carga del exilio a cuestas. Me saca de la Argentina y sólo me escapo para estar en el medio de una hinchada futbolera”. De esa misma hinchada que a finales de los ’80 y principios de los ‘90 sentía una ferviente sensación de pertenencia a su combinado nacional de fútbol. De esos recuerdos de infancia que enseñaron a toda una generación de argentinos que lo mejor es remar a contracorriente para la consecución de cualquier meta que puedas lograr, a riesgo de poder quedarte en la orilla –como en el Mundial de Italia’90- o tocar el cielo, como en el Mundial de México’86.  

Este tema, como no, tiene mucho que ver con ‘El Diego’, principal figura de esa insaciable argentinidad de finales del siglo pasado. Compañero de fatigas de Calamaro y al que, en sus horas más bajas, le dedicó uno de los temas más icónicos y descriptivos de su obra: Maradona. Esta canción es, sin duda, un homenaje al potrero argentino, concepto que la conocida como ‘voz del millón de dólares’ ilustra con el contenido de sus temas. Siempre ha sido un músico noctívago, excéntrico, adicto al psicoanálisis y a la retrospección de su alocada juventud en cada entrevista que concede. Le gusta mirar desde el balcón del tiempo, siempre que puede, y recordar todo aquello que le ha hecho ser el artista que es a día de hoy.

 

“De allí en adelante todo fue una vorágine de recuerdos sanctos y non sanctos, de infancia de golosinas y de cancha de fútbol. Canchas que conocí al llegar a México con toda la carga del exilio a cuestas”

 

Ya son 14 años desde el lanzamiento de este tema y sus ecos todavía hoy resuenan en todo el mundo. Su letra, ambigua hasta el extremo, da pie a multitud de interpretaciones, a cada cual más brillante que la anterior, demostrando así la maestría de Calamaro a la hora de adoptar la semiótica y el simbolismo como herramientas habituales de trabajo. Y, en este caso, utiliza un santuario del fútbol mundial -el Estadio Azteca- como epicentro de todas sus neuras balompédicas.

Nunca se llegará a desvelar el significado real de su letra. Una metáfora referente a sus problemas con las drogas, el recuerdo pasado de una gran Selección Argentina que asustaba a todo el Mundo, que coronó la cima de la atmósfera fútbol –precisamente en el Estadio Azteca- y que queda muy lejos de lo que es hoy o simplemente, la inocencia de un niño que entra por primera vez a un campo de fútbol. O todo junto. Tal vez por eso, este tema no es uno más. Rompe con todo lo establecido y crea un vínculo entre el oyente y el cantante que va más allá de lo terrenal, que deja de lado todo lo material que se da en la vida y estrecha vínculos emocionales con lo intangible. Casi onírico. Por ello, alcanza el calificativo de “himno” y deja atrás la etiqueta de canción. Es el relato de un músico golpeado por su vida que, después de caminar mucho tiempo en el alambre, consigue salvarse de la más absoluta decadencia. Como un gol en el descuento que te salva de descender. Calamaro, con todos sus defectos, deja su condición de persona para ser hincha y brinda la oportunidad, a todo el planeta fútbol, de compartir, durante los cuatro minutos que dura la canción, esa argentinidad opaca tan suya que esconde en su mirada; detrás del muro implacable que son sus oscuras gafas de sol.