La llegada de Ramón Rodríguez Verdejo, ‘Monchi’, a la Roma para ejercer de director deportivo del club italiano provocó un enorme revuelo cuando desveló la retirada a final de temporada -tras 25 años en la entidad- de Francesco Totti, il capitano. A pesar del ostracismo al que le ha condenado el técnico Luciano Spaletti, el buque insignia romanista pretendía continuar vistiéndose de corto un año más. Sin embargo, en el ‘nuevo proyecto’ ideado por el billonario emprendedor norteamericano James Pallotta -máximo accionista del club desde hace tres años- no hay sitio para Totti. A pesar de que el cuarentón se veía con fuerzas para seguir jugando, la decisión de los dirigentes romanistas ha precipitado su retirada.

El hecho de verse la próxima temporada vistiendo una camiseta que no fuera la giallorossa provocó pavor en el hasta ahora máximo goleador de la historia de la Roma.

Totti es un emblema del club, no por su talento, ni por sus más de 200 goles marcados con la camiseta de I Lupi, tampoco por el hecho de ser el capitán del equipo desde 1998. El veterano futbolista es venerado en la Città Eterna porque se ha mantenido siempre fiel a los colores de la Roma desde que debutara con el primer equipo en 1993. Un hecho, común en el fútbol de antaño, que cada vez es menos frecuente. Por desgracia, este fútbol moderno que todo lo corroe a base de billetes, ha convertido a los llamados One Club Men, aquellos futbolistas que han iniciado y acabado su carrera profesional en un mismo club, en una rara avis.

El dinero que mueven los fichajes ha incidido en los movimientos de jugadores. Desde las categorías formativas hasta las profesionales, los futbolistas son víctimas de un constante mercadeo, cual venta de esclavos 2.0, aunque en su caso también saquen tajada de las transacciones.

Esta vorágine provoca que niños y chavales en edad escolar que despuntan con un balón en los pies estén más pendientes de encontrar un agente que de formarse como personas y deportistas. No vamos a descubrir ahora el poder del dinero, pero sí que es preciso comprobar cómo su incidencia en el fútbol va más allá de salvar a un club en bancarrota o facilitar la construcción de instalaciones. El dinero va mucho más allá, penetra en el fútbol base, en las estructuras federativas y en las ligas profesionales para acabar con las esencias del deporte, a las que desvirtúa al primar por encima de todo el éxito y no el simple gozo que supone participar. En un contexto de creciente individualismo, lo único que importa es ganar, conseguir el mayor número de patrocinadores o convertirse en la imagen pública de cuantas más marcas mejor. En eso se está convirtiendo el fútbol, en una competición ‘no deportiva’ por obtener el mayor lucro y rédito posible a un juego. Aquel deporte de equipo que antes muchos sentían como algo cercano, próximo, imprescindible en su día a día, por el que se desvivían los fines de semana, que les amargaba un domingo y les alegraba el siguiente, que era parte de nuestra infancia-adolescencia-edad adulta ya no existe. Se fue junto con Arconada, Ablanedo, Górriz, Rubio, Camarasa, Cuartero, Gajate, Fran, Julen Guerrero, Juanma, Larrañaga, Soler, Ceballos, Pikabea, Puyol y tantos otros. Futbolistas que se mantuvieron ajenos a ofertas tentadoras, intermediarios depredadores, directivos codiciosos o traspasos suculentos. Todos ellos finalizaron su trayectoria profesional en el club de su vida. Habían crecido con sus colores, se habían emocionado cuando siendo unos críos les regalaron su primera camiseta, la misma que vistieron con orgullo durante años. Con la cabeza bien alta más allá de victorias o derrotas. Ahora aquellos ‘futbolistas de club’ son otra víctima del fútbol moderno. Por eso el anuncio de la retirada de Totti ha cosechado consensos inéditos. Cuando, más allá de la rivalidad existente, las hinchadas adversarias le muestran respeto, es que algo de aquel fútbol del pasado pervive y se resiste a desaparecer del todo. Quizás lo honren por confesar que, más allá de no verse nunca vistiendo otra camiseta, lo que realmente angustiaba al ídolo romanista era lo complicado que le resultaría explicar un traspaso a otro club a sus hijos. Massimo rispetto! Larga vida a los One Club Men.