Pocos viandantes se percataron de las dos cruces pintadas a tiza en el andén de la estación parisina de Michel Ange-Molitor, mientras, apresurados, entraban en el vagón antes de que arrancase el tren. Muy pocos sabían que señalaban el lugar desde donde, la tarde anterior, el periodista Jacinto Miquelarena se había lanzado a las vías.

En ABC escribieron que, debido a un paro cardíaco, desfalleció y cayó a las vías aquel 10 de agosto de 1962. Otros, en cambio, defendieron la tesis del suicidio. Lo único cierto es que, meses antes, le habían diagnosticado un cáncer incurable y que, la fatídica tarde, en el bolsillo, apareció una carta para Luis Calvo, director de ABC, en la que le responsabilizaba de su muerte. El periódico había emprendido tiempo atrás una campaña de desgaste y muy lejos quedaban las alabanzas que, en 1934, le llovían en las páginas de crítica literaria con motivo de la publicación de Stadium. Notas de sport«Miquelarena es, ante todo, nuestro acaso primer cronista y crítico del deporte en toda su gran significación y amplitud adquiridas: crítico y cronista, que junta a sus ingénitas dotes para exponer y enjuiciar».

Padre del periodismo deportivo

Miquelarena solía decir que viajar era un sport que se practicaba en el stadium del mundo. Él lo ejerció desde muy joven, estudiando en el extranjero. De vuelta en Bilbao, a principios de los 20, dirigió el diario Excelsior, el primero dedicado íntegramente al deporte. En 1928 acudió como corresponsal a las Olimpiadas en Ámsterdam, y sus crónicas lo consagraron. Dos años más tarde, se trasladó a Madrid porque ABC le entregó la sección Páginas Deportivas, Notas del día. Y en la capital dirigió, además, el semanario Campeón, referencia hasta el comienzo de la guerra.

Fútbol, rugby, ciclismo, tenis, alpinismo, cross, atletismo. Ningún deporte escapó a sus aforismos, a sus sentencias lapidarias

Como el resto de españoles, al estallar el conflicto, eligió un bando: se convirtió en miembro fundacional de la Falange y puso su pluma al servicio del Régimen colaborando incluso en la composición del Cara al sol. Y ejerció como miembro en la nueva Federación Española de Fútbol. Al hilo del partido entre España y Portugal del 28 de noviembre de 1937, escribió: «En la guerra, el más rezagado de los combatientes es todavía más valiente que el hombre de la retaguardia. En el deporte, el que llega el último en la carrera es más veloz que los espectadores. Es este el clima que ha de darse en el deporte de la nueva España que forja el Imperio».

A punto de terminar el conflicto, el 28 de diciembre de 1938, salió a las destrozadas calles de España el primer número del semanario deportivo Marca. Su primera portada, una joven rubia de aspecto germánico saludando bajo el titular: Brazo en alto a los deportistas de España. En el interior —junto a una extensa entrevista a Jacinto Quincoces o las declaraciones de Moscardó, presidente del Comité Olímpico—, un artículo de Miquelarena: «El fútbol era durante la República una orgía roja de las pequeñas pasiones regionales y de las más viles. […] Estaba haciendo política sin saberlo. […] Tenemos los cadáveres del enemigo; el del esquizofrénico del off-side y del penalty, el del cronista deportivo del chisme».

En ABC, el 4 de mayo de 1939, pocos días después de la victoria franquista, escribió contra esos cronistas que «continúan ofreciéndonos esas maravillosas pruebas de mal gusto —en cualquier tiempo— que son los pseudónimos extranjerizados de Sprint, Guidon, Carburateur, Penalty, etc. Probablemente conviene saber que los que han caído por Dios y por España han caído muy orgullosos de su Pérez, de su García o de su Martínez. Y que por eso han caído precisamente».

Aunque el deporte nunca ha entendido de política, todos los movimientos han tratado de adueñárselo. Sin embargo, poco importa el bando político para entenderlo, y Miquelarena demostró, antes de la guerra, ser uno de los primeros cronistas que se dio cuenta de su importancia para la modernidad que había traído el nuevo siglo. «Ya no es un juego al margen», escribió. «El sport penetró en nuestra vida para empaparla de sentido sportivo. Los negocios son un juego y hay que saber ganar y perder. La política es un juego y hay que saber perder y ganar».

Stadium. Notas de sport

Fútbol, rugby, ciclismo, tenis, alpinismo, cross, atletismo. Ningún deporte escapó a sus aforismos, a sus sentencias lapidarias. En Stadium. Notas de sport (1934), Miquelarena reivindicó la juventud y sobre todo el sentido sportivo: que la caballerosidad frente al rival se aplicase a la vida, a la política, a los negocios, al amor. «El lado práctico del sport es lo menos importante del sport», escribió. «Es la disciplina en las victorias y en las derrotas lo que importa. Es la audacia por la audacia. Es la lucha porque sí».

Stadium llegó a las librerías cuando el fútbol español apenas había cumplido la treintena pero ya se había colgado al cuello una medalla de plata en las Olimpiadas de Amberes. Miquelarena tenía claro que, a pesar de la afamada “furia roja”, «el fútbol divide al mundo en dos partes: a un lado están los británicos; al otro, los demás. En el lado de los demás son los uruguayos y argentinos los que actualmente practican un juego de mayor belleza». No le asombraban ni técnicas colectivas ni individuales. Era partidario de un juego directo, preciso y veloz porque «la belleza del fútbol está más bien en el jugador que mata sus deseos de correr la pólvora y va desnudo a la velocidad». Apreciaba el fútbol que solo buscaba el goal, sin rodeos de pases, sin desistir en el avance por muchos rivales que se interpusieran en el camino. «No hay más fútbol que uno: el fútbol. El que brota del césped sin otro destino que la realización del score».

Como Unamuno, fue acérrimo enemigo del sport contemplativo, ese que tenía más que ver con el congac y el puro que con el sudor y el aliento de los pulmones. Entre los gestos impertinentes y lugares comunes de este tipo de aficionado, aborrecía «al hombre que destroza su laringe en un partido, obligado a ayudar al equipo a cuyos pies ha puesto, por lo visto, el honor de su familia». Y añadía: «El monstruo se dirige principalmente al árbitro, y este es su error fundamental. Porque el árbitro es todo el fútbol, y sin árbitro no podría existir este juego».

Tampoco eran de su agrado cierto tipo de periodistas que, en lugar de explicar el juego, justificaban los lances siempre con sus colores en mente: «Para el cronista que no sabe perder, el tanto de los suyos fue conseguido por medio de un “tiro imponente de Miguelín”. Los dos tantos de los de enfrente se debieron, en cambio, “a indecisiones de nuestra defensa”». Sin embargo, no eran estos periodistas los que más dañaban el deporte. En su opinión, «la enfermedad del deporte es la competición. Son las medallas, son las copas; es, en fin, todo lo que mide y calibra el esfuerzo, recompensándolo con una escala de premios que se parece a una tarifa».

En un tiempo en el que pocos hombres lo hacían, también se acordó de las mujeres, aquellas pioneras a las que «el sport ha arrancado de la mecedora, de la tristeza del canario y de los tiestos». Las había visto competir en las Olimpiadas de Ámsterdam. Y aunque Pierre de Coubertin se «muestra hostil a la intercalación de la gracia femenina en las competiciones de hombres», escribió, fue en la capital holandesa donde las mujeres comenzaron a saltar las altas barreras que las separaban de los hombres. Mientras la llama olímpica brillaba por primera vez, las 277 mujeres de 46 países se reivindicaron en las pistas de atletismo, en los bancales de arena, blandiendo la espada en la esgrima, siempre «sin perder al mismo tiempo esa feminidad tan marcada en la mujer, precisamente cuando más intenta copiar al hombre».

«Hay un tópico de que la mujer deportista pierde la feminidad», escribió Miquelarena. «Sucede, sin embargo, todo lo contrario. El sport la llena de encantos nuevos, esencialmente femeninos». Y añadió: «La mujer gana horizontes con el sport. Adquiere dimensiones nuevas».