Un club no son solamente sus jugadores, por mucho que se les santifique. Ni mucho menos su presidente, aunque compre el trono. Lo que verdaderamente lo engrandece son los miles de feligreses que ocupan las butacas cada domingo para empujar con aliento renovado a sus jugadores. Ellos son el espejo donde se mira el club, y la Real Sociedad puede presumir de un reflejo muy literario.

Uno de sus ilustres aficionados, no en vano, fue el poeta Gabriel Celaya. Siendo un crío, veía cómo se colaban los balones en la fábrica de su padre. Mugica tenía una sede pegada a Atocha, y muchos pelotazos rompían los cristales de las ventanas. Los balones se amontonaban en la conserjería porque su padre se negaba a devolverlos, a no ser que pagasen un cuantioso rescate: cinco duros por cada uno. Celaya miraba a aquellos hombres en pantalón corto y sus ojos de niño los convertían en dioses con botas. Muchos años después, siendo ya un poeta de pelo cano, escribió el poema Mi Real Sociedad para que sus gestas nunca se olvidasen. Yurrita, Jauregui, Izaguirre y Arrate correteaban por los versos que recitó emocionado en los actos conmemorativos del 75 aniversario del club:

«Camisolas azules y blancas volaban
al aire, felices, como pájaros libres,
asaltaban la meta defendida con furia».

El día de su muerte los jugadores txuriurdines saltaron al campo con brazaletes negros por la muerte del poeta. Celaya había sido fiel a los tres amores de su vida: Amparitxu, la poesía y la Real Sociedad. Y los tres estuvieron presentes el día de su boda: el poeta encontró su mejor poesía en los ojos de Amaparitxu, y a su Real en el brazo de Eduardo Chillida. El escultor, arquero de la Real en la temporada de 1943, ofició de padrino del enlace. Celaya recordaba aquel campeonato porque supuso la vuelta a Primera de los blanquiazules, pero también por la retirada de su amigo el Gato Chillida, lesionado tras un golpe fortuito en un córner. El 14 de febrero Chillida se quebró un hueso, pero también se rompió la relación de amor de un portero con la geometría de su portería. En un amistoso contra el Real Madrid, fue sustituido y nunca volvió a ponerse bajo palos.

Pero no solo sus paradas pusieron destellos de arte en el césped de Atocha. Una década después, el cineasta Elías Querejeta chispeó endiabladamente por sus bandas. Contaba José Antonio Marín Petón que desde muy pequeño destacó con el balón entre los pies. O entre los zapatos, porque Querejeta era el único niño que no se los quitaba para disputar los interminables partidos en la playa de La Concha. Y también el único que no sabía nadar aunque, en los pasillos de la banda, se moviese como pez en el agua: «Regateaba, buscaba al adversario y le escondía la pelota para enseñársela luego, ya superado», escribió Petón. «En lugar del gorrazo descarado para ponerla en la olla, era muy partidario del pase exacto, delicado y por abajo».  

Se retiró con 23 años y se pasó al cine, pero esa ya es otra película. Entre sus pocos goles, algunos muy bien escogidos: al Barça y al Madrid, sobre todo a este, les dejó dos perlas de su arte. El mismísimo Di Stéfano se lo confirmó antes de sacar de medio campo en el segundo tiempo: «Qué golazo, pibe». El astro argentino afirmaba que el mejor jugador de la Real era el mayordomo del campo, Amadeo Labartaque antes del partido inundaba con maestría las zonas del campo donde florecía el juego del Madrid, y a los merengues les costaba evitar el naufragio en su visita a Donosti. Labarta había sido jugador txuriurdin, había participado en los JJOO de Amberes, y le cantaba coplas flamencas al césped de Atocha.

En las primeras filas de la grada era habitual ver al cocinero Karlos Arguiñano pinchando con la punta del paraguas a los linieres que levantaban el banderín más de lo necesario. Pero el que ponía destellos en el cielo de Atocha era Patxi Alcorta. Cada vez que los locales marcaban, salía corriendo del estadio y prendía la mecha de dos cohetes que atronaban en todos los rincones de Donosti. Así son los goles: un estruendo de alegría que se expande y puede poner la piel de gallina a alguien que solo escucha su eco. Si marcaban los visitantes, Patxi, anfitrión siempre elegante, les dedicaba un solo cohete. Y a veces hasta regalaba txapelas a los deportistas que pasaban por su taberna, el Irutxulo. En sus últimos días, los jugadores de la Real fueron al hospital y le obsequiaron con un balón firmado. Aunque falleció sin ver cómo alzaban los dos títulos de Liga a principios de los 80, él les había regalado la palabra txapeldun años antes.

Su sobrino, el periodista Ander Izaguirre, contó en Mi abuela y diez más que también comenzó a jugar al fútbol durante las mareas bajas de la playa de La Concha. Se enfundaba su camiseta naranja del Santo Tomás Lizeoa con el número 13 a la espalda y trataba que sus piernecillas de ciclista no le temblasen cuando le acechaba el balón. Siempre le apasionó más montar en bicicleta pero, aun así, mantuvo una estrecha relación con la Real Sociedad desde que su abuela le preparase una bandera, atando un trapo blanquiazul a un palo, para festejar la Liga del 82. Y creció en el viejo estadio: «En Atocha pasé una infancia solitaria, estoica y feliz […] Atocha olía a selva. Se mezclaba el tufo fermentado y dulzón del mercado de frutas con el aroma fresco de la hierba recién regada y el humo de los puros».

Su primer recuerdo es la celebración en casa de sus abuelos del mítico gol de Zamora que les dio una Liga en el último suspiro. Aquella década se cimentó la leyenda de una Real invencible en Atocha, ese estadio que se transformaba en caldera donde no solo la lluvia y el barro y el frío hacían temblar las piernas de los visitantes; las gradas estaban pobladas por unos hinchas que podían mordérselas si se iban solos hacia la meta local. Aquella épica, y el ruido infernal de Atocha, dejaron paso a las tardes de eterno y cansino y agotador txirimiri en Anoeta. Los amigos de Ander, con los años, dejaron de acompañarlo al estadio. Y, con el temido descenso al infrafútbol, se quedó solo con el crujido de las pipas durante el partido, y el de las páginas de un libro, en los descansos.

Uno que le hubiese hecho buena compañía es la novela de Rafael Jiménez Inchaurrondo Blues, donde uno de sus pequeños protagonistas se llama Ander, y como él, es un apasionado del balón que creció con aquella legendaria Real de los Zamora, Arconada, Satrústegui, Idígoras y López Ufarte. Y sueña que, un día, defenderá el escudo de la Real contra viento y marea, una y otra vez, como el Peine del Viento resiste los envites del tiempo en la playa de Ondarreta, ola tras ola, ola tras ola.


*Fotografía de Martín, Vicente. Colección Foto Car. Fototeca Kutxa.