CHELSEA 4-4 LIVERPOOL (14-04-2009)
8.7Excelente
IMPORTANCIA8
EMOCIÓN9.5
TÁCTICA7.6
ESPECTÁCULO9.7

Curtido en mil y una contiendas, el árbitro que en 2006 le chivó a Elizondo la agresión de Zidane a Materazzi y que, unos años antes, había visto volar cabezas de cochinillo, se descubrió resoplando más de la cuenta, nervioso. Los Mundiales, los Clásicos… Pronto serían recuerdos. Y, por lo tanto, dolerían. Pero no había tiempo para mirar atrás. El himno de la Champions le devolvió a la realidad. Miró al cielo, activó el reloj de pulsera y sopló con fuerza el silbato. Habían anunciado tiempo estable en Londres y, en efecto, aquella noche, en Stamford Bridge, solo llovieron goles. Luis Medina Cantalejo, del colegio andaluz e internacional desde 2002, pitó el último partido de Liga de Campeones de su carrera un 14 de abril de 2009. El mismo día, pero en Sevilla, sus tres hijas celebraban que ya solo faltaba un mes para recuperar a papá.

Hay rivalidades históricas, modernas y coyunturales. Pero estas últimas, fruto del azar de los sorteos, pueden acabar convirtiéndose en historia del fútbol moderno. Chelsea y Liverpool. Liverpool y Chelsea. La reputación europea contra el emergente dominio nacional. La superioridad moral del burgués contra la fanfarronería del nuevo rico. Así se ‘repasaban’, de arriba a abajo, como dos macarras mascullando en voz alta, estos dos clubes ingleses desde que en 2004 aterrizaron en sus respectivos banquillos dos de los técnicos más influyentes del siglo XXI. José Mourinho lo apostó todo al azul. Rafa Benítez, al rojo.

 

Hay rivalidades históricas, modernas y coyunturales. Pero estas últimas, fruto del azar de los sorteos, pueden acabar convirtiéndose en historia del fútbol moderno

 

Mientras el entrenador portugués insuflaba al conjunto de Londres una competitividad nunca antes vista en la Premier, el español convertía el ‘You’ll never walk alone‘ en un grito de guerra por toda Europa. Ambos equipos se las tuvieron tiesas en Inglaterra, cruces de declaraciones incluidos, pero fue en la máxima competición internacional donde libraron las batallas más recordadas. Ya en el curso de su debut se midieron en las semifinales de la Champions, con victoria del Liverpool gracias a un solitario gol de Luis García que, de haber existido el ojo de halcón, probablemente habría sangrado de exigencia. En la siguiente edición, una situación inédita -el Liverpool era el vigente campeón y había que colocarlo entre tanto inglés- les emparejó en la fase de grupos. De nuevo se impondría la igualdad: dos empates a cero más tensos que la cuerda de una guitarra y que, en cualquier caso, les valdrían para acceder a octavos. En la 2006-07, y por tercera vez consecutiva, Chelsea y Liverpool volverían a verse las caras. De nuevo en unas semifinales. De nuevo con el cuadro de Benítez ‘tocado’ por una varita mágica. 1-0 en cada campo y Pepe Reina agigantándose en los penaltis. Con la rabia de una deuda no saldada, el destino reservaría al Chelsea una nueva reválida en las semifinales de la 2007-08. Por primera vez, eso sí, sin Mourinho. Y también por primera vez, con el viento de cara. En una prórroga de infarto, los de Avram Grant lograron, al fin, eliminar a los ‘reds’ y acceder a una final continental. En el duelo decisivo, sin embargo, el United se encargaría de privarle a la capital inglesa su primera Liga de Campeones.

Para la 2008-09, el hoy presidente de la FIFA, Gianni Infantino, volvió a juntar las bolas de la discordia. Esta vez el show más ‘caliente’ de Europa se avanzaba a unos cuartos de final, provocando, al fin, una eliminatoria a tumba abierta. En Anfield los de Benítez caerían por 1-3 -por primera vez en este intercambio de golpes un rival iba a meterle mano al otro por más de un gol-. Y en Stamford Bridge, el día en el que Medina Cantalejo empezaba la cuenta atrás como árbitro profesional, acabaría por desatarse la tormenta perfecta.

4-4: la magia de un empate

Es, hasta la fecha, el último partido en el que se han enfrentado ambos conjuntos en el torneo más prestigioso de Europa. Y supone, aun con el paso de los años, una de las más bonitas montañas rusas futbolísticas vividas nunca en esta competición. El epitafio perfecto para una rivalidad descarnada, obsesiva y llena de matices tácticos. El cierre ideal para una serie que en su último capítulo desplegó sus mejores efectos especiales y cosechó su máxima audiencia.

En total fueron ocho goles, cuatro por bando. Y en 90 minutos el Bridge experimentó todos los estados anímicos posibles. La incredulidad de ver a Cech -sí, Cech- comerse un gol de falta lateral de Fabio Aurelio -sí, Fabio Aurelio-. La frustración tras el 0-2, antes de la media hora, que dejaba al Liverpool a un gol de la machada. Y el éxtasis de una remontada momentánea -para el 3-2- previo al miedo de un 3-4 que dejaba nuevamente a los ‘reds’ a tiro de épica.

Este tipo de duelos no se explican. Se sienten. Y nadie sintió más en aquel búnker ‘blue’ que Frank Lampard, el añorado capitán que recientemente anunció su retirada de los terrenos de juego. A falta de John Terry, sancionado, el centrocampista inglés fue el portador del estandarte, el psicólogo al que todos acudieron aquel día para frenar los impulsos autodestructivos a los que invitaba el choque. De sus botas nacieron la mayoría de ataques locales, también los que acabaron con dos goles suyos. El último, en el 89 y con beso al escudo incluido, brindó a sus aficionados la última de las sensaciones que tuvieron que sobrellevar: la tranquilidad.

Aunque una lesión muscular impidió que su homólogo ‘red’, Steven Gerrard, le disputara el trono en la medular, el Liverpool de Benítez aplicó su receta preferida: orgullo y acento español. Reina en la portería, Xabi Alonso en el centro y Fernando Torres en punta. El segundo fue agarrado en el área por Ivanovic, héroe de la ida con dos tantos en Anfield, y Medina Cantalejo, su compatriota, no dudó en señalar penalti. El tolosarra no falló. El buen arranque de los visitantes se fue difuminando a partir de la segunda mitad: la zaga empezó a sufrir lo indecible -Arbeloa y Carragher acabaron desquiciados- para frenar las cabalgadas de Drogba, Anelka y Malouda, mientras Mascherano, que había puesto a prueba a Cech, era sustituido por Albert Riera, que aun tuvo tiempo de poner en la cabeza de Dirk Kuyt el último gol de su equipo. Antes, había sido un afortunado disparo desde fuera del área de Lucas Leiva el que había aplacado el arrebato de ira de los de Londres tras la reanudación. Primero Drogba, con un remate de puntera; después Álex, con un violento libre directo; y finalmente Lampard, tras finalizar una gran jugada del delantero costamarfileño, habían logrado darle la vuelta al marcador.

Aunque el partido terminó con el Liverpool volcado -Essien sacó sobre la línea un disparo del francés N’Gog en el descuento-, el 4-4 ya no iba a moverse. El resultado final (7-5 en el global) le dio al subcampeón de Europa el pase a las semifinales. Y aunque en aquella ocasión tampoco pudo levantar la ansiada ‘Orejona’, seguiría armándose de razones para conquistarla unos años más tarde. Al Liverpool, en cambio, la eliminación le asestó un golpe del que sigue recuperándose. No ha vuelto a superar una fase de grupos de la Champions. Eso, cuando ha logrado acceder a ella.

Luis Medina Cantalejo se retiró cuatro semanas después de aquel partido. Lo hizo a lo grande: primero, dirigiendo la última final de la Copa de la UEFA de la historia, con victoria del Shakhtar Donetsk. Y posteriormente, el 13 de mayo, pitando la final de la Copa del Rey con la que el Barça de Guardiola abriría su ciclo ganador. Fue el broche de oro a una carrera en la que pocos destacarán aquellos 90 minutos de puro fútbol entre Chelsea y Liverpool. Él sí. Porque los árbitros también son capaces de disfrutar del espectáculo. Y porque entre una orgía de goles y lo que tuvo que vivir el siguiente colegiado que apareció por Stamford Bridge en la Champions, hay demasiadas diferencias. A veces es cuestión de suerte, de tenerla o no tenerla. Pero en el fondo, Ovrebo era un motivo más por el que la familia de Luis celebró tanto su desvinculación definitiva del mundo del silbato. La belleza del fútbol es también una oda al sufrimiento.