Todos los partidos que valen un título, con el tiempo, acaban dándose la vuelta, de modo que su final pasa a ser su principio, y viceversa. Que nadie dude que dentro de unos años, tal vez décadas, cuando a algún bebé actual le dé por acercarse al fútbol y se interese por lo que sucedió en aquel lejano verano del 2016, lo primero que encontrará en Google será la foto de un puñado de portugueses eufóricos levantando la Eurocopa en el palco de Saint-Denis. A partir de ahí, si le da la gana, podrá intentar sacar sus propias conclusiones, en un juego absurdo a la vez que maravilloso. ¿Quién habrá sido el máximo goleador? ¿Quién lo habrá bordado en la final? ¿Habrán expulsado a alguno en los últimos minutos? Por la cara que pone este calvo yo diría que…

En ocasiones no entiendo por qué destinamos tantos esfuerzos en explicar lo que ya ha pasado, cuando una puñetera fotografía nos ahorraría gestos y saliva, los cuales podríamos invertir en contar lo que sucederá o lo que no ha sucedido, que por otra parte generalmente resulta más interesante. Tirando de fotos, yo he driblado muchos tipos de cansancio, como por ejemplo el emocional. Recuerdo una finta prodigiosa que en ese sentido me marqué hace algún tiempo. Tan prodigiosa, de hecho, que cada día me parece más ajena. Por aquel entonces yo estaba saliendo con una chica a la que le gustaban las películas en las que aparecían coreanos. Ese detalle es intrascendente, pero lo dejó aquí, en punto muerto, para que el texto no se cale. Resulta que una noche fuimos a tomar algo con los amigos, todos varones, y uno de ellos, entre cerveza y cerveza, se me acercó por un costado y me susurró que tenía que mostrarme algo que había pescao. Me prometió que me dolería, lo cual a mí me sentó de lujo, al nivel de notar un ligero mareo en la cabeza. A partir de ahí, todo pasó muy rápido. Se sacó el teléfono de los tejanos, lo desbloqueó, entró en la galería y me enseñó la primera instantánea que aparecía en pantalla. Su enfoque era difuso, pero el delito estaba clarísimo: mi rollo le estaba comiendo los morros a un melón con camiseta amarilla. Gráficamente, me estaba poniendo los cuernos. No gráficamente, yo supuse que también. El trastazo que me llevé fue tremendo, pero, sin saber muy bien cómo, a continuación reaccioné rápido. Iba loco, embalado, a una velocidad también impropia de mí. Le pedí al colega que me pasara el archivo, me metí en Facebook, se lo mandé a ella por mensaje privado, la bloqueé y me encendí un triste cigarro, aunque eso último creo que la tipa no llegó a saberlo jamás. En todo caso zanjé una respuesta, y una relación, sin gastar una sola palabra de mierda.

 

Esa corriente filosófica que nos marcará a partir de ahora cada vez que alguien nos pregunte por lo que sucedió en aquel lejano verano del 2016. Primero habrá que mostrar la fotografía. Y luego tocará hablar de Rui Patricio. Por lo menos durante media hora

 

Pero volvamos a la foto de la Portugal triunfal. De ella se pueden extraer varias lecciones que, por mucho que no se haya seguido la final, no tienen por qué alejarse de la realidad. En el centro aparece Ronaldo con el trofeo en las manos, una vena marcada en el cuello del tamaño de una tubería de fábrica química y un vendaje marrón que le cubre toda la rodilla izquierda. ¿Será Waterloo? ¿Será Vietnam? Qué más da. Lo que es seguro es que este tío acaba de dejar atrás un paisaje feo y hostil, por este orden, y que ahora ha recuperado el sitio en el centro de la manada para proclamar su libertad. Unos metros a su derecha también llama la atención la cara de Joao Mário, cuya felicidad se manifiesta en varias arrugas que llegan incluso a achinarle los párpados. Entre los pliegues de esa piel color habano no puede esconderse solamente un triunfo nacional: por ahí asoman una actuación individual cojonuda, un representante con corbata al que se le ha multiplicado la faena, un contrato con muchos ceros cargando en el Gmail. Y si seguimos en esa dirección y arrastramos los ojos hasta la esquina, nos damos de bruces contra la figura de Éder, que lejos de preocuparse por su pose, se hace un selfie y sonríe, consciente de su singularidad. “Mira, madre, soy yo. Soy yo y lo hice, coño. Soy yo y lo hice”.

Y así con todos. Bruno Alves, Quaresma, Pepe, Moutinho, André Gomes… Los futbolistas de Fernando Santos fueron congelados por los flashes en el momento justo, y sus apariencias y gestos encierran historias que con un poco de esfuerzo cualquiera podría adivinar. El desfile de rostros, sin embargo, está incompleto. Ese matiz podría ser irrelevante. Podría no tener mayor importancia. Podría ser una absurda nimiedad.

Pero es Rui Patricio el que no está. Y eso, en calidad de resumen de la gesta, es una falta grave, una atrocidad. Demasiado escorado en una de las bandas del pelotón de campeones, el guardameta titular de los lusos no entró en el cuadro de la gran mayoría de fotógrafos que cubrían la acción de levantar la copa, dejando así un hueco irreparable en sus capturas.

Con esa decisión de echarse a un lado, de ceder el protagonismo al grueso del vestuario, de difuminarse entre los márgenes de la celebración, el portero acabó de presentarse en sociedad. Asistimos al bautizo de un héroe distinto. Del ruipatricismo, en definitiva. Esa corriente filosófica que nos marcará a partir de ahora cada vez que alguien nos pregunte por lo que sucedió en aquel lejano verano del 2016. Primero habrá que mostrar la fotografía. Y luego tocará hablar de Rui Patricio. Por lo menos durante media hora.