Traten de imaginar la escena. Todo empieza con una llanura inmensa, gigantesca, descomunal. Y luego estás tú, sentado en un banco de piedra que hay a lo alto de una pequeña colina, persiguiendo con los ojos la pequeña silueta de un coche que cruza el paisaje a máxima velocidad. Esto es la Eurocopa. Un campeonato tan imponente como efímero que te obliga a tener activados todos los sentidos para no perderte ni un solo detalle de lo que se acontece. Aunque algunos lo nieguen, los torneos, cuántos más cortos, más emocionantes. Y si no que se lo pregunten a todos los aficionados europeos que se han desplazado estos días a Francia para seguir la Euro en vivo. No hay mejor aventura para el hincha que aquella que amenaza con acabarse de un momento a otro, sin avisar. Ese miedo a tener que regresar a casa antes de lo previsto es lo que te hace saborear cada instante de la experiencia deportiva y social.

Partidos, goles, emociones. En una Eurocopa todo se comprime al máximo. Tal vez lo más atractivo sea que cada uno de esos hechos, al cabo de un tiempo y por muy rápido que se hayan agotado, se seguirán recordando. El penalti de Panenka en 1976, la final de Dinamarca en 1992, la volea de Van Basten en 1998, el zurdazo de Trezeguet en 2000, el cabezazo de Charisteas en 2004, el toquecito de Fernando Torres en 2008, la celebración de Balotelli en 2012… La memoria de la Eurocopa se compone de retazos que tardaron apenas un suspiro en producirse, pero que, una vez concluidos, pasaron a instalarse para siempre en la mente de cualquier apasionado del fútbol.

Todo apunta a que este verano, en Francia, pasará exactamente lo mismo. La expectación es enorme. En las gradas la gente aprieta los dientes, los futbolistas contienen la respiración  y las cámaras de los medios de comunicación se preparan para capturar ese fragmento mágico de realidad que ya será recordado para siempre. ¿Quiénes serán los grandes protagonistas? Esa es la pregunta del millón. Para resolverla no podemos hacer más que abrir bien los ojos y tener presente que el éxtasis futbolístico puede manifestarse de un momento a otro.

En ocasiones, la historia se escribe a 120 kilómetros por hora. Es el caso de la Eurocopa. Una fase de grupos con apenas tres jornadas, un puñado de cruces sin partido de vuelta y una final que como máximo va a durar un poco más de 120 minutos. No hay demasiado margen para acomodarse. Mejor focalizar la mirada en lo que tenemos delante y no dejar de pisar el acelerador hasta que ya se haya cruzado la línea de meta.